Arrancaba el siglo XX y los bailarines de los teatros del Zar huían del caos político de Rusia. En París, los recibió un empresario de inusitado talento: Serguéi Diaghilev. Por Carlos Manuel Sánchez

Con ellos montó una compañía de danza que impresionó al mundo entero y a la que se unieron artistas como Stravinsky, Picasso y Chanel para crear las coreografías.

El campanario de la basílica de San Marcos se desplomó en julio de 1902. Fue un colapso a cámara lenta. Toda Venecia, impotente, asistió al desmoronamiento durante tres días y 19 horas. Un turista ruso contempló el espectáculo con una mezcla de fascinación y horror. Tuvo una premonición. Aquel campanario simbolizaba la fragilidad de la civilización europea. Vio los escombros que se avecinaban. Abrumado, le escribió una carta profética a su madrastra: «Un día volveré a Venecia para morir». Cumplió su promesa 27 años más tarde. Pero antes le dio tiempo a cambiar la historia de la danza y convertirla en un arte de vanguardia.

Diaghilev visitó a un psiquiatra para reconciliarse con su homosexualidad. Fue el primer gay ilustre aceptado por la gran sociedad

Aquel turista se llamaba Serguéi Diaghilev, tenía 30 años y acababa de pasar por la clínica de un psiquiatra vienés que le ayudó a reconciliarse con su homosexualidad. No era un bailarín, era un empresario. Un esteta. Organizaba exposiciones de pintura y montajes operísticos. Asesor del zar Nicolás, había nacido en 1872, cerca de Nóvgorod. Su madre murió a los pocos meses. Su padre, vástago de una familia noble que había hecho una fortuna con el monopolio del vodka en la región de Perm, se arruinó cuando Diaghilev estaba a punto de ir a la universidad.

De la noche a la mañana, aquel joven ocioso y narcisista tuvo que buscarse la vida. Necesitaba una fuente de ingresos que le proporcionase reconocimiento público sin comprometer su estatus. Y la encontró gracias a su cultura refinada. Casi un milagro, teniendo en cuenta que Perm era un páramo helado a los pies de los montes Urales. Pero su madrastra le inculcó el gusto por la literatura, la música y la pintura.

Retrato de Serge ballet ruso conocer cultura

Seguéi Diaghilev falleció en el Grand Hotel des Bains de Venecia. Su muerte fue noticia de portada en todo el mundo, excepto en la Unión Soviética.

Su carrera en los cenáculos artísticos parecía imparable cuando estalló la Revolución de 1905. La humillante derrota de Rusia ante los japoneses en Manchuria desató una oleada de disturbios, represión y descontento contra el Zar. Una huelga general paralizó el país y en ella participaron incluso los bailarines de los Teatros Imperiales.

Diaghilev, que estaba en San Petersburgo, describe el ambiente: «Estamos aislados, en completa oscuridad. No hay medicinas, ni tranvías, ni periódicos, ni telégrafo… Y las ametralladoras están al llegar». Pero brinda con champán por los nuevos tiempos. Es un cínico capaz de aprovechar la marejada. «Es la hora de la verdad. Somos testigos de una época que termina y otra que nace. Nosotros la hemos creado, pero al final nos barrerá. Como sensual incorregible, mi único deseo es que la lucha que se avecina no dañe los alicientes de la vida. Que la muerte sea tan bella como la resurrección.»

ballet conocer cultura Retrato de Vasle Nijinsky

Nijinsky fue el gran emblema del Ballet Ruso. Con él, Diaghilev situó la figura masculina en lo más alto de la danza clásica, antes relegada a un segundo plano. Nijinsky se inspiró en los movimientos de un pato articulado de juguete y de los faunos pintados en unas vasijas del Louvre para inventarse movimientos angulosos y poses de autómata hoy “canonizadas”

Pero la muerte es menos romántica de cerca. Su amante, Serguéi Legat, se corta la yugular con una cuchilla y Diaghilev se marcha a París. Montó óperas con el apoyo del Gobierno hasta que en 1909 le retiraron la financiación y se vio con el agua al cuello. No estaba dispuesto a dejar de saborear las oportunidades estéticas y sexuales que le brindaba la capital francesa y decide fundar una compañía de ballet con el mecenazgo de amigos influyentes: la princesa de Polignac, heredera de las máquinas de coser Singer; Lord Rothermere, patrón del Daily Mail; Coco Chanel, la diva de la alta costura; y la pianista Misia Sert, musa de los pintores impresionistas.

El ballet era más barato que la ópera y tenía un vivero magnífico: los Teatros Imperiales. Contrató a precio de saldo a 80 de los 400 bailarines de la corte, maravillosamente entrenados y ansiosos por escapar del caos revolucionario. Los montó en un tren en San Petersburgo y tres días y 2.000 kilómetros más tarde los tenía en París. Los anunció a bombo y platillo. Arrasaron.

Nunca actuaron en Rusia. Sí en España. Desde San Sebastián hasta Granada, viajaron en carromato por caminos de cabras

Nacían Les Ballets Russes, una compañía itinerante que recorrió medio mundo durante sus 20 años de existencia. París, Londres, Berlín, Nueva York, Buenos Aires… Durante la Primera Guerra Mundial incluso estuvo de gira por la neutral España, desde San Sebastián hasta Granada, viajando en carromato por caminos de cabras. Pero nunca actuaron en Rusia. Diaghilev se convirtió en un exiliado y vivió en hoteles desde entonces.

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La célebre bailarina Anna Pávlova recordada por su mítica coreografía de ‘La muerte del cisne’, fue fichada por Diaghilev en París. Luego ella fundó su propia compañía. 

Fue una compañía en la que las primeras bailarinas eran sobresalientes: Anna Pávlova, Tamara Karsavina, Ida Rubinstein… Pero su papel fue secundario; las estrellas eran hombres. Habían sido ignorados por los coreógrafos desde el siglo XIX, pero con el ballet ruso irrumpieron Michel Fokine, Adolphe Bolm, Léonide Massine, Serge Lifar y, por encima de todos, el gran Nijinsky. El público descubrió la expresividad del cuerpo masculino, convertido en objeto de deseo. Massine, Nijinsky y Lifar fueron amantes de Diaghilev. «No se escondía. Fue el primer homosexual ilustre aceptado como tal por la gran sociedad de la época», escribió el compositor Nicolas Nabokov.

La danza dejó de ser una cuestión de tutús. Integró moda, pintura, diseño, escenografía… Cada nuevo montaje marcaba tendencias

Su mayor aportación fue la fusión de disciplinas y la colaboración de artistas de vanguardia. La danza dejó de ser una cuestión de tutús para integrar moda, pintura, diseño, escenografía… Cada nueva producción marcaba tendencias. Igor Stravinsky compuso La consagración de la primavera, un hito trascendental que revolucionó la música clásica. Claude Debussy, Erik Satie, Maurice Ravel y Manuel de Falla también escribieron obras para la compañía. Coco Chanel diseñó vestuario. Léon Bakst y Natalia Goncharova construyeron decorados. Matisse pintó carteles. Pablo Picasso diseñó escenografías cubistas y un telón legendario: Le train bleu.

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Pablo Picasso sobre el telón del Ballet Parade, 1917

Las innovaciones eran discutidas con pasión en los salones. Los surrealistas lo boicotearon. Marcel Proust y Claude Monet lo defendían… Pero la efervescencia duró hasta 1929. Poco después del crash de la Bolsa, Diaghilev liquidó la compañía. Enfermo y agobiado por las deudas, decidió que viajaría a Venecia. Tenía una promesa que cumplir… Rodeado de sus amigos, agonizó en una cama del Grand Hotel, vestido con su mejor traje de cóctel, tarareando pasajes de Wagner y Chaikovski mientras se consumía de fiebre. Murió como vivió: saboreando los placeres de la vida.

Su legado perdura. Modistos como Yves Saint-Laurent y músicos como Cole Porter reconocieron su influencia. A finales de los 60, el descubrimiento en un suburbio de París de bocetos, figurines, vestidos y carteles del ballet ruso fue comparado con la apertura de la tumba de Tutankamón. Se organizó una subasta que duró tres días.