Si después de la visita de Papá Noel y los Reyes Magos lleva días viendo jugar a sus hijos y se ha sentido tentado de criticarlos por no hacer nada productivo, tenga en cuenta estos seis puntos de vista. Por I.N.

Neurológico

El juego es una parte central del crecimiento y el desarrollo neurológico y contribuye a la formación de un cerebro complejo, dotado, responsable, socialmente adaptado y cognitivamente flexible. Experimentos en animales han probado que, privados del juego, no desarrollan completamente el cerebelo. Lo mismo ocurre al revés: si sufren daños cerebrales, su habilidad para jugar disminuye.

Psicológico

El juego sirve para comunicarse, para elaborar los conflictos, para explicarse el mundo y para hacerse con él. Se plantea la posibilidad de usarlo como terapia para niños con hiperactividad (aunque algunos especialistas cuestionan estas terapias) y se cree que el juego libre mejora la capacidad de resolver problemas para los niños.

Pedagógico

El juego es una herramienta útil para adquirir y desarrollar capacidades intelectuales, motoras y afectivas. Desde la hipótesis de la preparación, el juego se usaría como entrenamiento, o ensayo, en un entorno más seguro de las maniobras musculares y psicológicas que luego repetimos en entornos potencialmente peligrosos. El juego nos da un “vocabulario” más amplio en términos de comportamiento, más variedad de respuestas y más adaptación.

Físico

Se calcula que los niños gastan entre un 2 y un 15 por ciento de su presupuesto diario de calorías en el juego. En una sociedad en la que cada día los menores tienden al sobrepeso, jugar es tan importante como hacer deporte.

Social

El juego es una de las fuerzas socializadoras cruciales en el desarrollo. De hecho, en el juego motor hay un vínculo íntimo entre la exploración del mundo y las primeras interacciones con individuos de la misma edad. Al inicio, los otros niños resultan menos interesantes que los adultos y los objetos (por ser menos controlables y predecibles), pero llega un momento (a partir de los dos años y medio) en que los peques aprenden a cooperar y a alternar con un compañero de juego, tanto adoptando el papel de líder o seguidor como en secuencias imitativas donde reproducen el modo de manejar un objeto.

Evolutivo

Los estudiosos del en animales han comprobado que especies altamente especializadas como las hormigas o las abejas no muestran comportamiento lúdico. En cambio, el juego parece estar asociado con la capacidad de ciertos animales, en especial los mamíferos, de adaptarse a las normas cambiantes. Cuanto más flexible es un animal, más probable es que juegue. Además, quienes defienden esta hipótesis dicen que el juego es una forma de guardar en la memoria muscular los movimientos necesarios para sobrevivir (perseguir, correr, forcejear…) y lo ven como una oportunidad para los animales jóvenes de aprender y ensayar las habilidades que necesitarán para el resto de sus vidas, pero en un entorno seguro donde los errores tienen pocas consecuencias.