Las expediciones bajo el mar lideradas por Franck Goddio han hallado dos importantes ciudades del antiguo Egipto que fueron engullidas por el Mediterráneo hace 2000 años. Por Fátima Uribarri

Cuando el geógrafo griego Estrabón estuvo en la ciudad de Heracleion, en la desembocadura del Nilo, sus habitantes le hablaron de Thonis, una urbe desaparecida.

Thonis ha sido un misterio durante siglos. Heracleion, también. Esta ciudad visitada por Estrabón, mencionada por Diodoro de Sicilia y aludida en la mitología griega (se dice que a ella llegaron Helena de Troya y Paris en su escapada romántica que provocó la guerra de Troya) se evaporó. Son dos de las muchas ciudades de la Antigüedad desvanecidas. Eso se ha creído durante 2000 años. Y no era así. El enigma lo ha resuelto una estela hallada en el fondo del mar por el arqueólogo submarino Franck Goddio. Gracias a esta estela sabemos que Thonis y Heracleion son la misma ciudad: Thonis es su nombre egipcio y Heracleion, el griego.

Es uno de los grandes hallazgos del Instituto Europeo de Arqueología Submarina, el centro fundado por Goddio en el que trabajan arqueólogos, egiptólogos, submarinistas, mecánicos (manejan grúas potentísimas) o expertos en resonancia magnética nuclear. El Indiana Jones del fondo del mar ha descubierto tesoros de enorme importancia histórica: el galeón español San Diego, ciudades como Canopo y Thonis-Heracleion, el puerto de Alejandría o el palacio donde vivieron su pasión Marco Antonio y Cleopatra.

Dos enormes metrópolis submarinas

Se fundaron en el siglo VII a. C. y fueron cosmópolis importantes, ciudades bulliciosas, enriquecidas por su ubicación estratégica. Estaban en la bahía de Abu Qir, en el delta del Nilo. Quien quisiera bajar por el gran río para comerciar tenía que pagar un peaje allí. Es fácil imaginar el ambiente con los hábiles mercaderes griegos regateando a los eficientes funcionarios egipcios. Eran Thonis-Heracleion y Canopo enormes bazares multiculturales con buenas instalaciones portuarias, santuarios, y viviendas utilizados por griegos y egipcios.

Estas ciudades eran grandes urbes comerciales habitadas por griegos y egipcios. Se construyeron sobre suelo arcilloso

Alejandro Magno conquistó Egipto en el 332 a. C. Cuando murió en el 323, sin descendencia, se desató la lucha por hacerse con su inmenso imperio. Ptolomeo, uno de los generales de Alejandro y entonces gobernador de Egipto, fue muy hábil: tras librarse de sus oponentes, en el 305 a. C, se convirtió en faraón y fundó la dinastía ptolomeica. Egipto comenzó un largo periodo helenístico que terminó el año 30 a. C. con la muerte de la última faraona de la dinastía. la seductora Cleopatra VII.

El mejor guardián, el mar

Thonis-Heracleion y Canopo ya habían desaparecido. Habían sido construidas en islas de suelo arcilloso y estaban surcadas por canales. En el siglo VIII a. C., el mar se las tragó. Hay noticias de potentes terremotos y tsunamis también en el año 365 a. C. El terreno blando cedió ante los bofetones del mar. Cayeron al fondo palacios, estatuas y templos. Y allí se posaron, arropados por el fango. Quedaron protegidos por la oscuridad hasta que las prospecciones electrónicas y geofísicas del equipo liderado por Goddio las detectaron. «Hay trabajo para siglos», dice el arqueólogo francés. «Solo hemos sacado a la luz el uno por ciento de estas ciudades, que eran muy grandes. Heracleion tenía una superficie 2,5 veces superior a la de Pompeya, y tanto Canopo como el gran puerto de Alejandría ocupaban unas 600 hectáreas cada uno», añade Franck Goddio con entusiasmo: está convencido de que pronto dará también con los restos del mítico faro de Alejandría.

«Hay trabajo para siglos. Heracleion era casi tres veces más grande que Pompeya», explica Franck Goddio

El mar ha sido un efectivo guardián de las ciudades hundidas. Es asombroso el estado de conservación de algunas piezas. Estatuas monumentales y delicadas joyas de oro cuentan cómo Grecia y Egipto se enlazaron a finales del primer milenio antes de Cristo y cómo durante 300 años los faraones griegos adoptaron los rituales y creencias egipcias para legitimar su reinado.

Recibe al visitante en el hall del Museo Británico una gigantesca estatua de Hapi, el dios de la fertilidad del Nilo, de 5,4 metros de alto y 6 toneladas de peso. También sobresale una representación de la impresionante Arsínoe II, hija de Ptolomeo I que reinó junto con su hermano y marido Ptolomeo II. Fue la Cleopatra de su época y se convirtió en una deidad venerada por egipcios y griegos: la estatua la muestra como la personificación de Afrodita. Más antigua es una estela de cuando los griegos eran huéspedes y no gobernadores, donde se anuncia un real decreto del faraón Nectabeo I que establece tasas del diez por ciento para todas las mercancías importadas.

Fátima Uribarri