Dotado de una sensibilidad extraordinaria, fue un compositor excepcional, capaz de unir la música culta con las raíces flamencas

Entristecido, angustiado, aterrado por la tragedia nacional, Manuel de Falla componía Homenaje. Eran los primeros compases de la Guerra Civil, su retiro granadino había quedado conmocionado por el asesinato de su amigo Federico García Lorca y sobre su alma sensible y su endeble salud golpeaban las noticias trágicas de la incivil contienda. Era un católico ferviente y estaba en desacuerdo con las manifestaciones anticlericales de la Segunda República; pero era, también, libre y contrario a las violencias y arbitrariedades, desaprobaba la terrible represión desplegada por ambos bandos y le era difícil apartar de su mente el horror de la muerte de Federico. Manuel de Falla (Cádiz, 3 de noviembre de 1876) se refugiaba trabajando.

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Manuel de Falla en la Alpujarra con Federico García Lorca, José Segura, Antonio Luna y R. Aguado

La música había sido realmente su vida entera, desde sus primeros intentos de abrirse camino como compositor con algunas zarzuelillas de ningún éxito. No habían sido tiempos fáciles, después de que los problemas económicos obligaran a su familia a trasladarse a la capital.

Un futuro bastante negro

Entonces, 1902, conoció a Felipe Pedrell, compositor y profesor de Historia y Filosofía de la Música en el Conservatorio de Madrid, cuya amistad le alentó para continuar su carrera artística. Pedrell, que acababa de estrenar Los Pirineos, sirvió de acicate para su trabajo y gracias a sus consejos, en 1905 ganó el concurso de la Real Academia de Bellas Artes con La vida breve, ópera en un acto, con libreto de Carlos Fernández Shaw.

Tras pasar varios años entre Madrid y París, Falla vivió la mayor parte de su vida en un carmen -una casa del barrio del Albaicín- de Granada, donde compuso una de sus obras más celebradas, El retablo de maese Pedro.

Pero no lograba estrenarla en el extranjero y carecía de dinero para abrirse camino fuera de España. Finalmente, tomó un empleo como pianista en una compañía cómica para recorrer Europa y se quedó en París, en la buhardilla de otro músico español: Joaquín Turina. Allí trató a colegas ya consagrados, como Maurice Ravel, al que llegó a unirle una gran amistad, a Debussy y a Dukas, que le ayudó a revisar La vida breve y realizó las gestiones para que se estrenara en Niza, en 1913, con gran éxito, repetido después en París.

Esa etapa parisina fue crucial para su formación, pero, también, para su producción: Cuatro piezas españolas, Trois mélodies, Siete canciones populares y Noches en los jardines de España. En todas se perciben esencias del folclore y el nacionalismo musical español. Sin embargo, cuando comenzaba a saborear el éxito, estalló la Gran Guerra y hubo de regresar.

Antes de que finalizase 1914 estrenó con gran éxito en Madrid La vida breve, mientras trabajaba en El amor brujo, a petición de Pastora Imperio. La compuso en cinco meses, rapidez excepcional para su estilo reflexivo y minucioso. Hoy es una de sus obras más celebradas, pero su estreno, el 15 de abril de 1915 en el teatro Lara de Madrid, constituyó un fracaso.

Humildes preferencias

Falla, agotado y decepcionado, enfermó. A partir de aquel momento, sus malestares serían frecuentes. No obstante, estrenó con éxito Noches en los jardines de España. Luego se enfrascó en El sombrero de tres picos, cuyo primera representación en Londres, en 1919, por el ballet de Diaghilev y coreografía de Picasso, resultó un éxito apoteósico. Dolorido y enfermo, Falla decidió establecerse en Granada. Le acompañaba su hermana, María del Carmen, que le cuidó hasta la muerte. Allí conoció a Lorca, el joven poeta que lo tenía todo para congeniar con él, y compuso con paz, reposo y la lenta y pulida elaboración que le gustaba el Retablo de maese Pedro.

Por entonces comienza La Atlántida, en la que trabajaría 20 años sin que pudiera darle fin. En su carmen le sorprendió la sublevación militar del 18 de julio. Intentó inútilmente salvar a Lorca, cuya alevosa ejecución le sumergió en las tinieblas.

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Terminada la contienda se le ofreció la Dirección del Instituto de España, pero rechazó el regalo y optó por trasladarse a Buenos Aires para estrenar Homenaje. Ya nunca retornaría. Falleció silenciosamente el 13 de noviembre de 1946. Sus restos fueron repatriados y sepultados en la catedral de Cádiz, con un entierro grandilocuente, aunque él hubiera preferido, tal como manifestó más de una vez, sólo un crucifijo y un cirio.

TODA UNA VIDA

La música presidió los primeros años de su vida. Su madre le dio lecciones de piano y su niñera, apodada ‘La morilla’, le cantaba siguiriyas, tonás y soleás.

En 1905 ganó un prestigioso concurso de piano, que le valió como premio precisamente uno de estos instrumentos.

Amigo de Federico García Lorca, Rafael Alberti y Gerardo Diego, fue el único compositor que participó en el famoso homenaje a Góngora de 1927, que dio nombre a la célebre generación de poetas.

Durante muchos años encabezó sus cartas con la simbólica palabra PAX (paz).

Se dice que la bailaora Pastora Imperio fue su gran amor.

Fue profesor de piano durante varios años para ganarse la vida.

Tenía terror a las corrientes de aire y vivía encerrado en casa.

LUCES

  • Fue un creador exquisito y original, un inconformista que pulía con inmensa paciencia sus composiciones.
  • Su perfeccionismo explica, en parte, su escasa producción musical.
  • Hubiera podido multiplicarla y también su fortuna componiendo obras similares a El sombrero de tres picos o El amor brujo, pero no lo hizo para explorar nuevas formas.

SOMBRAS

  • Los últimos años de su vida los dedicó a componer La Atlántida, la obra que no pudo terminar.
  • Ernesto Halffter recibió de los herederos de Falla el encargo de terminar esta obra, estrenada en Barcelona por voluntad del maestro en 1961, y suscitó tanta emoción como división de opiniones: nunca sabremos si era eso lo que pretendía.