Lucharon por Hitler hasta las últimas consecuencias, desoyendo al mismísimo Franco. No eran mercenarios, sino voluntarios. La desconocida historia de este puñado de españoles cómplices de la mayor barbarie del siglo XX. Por Lorenzo Silva

La vosstrasse es hoy una calle discreta, con descampados y bloques de viviendas. En buena parte de su longitud se encuentra en obras. Ningún letrero oficial recuerda lo que la ocupaba antes, pero el viajero avisado sabe que hay gato encerrado, como en tantos otros lugares de esta zona céntrica de Berlín, donde hasta el año 1989 se alzaba el muro que dividía la ciudad.

Eran 200. Había falangistas, anticomunistas y antiguos hombres de la Legión Azul

La única indicación nos la ofrece el restaurante chino Peking-Ente, en el número 1, en la esquina con la Wilhelmstrasse, que ha colocado un llamativo cartel publicitario rojo a mitad de la calle. En su parte inferior hay un croquis que muestra lo que había en los terrenos donde ahora se alternan la nada y los apartamentos construidos en su día para funcionarios de la extinta RDA. En el primer tramo de la calle, según el croquis, se hallaba la antigua Cancillería del Reich. A continuación, la nueva, mucho más grande, que concibió Albert Speer para Adolf Hitler. Tras ellas, en lo que hoy es descampado, estaban el patio y el búnker en el que a finales de abril de 1945 el Führer se enfrentaba a su oscuro destino.

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Un soldado español con uniforme de los Cazadores Alpinos (aún dentro de la Wehrmacht, las fuerzas armadas unificadas de los nazis) en 1944, con España ya neutral

En esos días, según los libros de Historia (y, singularmente, el excelente y vibrante Berlín, 1945, de Antony Beevor), la defensa del sector gubernamental de la capital del Reich estaba en manos de algunos restos de unidades alemanas, un puñado de niños de las Juventudes Hitlerianas y de viejos de la milicia popular Volkssturm y un contingente de voluntarios franceses y escandinavos de las Waffen-SS, extranjeros repudiados por sus países que fueron quienes de hecho llevaron el peso de los combates.

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Reverso de la postal, escrita en castellano por él mismo soldado de la imagen de arriba, prueba de que era español

Mucho menos se suele mencionar, y por tanto saber, que entre esos voluntarios de las SS había también un batallón de letones y, lo que más nos interesa, una pequeña y extraña unidad de españoles.

La mayoría murió en combate, a manos de soviéticos o en largos cautiverios tras ser apresados

Cuando el 30 de abril de 1945, a eso de las 15.30, Hitler acabó con su vida en el búnker, aún había algunos de ellos luchando en las inmediaciones de la Vosstrasse. Cumplían así el juramento de fidelidad que le habían prestado al Führer. Al principio de la batalla eran, como mucho, un par de cientos.

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Luis García Valdajos nació en 1918 en Tordesillas (Valladolid), ingresó en la Falange en 1936 y en la División Azul en 1942. Rechazó volver de Alemania cuando lo ordenó Franco e ingresó en las SS. Tras la guerra logró volver, de incógnito, a España. Preso por desertor, quedó libre en 1947. Nunca más se supo de él

Muy lejos del millón de bayonetas españolas que el día de San Valentín de 1942 había prometido Franco para el caso de que los rusos llegaran a Berlín. Pero allí estaban. Por voluntad propia y contra las órdenes del propio Franco. La mayoría murió bajo las balas soviéticas, en combate o al caer prisioneros. A unos pocos se les perdonó la vida y sufrieron largo cautiverio en Rusia. Otros lograron escapar casi milagrosamente. Su historia es una de esas que, cuando las conoce alguien cuyo oficio es el de narrar, despiertan una fascinación casi irresistible.

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Fuerza Multicultural: Miembros de las SS, en junio de 1944. Al final de la guerra, la antigua fuerza de élite del Führer era ya casi una especie de legión extranjera integrada por anticomunistas y antisemitas de diversos países

¿Quiénes eran aquellos españoles y cómo llegaron hasta allí?

La respuesta no es fácil, ni cien por cien segura. Conservamos algunas fotos y documentos que atestiguan la presencia y el itinerario de algunos de ellos. El comandante Miguel Ezquerra, el jefe de la unidad, y el alférez Ocaña dejaron su testimonio en sendos libros. Pero en el más detallado, el de Ezquerra, se observan contradicciones entre sus dos ediciones (una portuguesa poco después de la guerra y otra española muy posterior) y, aunque en su relato demuestra un conocimiento de la topografía de la ciudad y del desarrollo de la batalla que hacen difícil considerarlo un impostor, hay otros pasajes poco verosímiles o inexactos (como el de su condecoración por Hitler entre el 29 y el 30 de abril, cuando ya el líder nazi se aprestaba a suicidarse, o la defensa del hotel Kaiserhof desde las plantas superiores cuando el edificio había sido derruido por un bombardeo aéreo en 1943).

Algunos soldados eran adictos a la guerra. No luchaban por dinero. No había provecho en unirse a quienes ya habían perdido la partida

Depurando la información disponible, con la ayuda de los historiadores que se han ocupado del asunto (como Carlos Caballero Jurado, que entrevistó a algunos de los supervivientes), puede decirse que aquella unidad tenía una composición bastante heterogénea. Algunos eran antiguos combatientes de la División Azul y la Legión Azul que se habían negado a volver cuando la última fue repatriada en marzo de 1944 o que, tras regresar, y cuando ya España, por voluntad de un Franco deseoso de congraciarse con los victoriosos aliados, había adoptado el estatuto de potencia neutral, cruzaron ilegalmente la frontera para unirse a las tropas alemanas.

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Ricardo Botet Moro, uno de los pocos españoles de los que se conserva una foto, con uniforme nazi. Al terminar la guerra, logró escapar de los soviéticos haciéndose pasar por un trabajador desplazado. Desde allí huyó a la zona aliada y en 1946 logró regresar a España, donde, al parecer, murió hace unos años

Otros eran jóvenes, fervientes falangistas y anticomunistas que no habían estado en la campaña de Rusia, pero acompañaron a estos veteranos en su aventura. Tampoco faltaron, al parecer, algunos de los 50.000 españoles que se calcula que a la sazón trabajaban en la industria bélica alemana y que se alistaron como soldados para eludir la muerte que los amenazaba en los bombardeos continuos sobre sus fábricas. Incluso se dice que algunos de ellos eran antiguos combatientes republicanos, o rotspanier, en la jerga nazi, a los que hay constancia de que Hitler llegó a pensar en reclutar de forma general.

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Mito y verdad: Miguel Ezquerra, jefe de la unidad española de las SS en Berlín. Sobrevivió. Años después de la guerra escribió una autobiografía en la que algunos datos resultan, cuando menos, inexactos, lo cual no lo señala en ningún caso como un impostor

Con tan diferentes orígenes y extracciones, los vericuetos que siguieron aquellos españoles para acabar defendiendo el Tercer Reich en su batalla terminal fueron variopintos y, en algún caso, casi increíbles. Muchos iniciaron su periplo en Versalles, en el todavía hoy existente Quartier de la Reine (en el 5 de la Rue Carnot), donde se reunió hacia mayo-junio de 1944 a aquellos voluntarios que los propios alemanes no tenían gran interés en hacer demasiado visibles, porque seguían comprando materias primas estratégicas a Franco. Luego marcharon a Stablack, en Prusia Oriental, donde se los instruyó, y desde allí se repartieron por diversos frentes. Unos acabaron en Yugoslavia luchando contra los partisanos de Tito; otros, en Italia; otros, en Rumanía tratando de parar a los rusos en los Cárpatos.

Los llamaron ‘los irreductibles’ o el Batallón Fantasma. Se enfrentaron cuerpo a cuerpo a los tanques soviéticos en Berlín

Los supervivientes de estos últimos, todavía encuadrados en la Wehrmacht o ejército regular, acabaron compartiendo cuartel en Stockerau, cerca de Viena, con un contingente croata con el que mantuvieron pésimas relaciones. Eso fue lo que movió a muchos a acudir a la leva organizada por la división Wallonie, del belga Léon Degrelle, en la que constituyeron dos compañías y se pusieron por primera vez el uniforme de las Waffen-SS. Con él participaron en la dura batalla de Stargard, en Pomerania, a comienzos de 1945. Los que salieron vivos de ella constituían la columna vertebral de la unidad española de las SS, que se formó en marzo en Potsdam a las órdenes de Ezquerra y que acudió a defender a la desesperada Berlín el 21 de abril de 1945.

Los llamaron “los irreductibles” o el Batallón Fantasma. Gente a la que hoy nos cuesta comprender y que en medio de los escombros, junto a los niños feroces de las juventudes hitlerianas, se enfrentaron a cuerpo a los tanques soviéticos. Aunque no pocos, en cuanto vieron lo que había y pudieron, pusieron pies en polvorosa. No eran mercenarios, no había provecho en unirse a quienes a aquellas alturas habían perdido notoriamente la partida: algunos eran soldados crónicos, adictos a la guerra; a otros los movía el fervor anticomunista; más de uno podía alegar que lo llevó allí el azar de los acontecimientos. En cualquier caso, se trata de un grupo de españoles en el hecho histórico central del siglo XX. Recorriendo esa hoy casi clandestina Vosstrasse que los vio pasar y morir (como la Potsdamerplatz, o la Moritzplatz, o la Friedrichstrasse), es ineludible, para este contador de historias, evocar y compartir su pasmosa peripecia.


PARA SABER MÁS

Niños feroces, de Lorenzo Silva (Destino)
Berlín, la caída, 1945, de Antony Christoph Beevor (Crítica)