El artista británico vivo más importante cumple 80 años. Y lo celebra con una exposición única con especial protagonismo para sus icónicos cuadros de piscinas. fiestas de agua y luz fruto de un trabajo metódico. Por María de la Peña Fernandez-Nespral

Un joven artista criado en una ciudad industrial inglesa, donde la expresión de su homosexualidad encontraba incontables limitaciones, llega en los años sesenta a Los Ángeles. El sol de California cambió su vida y transformó el mundo de la pintura. Al borde de una piscina nació uno de los más grandes artistas contemporáneos.

David Hockney (Bradford, Inglaterra, 1937) es probablemente el artista británico vivo más importante. Acaba de cumplir 80 años y, para celebrarlo, el Centro Pompidou de París le rinde homenaje con la mayor retrospectiva de su obra organizada hasta ahora. En colaboración con la Tate Britain -cuya muestra en el pasado mes de mayo contó con casi medio millón de visitantes- y con el Metropolitan Museum de Nueva York, que clausurará la trilogía a finales de noviembre, la ocasión de ver más de 160 pinturas, fotografías, dibujos, grabados o videoinstalaciones del artista es absolutamente única.

En Los Ángeles Hockney descubrió un mundo lleno de luz y un lugar donde poder expresar su homosexualidad

No faltan algunas de sus obras más emblemáticas, como la serie de los años sesenta dedicada a las piscinas, que fue el origen de su reconocimiento internacional. Los cuadros de gran formato realizados a su llegada a Los Ángeles descubren no solo un mundo lleno de luz, sino también el sueño de una California donde puede expresar con libertad su homosexualidad. Protagoniza la sala de las piscinas su icónico cuadro El gran chapuzón, de 1967, una de sus obras maestras y también del arte moderno. Son imágenes alegres y de una intensidad cromática casi irreal que parecen sacadas de una portada de un disco de los Beach Boys, de la misma época. Sus piscinas siguen siendo universalmente populares. Acompañan a los lienzos algunas de las fotografías que tomaba Hockney del agua, cuyo movimiento estudiaba sin cesar, así como el movimiento de la luz sobre la superficie de la piscina y que le servía para conseguir esas imágenes tan realistas.

Esfuerzo y trabajo

Pero detrás de la simplicidad de estos famosos cuadros dedicados a la vida placentera, el espectador podría pensar que Hockney era partícipe también de ese hedonismo que evocan. Nada más lejos de la realidad. Hockney es un trabajador incansable, detrás de cada obra hay una enorme reflexión sobre su composición.

Igualmente importantes son sus inmensos cuadros de dobles retratos, en los que el sujeto es la relación que mantienen los dos retratados. Algunos de esos personajes son gente muy próxima al artista.

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Hockney se formó en el Royal College of Art de Londres bajo el influjo del expresionismo abstracto. En la foto está en su estudio de 1967. A sus 80 años dice que, cuando pinta, siente que aún tiene 30

Los autorretratos son también reseñables en la riqueza artística de sus 60 años de carrera. En la muestra se pueden ver desde cuadros de pequeño formato en los que el artista se representa tal cual es, envejecido, hasta los dibujos que resaltan su problema de sordera. Juega con esa ‘tara’ y mira al espectador a los ojos como diciéndole, con su mano en la oreja derecha, que alcemos la voz para que nos oiga.

La sombra de Picasso

Picasso está presente en toda su trayectoria, pero sobre todo su influencia se refleja en las obras de Hockney hechas con Polaroids a partir de un mismo modelo al que fotografía desde múltiples ángulos hasta que sintetiza todas esas visiones en una sola imagen. Es el cubismo de Picasso lo que le interesa después de ver una exposición suya. Multiplicar el ángulo de una mano, por ejemplo, es para él mucho más real que la perspectiva clásica de representación. El paralelismo de Hockney y Picasso es constante. Su segundo gran maestro del siglo XX es Henri Matisse, una referencia fundamental para él por el color y la expresión de esa alegría visual que también traslada a sus paisajes.

El paralelismo de Hockney y Picasso es constante: pero el color y la alegría visual son influencia de Matisse

Las paredes blancas de las salas del Pompidou contrastan con los grandes paisajes luminosos que pinta en los años ochenta. Fascinado también por la pintura china, Hockney retrata el paisaje que ve en el camino en coche que hace a diario a su casa de Los Ángeles como lo hacían los grandes paisajistas chinos, que pintaban en movimiento.

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Hockney ha pintado decenas de autorretratos, como el collage sobre papel de arriba, de 1954. Pero también cientos de retratos de personas cercanas que, según los expertos, hablan más del propio pintor que del retratado

Sus paisajes evolucionan hacia cuadros de hasta 15 metros de largo que divide en pequeños lienzos, como lo hacía con las imágenes de Polaroids. En estos vuelve a la Yorkshire de su infancia. Con 80 años, su mirada se torna naíf y esa óptica infantil se refleja en unos cuadros que parecen imágenes sacadas de dibujos animados de Walt Disney.

La exposición llega a su obra de los años 2000 con retratos dibujados en el iPad, imágenes de gran virtuosidad gráfica y que demuestran el interés que siempre ha tenido por las máquinas que producen imágenes, como el fax, la fotocopiadora o la tableta.

Love life (‘Ama la vida’) es el pequeño grafiti que David Hockney pintó en la pared de la última sala de la exposición parisina, un mensaje directo a sus visitantes para que expriman la belleza de la vida. Es la alegría de vivir que quiso transmitir en los felices cuadros de piscinas que le hicieron famoso y en los que nos gustaría zambullirnos.