Que levante el dedo quien no haya citado alguna vez en su vida al menos una frase de Oscar Wilde, ya sea de oídas, con conocimiento de causa y autoría o por dárselas de leído.

La más famosa de las citas (a estas alturas más que manida, manoseada) hace referencia a las trampas saduceas que nos tienden las tentaciones. Vulgo: «La mejor manera de resistirse a una tentación es caer en ella». Wilde: «Puedo resistirme a todo, salvo a las tentaciones», de lo que se desprende que no siempre es mejor el original (al contrario, la sabiduría popular es precisamente eso, un grado), pero también que el irlandés es ya un clásico patrimonio de la parroquia global, que usa y abusa de sus citas cuando vienen a cuento y cuando no.

Premonitoriamente, el rico, bello y honorable Wilde, carne de salón, seductor, histrión y bebedor de whisky, legó a la posteridad una frase que hoy muy pocos pueden arrogarse, aunque muchos usufructúen: «Hay una sola cosa en el mundo peor que ser famoso: no serlo». Wilde, para muchos un icono gay (por sus tendencias fue confinado los últimos años de su vida en la cárcel de Reading, que dio título a una de sus obras más estremecedoras, La balada de la cárcel de Reading), supo aplicar el cristal de aumento a las facetas más demoledoras o risibles de la vida. Por ejemplo, al egoísmo bien entendido: «Amarse a sí mismo es el inicio de un romance que dura toda la vida»; a la presunta ininteligibilidad de las mujeres: «Las mujeres han sido creadas para ser amadas, no para ser comprendidas» o, más viperino aún (y luego dicen de las ídem): «Las mujeres tienen una intuición maravillosa: lo descubren enseguida todo, menos las cosas evidentes»; a la vida como fútil aprendizaje: «Aprendemos las lecciones de la vida cuando ya no nos sirven», o, en fin, al quid de la pareja: «La verdadera base del matrimonio es una recíproca incomprensión».