Han sufrido accidentes terribles que les podían haber costado la vida, pero no los han desanimado. Al contrario. Hablamos con algunos alpinistas que han estado en situaciones límite en la montaña e indagamos en sus razones para seguir escalando. Texto y fotos Daniel Méndez

Cuando le preguntan a Reinhold Messner, uno de los mejores escaladores de la historia, cuál ha sido su mayor logro, siempre responde: «haber sobrevivido».

Messner -el primer hombre en completar, sin ayuda de oxígeno, los 14 ochomiles del planeta- sabe de lo que habla. Ha visto morir a muchos compañeros, empezando por su hermano Günter, con quien escalaba el Nanga Parbat en 1970. Pero ninguna tragedia ni dificultad lo desanimaron nunca a dejar la montaña.

El impulso que lleva a afrontar situaciones de riesgo objetivo, por muy preparado que se esté, lo define Messner de forma sencilla: «El afán de aventura». Pero añade un “detalle”: «No existe la aventura sin posibilidad de morir». En su caso, no hay ninguna duda de que asume la máxima. Él practicaba hasta hace poco -ahora, sus 70 años no lo hacen posible- el llamado “alpinismo de renuncia”: sin oxígeno, sin compañero de cordada, sin teléfonos móviles. Según él, es la natural evolución de esta práctica: «Al inicio del alpinismo, en el periodo de la conquista, el interés era la cima. Luego vino el alpinismo de la dificultad. Por último viene el de la renuncia: mi filosofía».

Pero tampoco se necesita una filosofía para escalar. George Mallory, que murió ascendiendo al Everest, respondió de una forma tan sencilla como inapelable a por qué subía montañas: «Porque están ahí». Los alpinistas de este nivel, además de practicar un deporte, defienden una visión del planeta y han hecho de ello una causa. Messner encabeza la defensa por la conservación de las montañas y lucha contra el deterioro de picos famosos,como el Everest. «¡Lo que hace el 99 por ciento de los montañeros no es aventura, es turismo!», se queja. Y reivindica el “auténtico” alpinismo por una cuestión ecológica. Pero no todo son razones “épicas” cuando hablamos de escalar. También se ha indagado en las razones biológicas de esta actividad con un alto nivel de riesgo y un bajo nivel de rentabilidad. El subidón de adrenalina, que explica ciertas actividades deportivas, no parece tan alto como para justificar el esfuerzo físico y mental que requiere el alpinismo. Y hay formas de disfrutar de paisajes espectaculares menos costosos. Sin embargo, buscar nuevas fronteras y superarlas, como patrón de supervivencia, sí está arraigado en nuestra genética. Eso explicaría el impulso a conquistar nuevos entornos. Al menos en parte, como dice Raquel Suárez, que sigue escalando pese a haber sufrido un grave accidente: «Cada uno tiene sus motivos. Hay quien sueña con una isla desierta. Yo sueño con la montaña. Es un estilo de vida y desprenderse de él es desprenderse de una parte de ti misma».

ROSA FERNÁNDEZ, Asturias, 55 años; 25 subiendo montañas sepultada por una avalancha en el Annapurna

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Al llegar, le pregunté al sherpa: ‘¿Te parece una zona segura para poner la tienda?’ .’Si no cae un metro de nieve, estamos seguros’, me respondió. Al rato, oigo un grito… ¡La tienda de al lado había desaparecido! Aunque, por suerte, sus ocupantes -una pareja de iraníes- consiguió salvarse».

Bajar Sin material. Rosa Fernández, alpinista asturiana del 60, rememora así la avalancha previa al susto más grande que le ha dado una montaña, cuando se disponía a intentar alcanzar la cima del Annapurna. Aquella noche, un sobresalto más: «Estaba en mi tienda con una compañera cuando escuchamos: “¡buuuum!”. Y quedamos una encima de la otra. ¡Tres avalanchas en un día!». Pudieron salir y encontrar resguardo en una zona protegida. Pero algunos estaban sin botas; todos se habían quedado sin cuerdas, piolets, arneses… «Tuvimos suerte. A las dos horas paró de nevar». Al día siguiente iniciaron el descenso sin casi material. Ella regresó, pero dos chicos no tuvieron la misma suerte.

“El descenso del Annapurna fueron las dos horas más tensas de mi vida. Me quedé sin voz. No me salía una palabra”

Arrepentida. «Volví diciendo que se habían acabado los ochomiles? ¡Pero al poco tiempo ya me lo estaba planteando otra vez!». Rosa no es ninguna novata. «He estado muchas veces por encima de los 8000, pero solo seis veces he hecho cumbre. El Manaslu, que es el último, lo logré solo al tercer intento. ¡Soy una experta en darme la vuelta!», bromea solamente a medias. Y resume en una frase el motivo: «La verdadera cumbre la logras cuando vuelves a casa». Ahora ultima los preparativos para subir el K2.

Cabeza fría. «La clave, si ocurre algo, es mantener la calma». Algo que no siempre es fácil. «Durante el descenso del Annapurna hubo un tramo muy difícil que afrontamos casi sin medios. Fueron las dos horas más tensas de mi vida. Tanto que perdí la voz: no me salían las palabras. Pero lo importante es que la cabeza, las manos y las piernas seguían funcionando. Si no puedes manejar una cuerda, estás perdido».

GUILLERMO ROGEL, Pamplona, 37 años; 15 practicando alpinisno. Atrapado en un valle del Himalaya por el terremoto de Nepal

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Guillermo se encontraba a los pies de Island Peak, en un valle del Himalaya vecino al Everest, cuando el 25 de abril un seísmo de 7,8 grados asoló Nepal, dejando más de 8700 muertos y 20.000 heridos. No veíamos. «Estábamos en el refugio tomando un té cuando sentimos un viento muy fuerte. Al principio nos hizo gracia, pero luego empezaron a moverse sillas y mesas y vimos que aquello no era normal», cuenta hoy en Pamplona. «Luego empezaron a caerse trozos de la casa. Fuera nevaba mucho y no veíamos bien. No sabíamos si era una avalancha de piedras o de nieve, o el glaciar?».

¿Hasta cuándo? Afortunadamente no hubo que lamentar pérdidas en su refugio. Pero había que buscar el modo de salir de allí. Entretanto, las réplicas seguían llegando. «”¿Hasta cuándo va a durar esto?”, nos preguntábamos». No podían arriesgar, había que esperar a que remitiera la fuerte nevada para descender. Al tercer día decidieron intentarlo. Lograron llegar a Lukla, ciudad con un pequeño aeropuerto utilizado por los montañeros que van al Everest. Salir de allí era también una odisea. Tardó más de una semana en llegar a Barcelona. Unos días intensos para él y su familia. Pudo hacer una breve llamada al día siguiente del seísmo, pero después ya no pudo comunicarse con ellos.

“Estuvimos tres días atrapados por las réplicas”

No hay palabras. Con todo, Guillermo volverá al Everest tan pronto como pueda. En parte -explica- «por solidaridad»: «Allí viven del turismo, de los alpinistas, y ahora lo necesitarán más que nunca». Pero también porque la pasión por la montaña no desaparece por un susto, por grande que sea. «Esto es incómodo, sufres el cansancio, el frío y el mal de altura… Pero cuando subes una montaña, ¡te sientes tan bien! Es muy difícil de explicar, pero es algo que atrapa».

RAQUEL SUÁREZ Y EDUARDO ASTUDILLO, Asturias, 47 y 51 años; 30 escalando. Caída mortal en una pared de hielo en los Picos de Europa.

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Eduardo no recuerda nada de lo ocurrido. Tiene amnesia desde minutos antes del accidente que estuvo a punto de costarle la vida hace tres años. Raquel, en cambio, no ha olvidado nada. «Habíamos hecho una escalada en hielo y, ya al volver, oí que Eduardo gritaba, ‘¡Que me caigo!’. Traté de agarrarme al hielo con el piolet y los crampones, pero me arrastró en la caída». Y vaya si cayeron: 200 metros.

Un milagro. «Estamos vivos de milagro», cuenta Raquel. Fue un cúmulo de casualidades lo que les salvó la vida. Unos amigos los vieron precipitarse al vacío. «Si no nos llegan a ver -cuenta Raquel-, no hubiésemos sobrevivido a la hipotermia». Los amigos alcanzaron una mínima cobertura para llamar al 112. «Si se llega a hacer de noche, el helicóptero no despega y hubiesen tenido que subir a por nosotros a pie. Esas horas nos hubiesen costado la vida», dice. «El equipo de rescate pensaba que venía a recoger dos cadáveres. Los accidentes en esa zona suelen ser mortales. ¡Fue una grata sorpresa encontrarnos con vida!».

“Caímos 200 metros. Perdí la memoria. Ahora arriesgo menos (Eduardo)”

Traumatismo cerebral. Ya en el hospital, Eduardo, con un traumatismo cerebral. «No reconocía a mi mujer ni a mi hija, y decía frases inconexas. Luego fui recuperando la conciencia». «Al principio parecía que lo más grave era lo suyo -añade Raquel-, pero después lo mío se ha complicado mucho». Ella se abrasó la cara con el hielo y se rompió la nariz, tuvo una fractura complicada en un hombro y varias más en una pierna. La han operado varias veces.

Una pasión: la libertad. El accidente no les ha hecho perder la pasión. «Una de las primeras cosas que me dijo mi mujer, cuando por fin conecté con el entorno, fue que si quería volver a subir que lo hiciera. Que entendía que para mí es muy importante». Aunque confiesa que «ya no busco tanto la adrenalina como antes. Evito situaciones comprometidas». Raquel tampoco ha querido -o no ha podido- abandonar. «Estuve un año de baja. Después me dieron el alta? ¡y me subí el Cotopaxi! Un volcán en Ecuador que tiene casi 6000 metros de altura. La montaña engancha muchísimo. A mí me da una sensación de libertad que solo tengo allí».