Hasta hace poco su mal no tenía nombre. Ahora sus siglas, TLP (trastorno límite de la personalidad), o el término inglés con el que se conoce a los jóvenes que lo padecen lo dicen todo. Una enfermedad que sume a sus familiares en un círculo infernal. Por Françoise Sabbah

Este trastorno afecta como mínimo a un dos por ciento de la población y, según algunos expertos, habría que elevarla a más de un cinco por ciento. Detrás de estos porcentajes, hay miles de familias rotas. O desgarradas por su deseo de proteger al hijo o a la hija, de perdonar sus ataques de rabia y cólera, sus intentos de suicidio, de procurar solucionar los trastornos de bulimia o anorexia, o de sucumbir a la impotencia del «Ya no podemos más». «Se tiene que ir de casa». O a la dura decisión de ingresarlo, aun en contra de su voluntad. Durante años, el TLP no tuvo entidad clínica propia. No porque fuera un síndrome nuevo, ya que en 1938 algunos sicoanalistas lo detectaron como grave enfermedad de la personalidad. Pero en aquel momento, y durante años, lo consideraron algo así como un cruce entre la neurosis y la psicosis, cosa más tarde rechazada. Hoy se considera al borderline, o TLP, como un estado clínico autónomo. El concepto del trastorno límite de personalidad quedó establecido en el Manual diagnóstico de los trastornos mentales, (DSM), publicado por la Asociación Americana de Psiquiatría en 1980, en el DSM-III. Por su parte, la Organización Mundial de la Salud sólo lo incorpora en su listado de trastornos en 1992.

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El DMS IV, publicado entre 1982-1984, menciona la inestabilidad de humor, de las relaciones interpersonales, de la imagen de uno mismo. Alude a trastornos que aparecen al inicio de la edad adulta, y enumera los criterios que sirven de guía para ayudar al profesional a establecer un diagnóstico.

Pero, a pesar del valioso instrumento que representa esta guía, el diagnóstico del borderline presenta notables dificultades. En primer lugar, porque los propios pacientes se niegan a reconocer que tienen problemas, y en segundo lugar, porque se suele tratar de personas muy inteligentes. A veces, el borderline acude -llevado por sus padres- a una consulta a raíz de una autolesión, de un intento de suicidio o por un gravísimo problema de anorexia. Y el profesional que lo atiende detecta que hay algo más en ese paciente. Cuando el psicólogo o psiquiatra consigue convencerlo para que vuelva a la consulta, es cuando averigua qué ocurre realmente y consigue establecer un diagnóstico y proponer un tratamiento.

La adolescencia es clave para el ‘borderline’. Empieza a mostrarse agresivo en casa. Pero se suele confundir con una crisis en la edad

Algunos especialistas piensan que se pueden detectar los primeros síntomas en la infancia, en niños hiperactivos o con déficit de atención, mal integrados en sus colegios. La adolescencia es otro momento clave para el borderline, que suele lanzarse al consumo del alcohol o las drogas, y que empieza a mostrarse agresivo en casa. Pero el entorno familiar lo suele interpretar como una crisis de la edad o, en el caso de depresión o anorexia, como algo muy frecuente entre los jóvenes.

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Una vez establecido el diagnóstico, y pese a las expectativas positivas que conlleva el disponer de un tratamiento adecuado, la familia del borderline tiene que enfrentarse con el grave problema de la escasez de unidades hospitalarias públicas para estos enfermos, menos de una docena en toda España. Si tiene medios económicos, acudirá a centros privados que atenderán al paciente. Pero,  «¿qué harán cuando los padres no estemos?».

Cómo identificarlos

  1.  Es una persona joven, entre 15 y 25 años, caracterizada por una inestabilidad emocional que se manifiesta en sus vínculos sociales, en sus proyectos, en los cambios bruscos de estados de ánimo…
  2.  Soporta mal la frustración y responde de forma inadecuada cuando se le ponen un límites.
  3.  Se relaciona de forma muy intensa, pero tiende a crearse problemas de todo orden en el trato social y a cambiar y abandonar amigos; pasa de unos a otros sin acordarse de los anteriores.
  4.  Tiene un sentido de identidad muy frágil y una fuerte tendencia a caer en sentimientos de tipo depresivo en los que predomina el sentimiento interno de vacío.
  5.  Cuando las cosas le van mal, tiende a tener conductas autolesivas: consumir sustancias tóxicas, hacerse cortes en el brazo o exponerse a situaciones de riesgo, como conducir peligrosamente. En su caso no se trata de llamadas de atención, sino de una forma de descargar la tensión interna que sufren y que no son capaces de comunicar de otra forma.