Son pocos los engaños científicos pero cuando salen a la luz se convierten en mediáticos. Este es un repaso a algunos de los más sonados. Por Francisco Javier Alonso

LOS ‘RATONES COLORAOS’  DE SUMMERLIN

EL CIENTÍFICO. Si un experimento no sale como uno desea, hay un método infalible para que arroje el resultado deseado: ‘colorearlo’. William Summerlin lo hizo. Pero no en un sentido metafórico, sino usando un rotulador.

SU ESTAFA. Este prometedor científico del SloanKettering Center, el instituto de investigación del cáncer más importante del mundo, había anunciado en 1973, en la revista La Recherche, el hallazgo de un método para evitar el rechazo en los injertos de piel, un campo en el que decenas de investigadores habían trabajado sin éxito. Su técnica consistía en sumergir la piel que se va a injertar en una solución nutritiva antes de la operación. Con ella habría trasplantado unos parches cuadrados procedentes de ratones blancos a un par de ratones grises.

«¡ADIÓS A LOS RECHAZOS!», anunció la prensa en todo el mundo. Pero cuando otros investigadores trataron de reproducir el experimento, se toparon con dificultades, lo que les hizo dudar del método. Desesperado por salvar su prestigio, Summerlin decidió teñir la piel de unos ratones para hacer creer que los injertos habían sido un éxito, pero esa misma noche sus compa- ñeros lo pillaron in fraganti. Al final tuvo que reconocer que había usado la ‘técnica del rotulador’ ante las presiones de su director para publicar, lo que le produjo «un agotamiento que lo incitó a tergiversar los resultados».

LOS ÚLTIMOS CAVERNÍCOLAS DEL SIGLO XX

LOS PROTAGONISTAS. Oswald Iten y Joel Lozano no daban crédito a lo que veían. En 1986, aprovechando la caída del régimen del general Ferdinand Marcos en Filipinas, el científico suizo y el periodista filipino tuvieron la osadía de internarse en los territorios de la etnia tasaday, una tribu cavernícola hallada en 1971 y que ningún investigador había visto in situ sin la presencia de un miembro de la Administración del país asiático.

LA HISTORIA. Los tasaday, según el gobierno filipino, vivían en cuevas, usaban taparrabos de hojas de orquídea, se alimentaban de larvas, peces y frutas y verduras silvestres, no cultivaban la tierra ni medían el tiempo, carecían de cualquier tipo de arma y de un término en su vocabulario para definir la palabra ‘guerra’, y jamás habían tenido contacto con la civilización. Pero lo que se encontraron Iten y Lozano distaba mucho de esa ‘versión oficial’: en vez de taparrabos, los tasaday vestían vaqueros y camisetas, vivían en plácidas cabañas en lugar de en cuevas, y ni por asomo se alimentaban de larvas y frutas silvestres, sino que recibían la comida de sus protectores.

SU DESCUBRIMIENTO.  fue anunciado en 1971 por Manuel Elizalde, el director de la oficina encargada de las minorías en Filipinas, y la noticia entusiasmó a científicos y periodistas. La demanda informativa sobre la tribu fue tan grande que el Gobierno hasta construyó un helipuerto en un claro de la selva para que aterrizaran los helicópteros de los observadores que acudían a ver a los ‘últimos cavernícolas’. Pero la presión sobre la tribu fue tan abrumadora que el general Marcos declaró su territorio Reserva Nacional y restringió el acceso. Tres lustros después, la incursión de Iten y Lozano reveló la verdad: que los supuestos cavernícolas no eran más que miembros de tribus locales y que habían sido disfrazados y aleccionados por Elizalde para interpretar un papel.

LA FUSIÓN FRÍA SE CONGELA

LOS ‘SALVADORES’. Con su hallazgo, el mundo tendría hoy otra cara: el cambio climático se habría frenado, los países pobres habrían tenido acceso a una fuente de energía barata, limpia y casi inagotable, y la economía global habría sufrido una transformación radical. Pero su hallazgo no fue más que una mentira.

LA TRAMA. En marzo de 1989, Martin Fleischman y Stanley Pons, de la Universidad de Utah (EE.UU.), anunciaban a bombo y platillo en una conferencia de prensa la consecución de la fusión fría. Su experimento aparentemente replicaba la fusión atómica que tiene lugar en el núcleo del Sol, donde debido a la alta temperatura (15 millones de grados) los átomos de gas se desintegran liberando gran cantidad de energía. Ellos, en cambio, lo habían logrado a temperatura ambiente, usando un combustible barato y abundante, el hidrógeno, y empleando un proceso de generación que no creaba residuos radiactivos y estaba al alcance de cualquier laboratorio: bastaba sumergir dos electrodos de paladio, conectados a una batería, en un recipiente de agua rica en deuterio, y esperar.

TRAS EL ANUNCIO. Los científicos se lanzaron a replicar el experimento. Esperaron días, semanas y meses, pero de la fusión fría, ni rastro. El hallazgo no fue tal, pero algunos investigadores aún lo defienden, aunque la opinión general es que quienes lo hacen son tan científicos como los vendedores de amuletos.

DINERO NEGRO POR CRITICAR LA TRIPLE VÍRICA

EL ESCÁNDALO. Una oscura trama judicial, unos científicos sin conciencia que juegan con la salud de los niños y la industria farmacéutica son los protagonistas de un escándalo sin precedentes que estalló en 2004 y aterrorizó a los padres de medio mundo. Todo empieza seis años antes, en marzo de 1998, con la publicación en la revista médica The Lancet de un estudio en el que Andrew Wakefield apunta una más que posible relación entre la vacuna tripe vírica (paperas, sarampión y rubeola) y la aparición de síntomas de autismo en los niños inmunizados.

EL EFECTO ES INMEDIATO. Muchos padres deciden no vacunar a sus hijos, con lo que estas patologías se disparan. Pero en 2004 se topan con una sorpresa: el director de The Lancet reconoce que la publicación fue un error, pues el informe de Wakefield, basado en 12 casos, «se sostiene en datos sin fundamento».

LA TRASTIENDA. Además, Wakefield ocultó que había recibido 80.000 euros del International Child Development Resource Centre, una asociación de autistas que pretendía querellarse contra los fabricantes de esas vacunas, que incluían mercurio, y que quería usar el estudio como prueba a su favor en el juicio. Estudios posteriores han confirmado la seguridad de las vacunas, pero el daño ya estaba hecho.

PILTDOWN: ENGAÑO HASTA EL TUÉTANO

LA BÚSQUEDA. En 1912, con las teorías evolucionistas en plena ebullición, científicos de todo el mundo se afanaban por encontrar los restos del eslabón perdido, ese espécimen mitad hombre, mitad mono del que el naturalista británico Charles Darwin habló en El origen de las especies y que debía de ser el antepasado común más antiguo a hombres y simios. Tan en serio se tomaron algunos la búsqueda que, ávidos de fama, llegaron a fabricarse un cráneo a medida.

EL PLAN. El 5 de diciembre de 1912, Nature publicaba su hallazgo. Dos semanas después, ante la expectante audiencia de la Sociedad Geológica de Londres, Arthur Smith, conservador del Museo Británico, y Charles Dawson, abogado y geólogo aficionado, mostraban su descubrimiento. El plan de Smith y Dawson se había fraguado cinco años antes. Con la ayuda de Arthur Keith, un médico anatomista escocés, lograron la materia prima necesaria para fabricar su humanoide: cráneos huma nos, restos de mamíferos, una mandíbula de orangután y herramientas de sílex. Les bastó tallar las piezas para que encajaran y desperdigarlas cerca de Piltdown, donde ‘casualmente’ las hallaron.

EL ‘EOANTHROPUS DAWSONI’. Fue desde ese momento el puntal de la antropología. Su fama duró hasta 1953, cuando unos investigadores de la Universidad de Oxford reexaminaron los restos y revelaron que tenían 500 años, en vez de los 500.000 que se les suponían, y que, como se temían, habían sido fabricados a medida

EL ‘ABUELO’ NO ERA DE LA FAMILIA. Dawson y Smith usaron 37 piezas para construir el cráneo de Piltdown, formado por huesos humanos y de otros mamíferos y una mandíbula de orangután. Cada una fue limada para que encajase con el resto y teñida para envejecerla. Su hallazgo, en 1912, fue portada de la prensa científica y de los tabloides británicos.