Antes de crear sus esculturas, el suizo estudiaba los rasgos humanos con precisión de relojero. Por Fátima Uribarri

La figura humana fue una obsesión para el artista suizo Alberto Giacometti (1901-1966). Posar para él era una prolongada tortura de quietud que se repetía días y días. Por eso sus mejores modelos fueron sus seres más cercanos, sobre todo su mujer, Annette, su hermano Diego y varias de sus amantes, como la joven prostituta Caroline.

Era Giacometti un perfeccionista maniático. Quería plasmar lo que había percibido. Sus figuras estilizadas, inquietantes, cada vez más pequeñas, frágiles, pero asentadas en contundentes pedestales, eran lo que él percibía: «No vemos realmente a la gente a su tamaño natural», dijo. Le interesaba sobre todo la mirada, que es donde reside el alma, según Giacometti. Es curioso: sus hombres caminan, mientras que sus mujeres aparecen estáticas como deidades totémicas. Fue naturalista, cubista, surrealista… Abandonó todas las corrientes. Es único.