Varios han sido los científicos que he tenido la suerte de conocer y que me han hablado de los agujeros negros, esos cuerpos de masa tan elevada y compacta que generan una fuerza gravitatoria tan extrema que ni siquiera la luz consigue escapar a su poder de atracción. Por Eduard Punset

Pero solo uno de todos esos científicos me ha transmitido la importancia de los agujeros negros para la formación de algo tan excepcional y tan difícil de explicar en el universo como es la vida. Me refiero a Caleb Scharf.

En las inmediaciones de lo que se conoce como ‘horizonte de sucesos’ -la zona alrededor del agujero negro más allá de la cual ni una partícula de luz es capaz de escapar a la gravedad-, cantidades ingentes de materia y energía son escupidas hacia el exterior.

Tras un siglo de teoría, en las últimas décadas hemos sabido constatar la existencia de estos objetos gracias a la energía que se genera en ese horizonte y que nos llega en forma de radiación, como los rayos X.

Para Caleb Scharf, los agujeros negros son los motores de la gravedad. De hecho, me reveló que en el centro de casi todas las galaxias hay uno. También en la Vía Láctea, en cuyo corazón existe un agujero negro supermasivo, con la masa de miles de millones de soles como el nuestro concentrados en relativamente poco espacio.

“Me reveló que hay un agujero negro en el centro de todas las galaxias. También en la nuestra”

La colosal energía de los agujeros negros regula la formación de estrellas, planetas y todos los elementos necesarios para que surja la vida en la galaxia, pero para que ello suceda se deben encontrar en un momento de relativa paz.

En palabras de Caleb Scharf, aquellos agujeros negros más violentos, los que generan mucha mucha energía, esterilizan la galaxia.

En la Vía Láctea, en cambio, parece que nuestro agujero supermasivo está en un periodo de cierta calma, lo que ha dejado espacio para la vida, al menos en un planeta: la Tierra.

¿Quién es?

Físico y astrónomo. Hoy dirige el Columbia Astrobiology Center, en Nueva York, que él mismo fundó en 2005. También es investigador y profesor adjunto en la Universidad de Columbia. A su carrera científica suma una gran labor divulgativa, con colaboraciones en medios y varios libros publicados.

¿De dónde viene?

Nació en Londres, pero vivió en el campo, en el interior de Inglaterra. Pese a que sus padres -ambos, académicos- estaban muy vinculados al mundo del arte, tenían cierto interés por la ciencia y cómo esta permite entender el universo, algo que ‘heredó’ el joven Caleb.

¿Qué ha aportado?

Ha hecho relevantes aportes en astrobiología, la ciencia que estudia el origen de la vida en la Tierra y las condiciones que se deben cumplir para que surja en otros mundos, y en el estudio de los exoplanetas, los planetas más allá de nuestro sistema solar.

LA ANÉCDOTA

Su pasión por la astronomía nació durante una crisis energética en el Reino Unido en los años setenta. Durante los frecuentes apagones, el joven Caleb se acostumbró a salir al exterior y observar, sin nada de contaminación lumínica, el espectáculo extraordinario del cielo.