Las bailarinas de Degas, los jardines de Monet, la luz de Renoir… Pocos artistas han sido tan admirados, copiados y valorados. ¿Qué esconde su estilo aparentemente inacabado para capturar con tanta pasión los ojos del espectador? Por Berta Blanco

Todo comenzó con una burla, un mote irónico que alguien puso a los pintores que en la segunda mitad del siglo XIX defendían la idea de pintar la realidad no como la vemos, sino, mejor, como la sentimos: a la mirada objetiva del mundo anteponían la subjetiva y, aun más, la emotiva. La visión clásica de pronto alterada por un sentimiento; en general, de gozo ante la belleza. Donde sus contemporáneos más fieles a la tradición imponían las formas clásicas, la nitidez y la representación de las figuras con líneas puras, los impresionistas proponían la imprecisión deliberada en el dibujo, la vaguedad, la saturación del color y una inédita exaltación de la luz. Defendían, en suma, antes que la visión de la realidad, su impresión sobre nosotros. Impresión, amanecer, tituló justamente Monet el cuadro a partir del cual sus detractores, con ironía, comenzaron a hablar de ‘impresionismo‘. Nada de ello impidió que aquello se convirtiera en el movimiento artístico más importante de la modernidad. Sin embargo, detrás de tanta belleza y luz, no pocas sombras hubo en la vida de estos auténticos héroes del color.

Monet: el cazador de instantes

Claude Monet

Artistas consagrados como courbert se burlaban del estrafalario método que Monet tenía para trabajar fuera del estudio una obra de gran formato, a base de excavar en la tierra para sujetar el lienzo.

«Monet es el maravilloso ojo de la pintura. El ojo único al que obedece el crepúsculo con sus diáfanos matices sin que sus cuadros parezcan obedecer a un método. Yo me quito el sombrero ante él. Es el mejor impresionista», escribió Paul Cézanne de quien para todos era el jefe del movimiento. En una época en la que apenas existían las muestras individuales, el Salón de la Academia era el único sitio para darse a conocer.

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‘La Urraca’, de 1868

Un joven Monet, que había llegado a París con los ahorros conseguidos haciendo caricaturas en la localidad de El Havre, triunfa en ese escaparate de la pintura oficial con un retrato intachablemente clásico de su amante de 19 años, Camille. Pero el aclamado Monet está obsesionado con representar la figura humana -tan valorada por la Academia- al aire libre. Sólo un año después pinta Mujeres en el jardín, el primer cuadro enteramente plein air y el primero que le rechaza el Salón. Pero con él, Monet encuentra el tema al que va a dedicar toda su vida: la luz. Y comienza su largo calvario económico. Veinte años de la más dura bohemia. Su padre le retira su apoyo al saber de su relación con Camille, con la que tiene su primer hijo. Pinta marinas, jardines y balnearios a orillas del Sena, temas que lo alejan cada vez más del Salón, pero no de su apasionada convicción: la pintura como el retrato de un instante. La imagen de una sensación hecha de luz y color. Y Guy de Maupassant lo describe en el pintoresco barco-taller que se construyó para pintar en Argenteuil: «Yo seguía a Monet en su busca de impresiones. No parecía un pintor, sino un cazador. Partía a toda marcha, seguido de Camille y sus niños, que le llevaban cinco o seis lienzos que mostraban el mismo motivo a distintas horas del día. En el barco los trabajaba rápido, uno tras otro, y los iba dejando a medida que la luz variaba».

Monet supera un intento de suicidio y es pobre, pero llena sus cuadros de optimismo ante la belleza del mundo

Se acerca a los 40 años. Ha superado un intento de suicidio, pero pinta cuadros llenos de vital optimismo ante la belleza del mundo. Escribe una y mil cartas «limosneras», como él las llama, para pedir dinero a sus amigos. Su mujer muere a los 32 años. Pinta su último retrato en el lecho de muerte. En adelante, las personas desaparecen de sus cuadros, no de su vida. Se une a Alice Hoschedé, que ya tenía seis hijos de su primer marido. Se instala con todos en Giverny y su suerte cambia. El marchante Paul Durand-Ruel se convierte en el gran mecenas de los impresionistas. Comienza a pintar en series: 24 cuadros de acantilados, 15 de almiares, 18 vistas del Sena, 30 de la catedral de Rouen… Con ellas le llega el éxito. Se construye en Giverny el jardín de sus sueños. Un paraíso a su medida, con seis jardineros y tres estudios, donde recibe a políticos, artistas… Y un inmenso estanque con nenúfares al que dedicará sus últimos años, convertido ya en un mito viviente. Pintando bajo una gran sombrilla blanca, persiguiendo un imposible que daría paso a la abstracción: «El motivo, para mí, es del todo secundario. Yo quiero representar lo que hay entre el motivo y yo».

Renoir: la sensualidad a flor de piel

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Triunfó ya casado con Aline Charigot, una costurera. tuvieron tres hijos y él fue todo lo feliz que le permitió la enfermedad que ensombreció su vida a partir de los 50 años. Acabó en silla de ruedas  y manco

«Renoir juega con el color como un gatito con un ovillo de lana», decía Degas para describir el estilo del más popular impresionista. Y no se equivocaba. Para este infatigable adorador de la joie de vivre, pintar fue un placer. Y su obra, lejos de las teorías de otros artistas del grupo, un delicioso eco de la pintura galante del siglo XVIII; no en vano empezó como decorador de porcelanas y abanicos. Convertirse en artista fue durante años un sueño muy lejano para él. Y muy caro: hasta los 40 malvivió de la ayuda de los amigos. Pero el goloso festín de colorido que le ofrecía la vida de los parisinos al aire libre, los bailes populares y la belleza de las costureras que pululaban por Montmartre y que posaban para él le compensaban de todo. Vendió su primera obra maestra, El palco, expuesta en 1874 en la primera muestra de los impresionistas, por lo que debía a su casera, 425 francos, mientras que una pintura de los habituales del Salón no bajaba de los 45.000 intor si Dios no hubiera creado el pecho femenino”

A la segunda exposición del grupo presentó 14 cuadros; entre ellos, obras cumbre de su etapa impresionista como Desnudo al sol, que indignó a la crítica: «Ha convertido el desnudo femenino en un trozo de carne corrompida, con señales verdes y violetas»… La frase lo hirió: si algo apreciaba, era la sensualidad de la piel femenina. Es lo primero que buscaba en sus modelos, siempre regordetas y deliciosamente saludables, porque «una mujer debe ser pintada como una bella fruta». Se casó con Aline Charigot, una costurera con la que tuvo tres hijos y fue todo lo feliz que le permitió la enfermedad que ensombreció su vida a partir de sus 50 años. Con Aline y sus hijos como modelos, su obra se centra definitivamente en la figura humana. El éxito le sonríe, pero, tras varias operaciones, la artritis lo deja inválido. En silla de ruedas, con el pincel sujeto por esparadrapos a la mano deformada, lo que él llamaba «ponerse el pulgar», siguió pintando desnudos llenos de vitalidad.

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Su lucha por la pintura como retrato de la belleza de la vida es una de las páginas heroicas de la historia del arte. Aunque él, con la sencillez del artesano que siempre fue, afirmó que lo que lo sostuvo frente a la adversidad fue algo muy distinto al heroísmo: «No sé si me habría hecho pintor si Dios no hubiera creado el pecho femenino».

Degas: la mirada del ‘voyeur’

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«Un cuadro debe pintarse con el mismo sentimiento con que un criminal comete un crimen», escribió Edgar Degas, que no fue el más incomprendido del grupo, pero tenía un agudo sentido del arrojo con que el artista debía trabajar en su época para escapar de las agotadas simas de la tradición académica. Aristócrata, hipocondriaco y misógino, cosmopolita y rico, encarnó a la perfección «el heroísmo de la vida moderna», tal y como lo describió en un famoso texto su admirado Baudelaire. «Lo moderno es lo transitorio, lo casual, lo que se desvanece… El hombre solitario entre la multitud, que ha de adaptarse al fluir del cambio permanente. Ésa es la nueva, heroica, tarea de nuestra época… La del artista es hallar lo que hay de eterno y permanente en la fugacidad contemporánea.» Degas fue cabalmente ese artista. El flaneur indiferente que plasmó con mirada fría, sutilmente desolada, el hechizo de la vida urbana en el París de fin de siglo. La nueva Babilonia en la que triunfaban las más fastuosas novedades: los bulevares, las carreras de caballos, la luz de gas, los cafés cantantes…

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‘La clase de danza’, 1873-1876

Fue un caso aparte entre los impresionistas: idolatró el dibujo y prefirió los efectos de la luz artificial al colorido del plein air: «Está muy bien copiar lo que se ve, pero es mucho mejor dibujar lo que ya no se ve, salvo en el recuerdo; entonces sólo se reproduce lo que llamó la atención, es decir, lo realmente necesario. De ese modo, los recuerdos y las fantasías liberan de la tiranía de la naturaleza».

Casi ciego y abandonado, Degas resumió su credo artístico: “El arte es el dominio del dolor por la belleza”

Tuvo una exquisita formación y un desahogado pasar económico. Con todo a favor para ser un pintor de moda, se convirtió en un radical adversario de la tradición. La falsedad temática y la afectación técnica de la pintura premiada en los Salones era incompatible con su lucidez y su carácter agrio y desilusionado. Como Monet, Pissarro, Cézanne y Renoir, no se veía inventando empalagosos cuadros mitológicos. Pero no le interesaba, como a ellos, la naturaleza, sino el espectáculo de la vida urbana. Soltero empedernido, decía: «No sé jugar al billar, ni hacer la corte a las mujeres, ni pintar ante la naturaleza ni ser agradable en sociedad». En su casa llena de polvo, escaleras de caracol, zapatillas de ballet, casacas de jockey, había reunido una soberbia colección de pintura -Grecos, Delacroixs, Ingres, Cézannes, Van Goghs, Manets… – que reflejaba sus complejas preferencias. Al final de su vida, abandonado por su ama de llaves, casi ciego, resumió su credo: «El arte es el dominio del dolor por la belleza».