Además de los astronautas, en la llegada a la Luna hubo también otro héroe: el ordenador de a bordo. Y detrás de él, una joven matemática, Margaret Hamilton, que desarrolló su “software“. Con ella se produjo el “big bang” de la industria informática, pero solo ahora se empieza a reconocer su labor. Por Hilmar Schmundt

Faltan solo unos minutos para que el Apolo 11 se pose en la superficie de la Luna. Apenas un centenar de metros hasta el suelo. De repente, salta una alarma en el ordenador: 1202. ¿Qué significará ese número? El astronauta Neil Armstrong, que se encuentra a los mandos del módulo de alunizaje, transmite el mensaje de error al centro de operaciones en Houston, a más de 360.000 kilómetros de distancia.

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Apollo Guidance Computer, el ordenador de a bordo del Apolo 11.

El ordenador de a bordo se ha visto saturado por un flujo excesivo de datos de radar. Armstrong no tiene apenas combustible ni tiempo para largas discusiones, todo ha de resolverse en cuestión de unos pocos segundos. ¿Qué tiene que hacer?, ¿abortar o alunizar? La solución viene de la mano una joven técnico de solo 26 años, que asegura que el mensaje de error del ordenador no supone un peligro. El veredicto llega por radio: «Go», “adelante, vía libre”. Armstrong continúa con el alunizaje. Poco después transmite por radio a Houston el mensaje esperado: «The Eagle has landed», “el águila se ha posado”. ¡El hombre ha llegado a la Luna! A partir de ahora, todo parece posible. ¿Qué hizo factible semejante hazaña culminada el 20 de julio de 1969 y qué queda hoy de ella? Una joven generación de historiadores de la tecnología ha vuelto a plantearse estas cuestiones. Y las respuestas que ofrecen son sorprendentes. Han descubierto que las principales repercusiones de la llegada a la Luna no se produjeron tanto en el campo de la investigación espacial como en la vida cotidiana sobre el planeta Tierra, ya que aquel acontecimiento marcó el comienzo de la interconexión digital.

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En la sala de mando de Houston casi todos eran hombres, pero en el proyecto participaron muchas mujeres.

El pasajero misterioso

Además de los astronautas, en el módulo lunar viajaba un pasajero misterioso. Solo ahora, casi 50 años después, se le ha redescubierto. Se trata del software de control del módulo lunar, 400.000 líneas de código que hicieron historia.

Este código apareció de repente en Internet a principios del pasado julio. Un antiguo becario de la NASA lo publicó en GitHub, un foro para programadores. Expertos en programación lo han analizado a fondo y se dedican a intercambiar todo tipo de interpretaciones, como si se tratara de sonetos de Shakespeare. Desde su publicación, en Silicon Valley los héroes de la llegada a la Luna han pasado a ser cuatro: Neil Armstrong, Buzz Aldrin, Michael Collins y Margaret Hamilton.

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Margaret, en 1969, sonríe con la inseguridad de una estudiante mientras posa junto al software del programa espacial.

Hamilton, una joven empleada del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), en Boston, está considerada como la fuerza impulsora tras el código de control del alunizaje, ese mismo que envió la alarma 1202. Aprendió a programar por su cuenta mientras cursaba Matemáticas, y a los 24 años se incorporó al proyecto espacial casi por casualidad. En realidad, solo buscaba ganar algo de dinero para costear los estudios de Derecho de su marido. Hamilton no tardó en ocupar un cargo de responsabilidad y pasó a dirigir el trabajo de cientos de programadores como directora del Apollo Flight Computer Programming, la programación del ordenador de vuelo del Apolo. Cuando le tocaba trabajar en fin de semana, a veces se llevaba al instituto a su hija de cuatro años.

El programa era capaz de decidir por sí solo qué era importante y qué no. Un sacrilegio para la época

Su software era tan multitarea como ella misma. Mientras que, por lo general, los programas corrientes solo eran capaces de realizar tediosas tareas de cálculo, el programa de alunizaje podía distinguir qué procesos eran importantes y cuáles podían esperar. Por ejemplo, el mensaje de error 1202 simplemente avisaba de que el ordenador estaba saturado, así que pasaba a concentrarse en lo fundamental: la maniobra de alunizaje.

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El programa de Hamilton para el Apolo era capaz de supervisarse a sí mismo, todo un sacrilegio para la época. ¿Acaso las máquinas no estaban usurpando el privilegio humano de evaluar lo imprevisible y responder rápidamente y con flexibilidad?

Carne enlatada

«Cuando tenemos en cuenta la velocidad y la potencia que entran en juego durante el despegue de un cohete, se hace evidente que la intervención humana es físicamente imposible», había postulado allá por 1959 el ingeniero Wernher von Braun, el hombre que desarrolló los cohetes, primero al servicio de los nazis y luego de los estadounidenses. Von Braun defendía que había que mandar a los astronautas al espacio como si fuesen simple equipaje.

Los pilotos, indignados, se negaban a aceptar ese papel pasivo, y se resistían a ser poco más que «carne enlatada», como solían decir. Exigían tener un control total, desde el despegue hasta el aterrizaje. Estaba en juego su honra profesional, cuando no también el futuro mismo de la humanidad: ¿de verdad estamos dispuestos a dejar que nos dirijan unos cerebros electrónicos?Pero ese deseo de conservar el control tenía un precio muy alto. Los primeros astronautas se lanzaron a descubrir los límites de la resistencia humana con una temeridad casi suicida. Solo en el año 1952, en la base aérea californiana de Edwards, fallecieron 62 pilotos militares porque perdían una y otra vez el control de sus velocísimos aviones a reacción.

Como consecuencia, el programa Apolo se vio abocado a ser un experimento de resultado abierto, solo que de dimensiones descomunales. En torno a 400.000 personas que pertenecían a organismos oficiales, la industria y la universidad debatían sobre cuestiones básicas como el control, la cooperación y la creatividad. Y mientras los vaqueros espaciales protagonizaban su duelo personal contra los fabricantes de cohetes, un tercer grupo se dedicaba a escribir líneas y líneas de código sin que nadie les molestase. Aquellos empollones eran entonces objeto de todo tipo de burlas… pero hoy dominan la economía mundial.

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En Waltham, cerca de Boston, cientos de ‘costureras’ hicieron realidad tangible el código de Hamilton.

En aquella época ni siquiera existía un nombre para lo que Hamilton y su equipo estaban haciendo. «El software no aparecía contemplado en la planificación de tiempos ni en los presupuestos», afirma David Mindell, profesor de Historia de la Tecnología en el MIT, en su libro Digital Apollo. Además, la programación estaba considerada una actividad poco viril, poco más que una labor de mecanografía propia de secretarias.

Olvidemos el asunto

El primer gran trabajo de Margaret Hamilton para la NASA fue el desarrollo de un software de emergencia para abortar una misión espacial. Lo bautizaron Forget it, “olvidémonos del asunto, cancelemos”. Todo el mundo estaba seguro de que nunca habría que usarlo. «Pero cuando hubo que suspender una misión, pasé de repente a ser la principal experta de toda la empresa, ya que el programa solo funcionaba en modo Forget it», recuerda Hamilton, que hoy tiene 80 años.

Para militares y pilotos el ‘software‘ era el enemigo:  lo elaboraban civiles,  ‘nerds’ y,  aun peor, mujeres

Los militares embarcados en la Guerra Fría, los constructores de cohetes, los pilotos y los mandamases de la industria vieron su supremacía no solo amenazada por el Sputnik y la Unión Soviética, sino también por una potencia extraña, invisible, que socavaba el poder del país desde las universidades: programas informáticos tecleados por civiles, nerds y, lo que era aun “peor”, ¡mujeres! El programa Forget it, aparentemente trivial, se transformó en una pieza clave del software del Apolo, una creación que reunía diferentes componentes y cálculos, pero también a pilotos y directores de misión, en un «sistema de sistemas». Margaret Hamilton llamaba a lo que hacía «ingeniería de software». Y se reían de ella. «Cuando empecé a usar ese término, a la gente le hacía gracia. Durante un tiempo fue como un chiste. Se mofaban de mí por tener unas ideas tan radicales». Pero quien ríe el último ríe mejor, y aquel término que ella inventó acabó imponiéndose en la informática y en el mercado.

“Man in the loop”

Durante muchos meses, la formación de los astronautas se limitaba a los simuladores. Y los resultados eran evidentes: los astronautas fracasaban una y otra vez en su intento de posar de forma manual su módulo de cartón piedra sobre la superficie de la Luna. No hacían más que estrellarse. Finalmente se decidió confiar la secuencia de alunizaje al código de Hamilton, que en caso de duda pasaría a controlar todo el proceso de forma automática. Sin embargo, Hamilton no apostó por un control digital total, sino por una interacción equilibrada entre hardware, software y ser humano. Así, los pilotos podían cancelar en cualquier momento el funcionamiento automático y recuperar los mandos. Man in the loop es como se bautizó aquel concepto revolucionario, término que sigue usándose hoy en día.

El viaje a la Luna fue un ejemplo perfecto de la simbiosis entre hombre y máquina

Armstrong se guio por el software en su aproximación a la Luna, pero se dio cuenta en el último minuto de que el cráter elegido por el ordenador era demasiado peligroso debido a la gran cantidad de rocas. Tomó la palanca de mando y, al hacerlo, ajustó el programa para poder posarse otro par de cientos de metros más allá en modo semiautomático. El ordenador no era un competidor, sino un copiloto. Un pequeño paso informático, pero un gran salto para la humanidad. Una humanidad que ahora se esfuerza más que nunca por repartir el trabajo entre la inteligencia artificial y la acción humana.

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El difícil carácter de los informáticos

Los programadores del proyecto Apolo cayeron pronto en el olvido, pese a la relevancia de sus logros. También es cierto que su actitud no ayudó. Fueron cultivando una arrogancia tecnológica difícilmente soportable para los demás. Despreciaban a los directivos de la NASA, no se atenían a los plazos… La propia Margaret Hamilton reconoce hoy que no eran fáciles de tratar. «Teníamos nuestra propia cultura. Creábamos nuestras propias normas, y no porque quisiéramos, sino porque, si no las hacíamos nosotros, no existían». Incluso la primera línea del programa Apolo comienza con un chiste privado donde aparece la misteriosa cita latina «Quest oculus non vide, cor non delet», “ojos que no ven, corazón que no siente”. En esa línea se esconde una amenaza: puede que la invisibilidad en la que vivían los programadores informáticos fuese humillante, pero confiere un gran poder a los señores y señoras de los anillos de hierro digitales… Con todo, Hamilton, clave en el desarrollo del código que llevó al hombre a la Luna, quedó relegada a un segundo plano.

 «La industria veía el software como algo misterioso, que llegaba a los ordenadores de a bordo como por arte de magia», recuerda hoy Margaret Hamilton, a sus 80 años

Esta mujer dejó la agencia en los años 70 y fundó dos exitosas empresas de software. La NASA no la “rehabilitó” hasta 2003, cuando le concedió el Exceptional Space Act Award, un galardón que premia actos excepcionales. Y así fue como el premio mejor dotado de la historia de la NASA, 37.200 dólares, acabó recayendo en la chica de la que todo el mundo se burlaba.


PARA SABER MÁS

Digital Apollo, libro de David Mindell, profesor de Historia de la Tecnología en el MIT. Publicado por MIT Press.