Gustave Caillebotte: El impresionista que usted debe conocer

Siempre a la sombra de Monet, Degas o Manet, fue, sin embargo, un impresionista clave. Excelente pintor, Caillebotte ejerció también como mecenas de muchos de ellos y les abrió las puertas de los museos. Ahora, una gran muestra en el Museo Thyssen le hace justicia.

El pintor Claude Monet vivía en Argenteuil, donde cuidaba con primor su jardín y luchaba por hacerse un sitio como artista: su marchante Paul Durand-Ruel apenas había logrado vender un puñado de sus cuadros.

Octave mirbeau, escritor y jardinero aficionado, le anunció por carta su visita. Iría con un amigo, Gustave Caillebotte, también pintor y amante de la horticultura, como Monet: «Hablaremos de jardinería», prometía Mirbeau en su carta. De aquel encuentro nació una amistad sólida y constante que tuvo enormes consecuencias en la historia del arte y en el patrimonio de Francia.

UN REGALO PARA FRANCIA

Gustave Caillebotte y Claude Monet hablaron de jardinería y de pintura aquel día. Después se cartearon y visitaron muchas veces. Se enviaban nuevas semillas, abonos y fertilizantes el uno al otro. Se comunicaban los nuevos hallazgos sobre sus dalias y crisantemos. Compartían también sus avances con los lienzos. Y además de amigos se convirtieron en mecenas y protegido. Caillebotte, que había heredado un buen dinero de su familia, dueña de una empresa textil, sostuvo a Monet y a otros impresionistas: les compraba obras y les pagaba el alquiler.

comprado a sus amigos para ayudarlos, tesoros como El balcón, de Édouard Manet; La estrella, de Edgar Degas; El desayuno, de Claude Monet; El estanque, de Paul Cézanne; o El baile en el Moulin de la Galette, de Pierre-Auguste Renoir. 

Tenía más joyas. Las regaló todas. Gustave Caillebotte fue un hombre espléndido y desprendido, y esas cualidades le perjudicaron como pintor porque su faceta de mecenas ensombreció la de creador. «Es un artista que está a la altura de Monet y Renoir», explica Marina Ferretti, directora de Exposiciones e Investigación del Museo de los Impresionistas de Giverny y comisaria de la exposición Caillebotte, pintor y jardinero, que se inaugura este martes en el Museo Thyssen Bornemisza de Madrid.

La fama merecida tardó en llegar. Porque el pintor murió joven. Como dijo Monet: «Cuando le perdimos, no estaba más que empezando su carrera». Y también le perjudicó ser rico: sus herederos no sintieron la necesidad de mover sus obras para que se expusieran y valoraran. Fue Caillebotte un artista atrevido y rompedor. Su obra Los acuchilladores de parqué, por ejemplo, mostraba un nuevo punto de vista de los trabajadores. Quizá por eso el Salón Oficial de 1875 lo rechazó. Por aquella época (en 1873 había acudido a Argenteuil con Mirbeau a visitar a Monet) conoció a los pintores rebeldes, los rechazados (‘impresionistas’ los llamó un crítico en alusión al cuadro Impresión, sol naciente, de Claude Monet), y se unió a ellos.

Los acuchilladores de parqué sí se aceptó en la segunda exposición de los impresionistas. Caillebotte se convirtió en uno de ellos, un militante activo: organizaba las exposiciones y los almuerzos del grupo y «aseguró su posteridad al forzar su entrada en los museos con su legado al Estado», añade Marina Ferretti.

Sus obras, además, fueron originales. Sobre todo en la perspectiva: profunda y con unas largas diagonales, también a veces con escenas vistas desde arriba, como su Balcón. Boulevard Haussmann, la visión de la calle desde su piso parisino.

El cambio de París 

Caillebotte vivió la transformación de París, la nueva planificación urbana diseñada por el barón Haussmann y plasmó en sus obras esa nueva ciudad de amplias avenidas. Más que la ciudad apuntan los expertos retrató a sus habitantes, a sus burgueses con sombrero de copa y también a los trabajadores, los pintores o acuchilladores. No fue aficionado a las escenas de café, sus obras son más de petit comité.

Luego llegaron las flores y desbancaron a todos. Los jardines y la navegación de vela cautivaron el interés del artista. De pequeño veraneó en Yerres, en una casa preciosa con un gran jardín de estilo inglés. Allí comenzó a pintar al aire libre. Los caminos, los efectos de la luz sobre los estanques y el río Yerres posaron para él. Cuando se pusieron de moda los deportes náuticos, Caillebotte los practicó e incluso ganó regatas de vela y diseñó veleros. En la cuarta exposición impresionista presentó hasta 28 cuadros pintados en Yerres.

En 1881, él y su hermano Martial vendieron aquella finca. Compraron otra en Petit Gennevilliers, en la ribera del Sena. Gustave diseñó un jardín y un huerto. Y metió el jardín dentro de casa al decorarla con sus lienzos de crisantemos, dalias, rosas y girasoles. Se carteaba con Monet, ‘cazaba’ especies nuevas, remaba por el río, sostenía a sus amigos y pintaba.

Pintar todas las flores

«Me dedico de lleno al paisaje. Creo que nunca he visto una primavera tan hermosa. He querido pintar todas las variedades de árboles que han florecido, pero las flores duran tan poco que es muy difícil», escribía a su amigo Monet.

El jardín de Giverny de Monet y sus series de nenúfares lograron fama mundial. La de Caillebotte tardó en florecer. Lo redescubrió en 1970 el historiador del arte Kirk Varnedoe. En Francia, la primera gran monografía se la dedican en 1994 en el Grand Palais de París para celebrar el centenario de su muerte. Ahora también el Thyssen lo devuelve a su sitio, a la altura de Monet y Renoir.

Fátima Uribarri