‘XLSemanal’ es la primera revista que tuvo  acceso a las tareas de restauración del tesoro de la fragata  Nuestra Señora de las Mercedes, cuando se cumplía exactamente un año de su repatriación. Más de medio millón de monedas y otros objetos, como lingotes de bronce, tabaqueras y botones de oro. Por Carlos Manuel Sánchez

Son las ocho de la mañana del día 5 de octubre de 1804. Cuatro fragatas españolas navegan frente al cabo de Santa María (Portugal). Partieron de Montevideo (Uruguay) en agosto. A bordo, 300 almas: marinos de guerra, comerciantes y sus familias.

Uno de los navíos hace señal de cuatro velas para alertar de la aparición de cuatro fragatas inglesas. España e Inglaterra están en paz, pero el jefe de la escuadra José Bustamante no se fía y ordena zafarrancho de combate. Los navíos ingleses se acercan por barlovento y se abarloan a cincuenta metros de los españoles. El comodoro Moore, capitán de la Indefatigable, manda un bote con un oficial y un intérprete para decirle a Bustamante que tiene intención de apresar los barcos españoles. La artillería inglesa es muy superior, pero Bustamante consulta con sus oficiales y decide no rendirse. Es una cuestión de honor. Los ingleses abren fuego y uno de los primeros cañonazos revienta la santabárbara [o polvorín] de la fragata Mercedes, que salta en pedazos y se va a pique con 249 cadáveres y una fortuna en caudales y mercancías de las Indias. España perdió esa batalla. Pero hasta los periódicos ingleses de la época clamaron contra los suyos. “Se ha cometido un gran delito. Una potencia amiga ha sido atacada por nuestras fuerzas. Nuestra bandera, como la de los piratas, tremola sobre los muertos”.

La artillería inglesa era muy superior, pero José Bustamante decide no rendirse. La gragata Mercedes salta en pedazos y se va a pique con 249 cadáveres y una fortuna.

En la mañana del 17 de febrero de 2012, el juez estadounidense Mark Pizzo, del Tribunal Federal de Tampa (Florida), donde tiene su sede la empresa de cazatesoros Odyssey Marine Exploration, dicta sentencia en la batalla legal de cinco años entre el Gobierno español y los modernos piratas que habían saqueado el pecio en 2007. “Más de 200 años han pasado desde que la fragata Mercedes estalló. El lugar donde descansan los que murieron aquel día fatídico ha permanecido intacto durante siglos. Las leyes internacionales reconocen la solemnidad de su recuerdo. Esta corte promueve el respeto recíproco por los muertos de nuestras naciones en el mar, da la razón España y desestima la reclamación de Odyssey”.

La fragata es una tumba de guerra. Ese argumento conmovió al juez. Los americanos son muy sensibles cuando se trata de honrar a los caídos.

“La fragata Mercedes era una tumba de guerra. Y los americanos son muy sensibles cuando se trata de honrar a los caídos. Excavas en un campamento sioux, hallas un hueso y te paran la excavación. Es un sentimiento nacional de respeto a la memoria. En ese barco murieron militares y civiles españoles, de los que tenemos nombres y apellidos. El juez estaba conmovido. Ese argumento inclinó la balanza” , explica Xavier Nieto, director del Museo Nacional de Arqueología Subacuática (Arqua), donde ya está el cargamento de la fragata Mercedes, a excepción de las 212 monedas de oro y unas 5000 de plata, en manos del Museo Arqueológico Nacional (MAN), donde el equipo del Departamento de Numismática, dirigido por Paloma Otero, ya las cataloga y estudia. XLSemanal es el primer medio que accede a las tareas de conservación y restauración del tesoro: más de medio millón de monedas y otros objetos, como lingotes de bronce, tabaqueras de rapé y botones, entre otros.

El equipo del laboratorio de Arqua tiene ante sí una labor descomunal: limpiar y devolver la pátina natural a esas monedas en un tiempo récord.

“No tienen el aspecto del tesoro del Tío Gilito. Están muy dañadas. Negruzcas, verdosas, rojizas… Las estamos separando en función del estado de corrosión y la patología que padecen -oxidadas, carbonatadas, agregadas unas a otras formando bloques…- y estamos probando diferentes tratamientos, muy suaves. Los de Odyssey ya trataron algunas con clorhídrico y las separaron a martillazos. Pero no somos bárbaros. No es cuestión de echarlas en una hormigonera con ácido… Hay que preservar, intervenir lo mínimo. Y se debe respetar la individualidad de cada moneda, catalogarlas, identificarlas con un código de barras. Es un desafío técnico y también ético” , explica Juan Luis Sierra, químico.

Han probado con electrólisis, ácido cítrico (el del zumo de limón), fórmico (el que segregan las hormigas), glucosa, agentes secuestrantes y otros… Lo que mejor resultado da, de momento, es un tratamiento casero que aplican las amas de casa a la plata, con bicarbonato, aunque lo están perfeccionando. Una comisión de expertos se reúne esta semana para tomar una decisión consensuada. “Lo que hagamos ahora es irreversible, así que las generaciones futuras nos pedirán cuentas. Sientes la responsabilidad y bastante presión. La comunidad científica internacional nos va a mirar con lupa”, añade Milagros Buendía, restauradora.

Los de Odyssey separaron algunas monedas a martillazos. Ahora se trata de respetar la individualidad de cada pieza. Todo un desafío técnico.

“Odyssey no nos pasó ninguna documentación sobre lo que le habían hecho a las monedas. Nos llegaron en cubos con un líquido, una especie de salmuera ácida , se queja Nieto. Esos cubos están ahora almacenados en una sala privada del Arqua bajo fuertes medidas de seguridad.

Carmen Marcos, subdirectora del MAN y experta en numismática, conoce bien la nula colaboración de los cazatesoros. Su investigación, propia del ‘CSI’, fue básica en el juicio. Las pruebas recabadas por esta Grissom de la arqueología desmontaron la estrategia de los cazatesoros. La especialista comparó el cargamento del pecio rescatado por Odyssey -según lo que la propia Odyssey había declarado- con el inventario del barco español guardado en el Archivo de Indias. Odyssey pretendía ‘colar’ que lo hallado pertenecía a otro presunto buque, al que bautizaron con el nombre en clave de Cisne Negro. Pero la documentación era incontestable. entre los bienes de particulares se mencionaban 5809 pesos de oro, en monedas de ocho escudos, los cuales, divididos por el valor que tenían en la época, equivalían a 363 monedas de oro, una cifra cercana a las 212 que había declarado Odyssey juzgado de Tampa. Las únicas que encontró bajo el mar.

El juez consideró esta prueba determinante para sentenciar no solo que el botín pertenecía a la fragata Mercedes, sino que Odyssey había ido desde el inicio a por él. “Cuando fuimos a Odyssey a ver el patrimonio que tenían recuerda hoy Marcos, el presidente de la compañía, Greg Stemm, estaba allí, y al inicio fueron todos muy amables. Pero según avanzábamos, la cara se les fue poniendo peor. En el juicio ha quedado demostrado que no fue un hallazgo casual. Fueron a por la fragata Mercedes y la hallaron. ¿Que si se quedaron con algo? No, realmente todo lo que rescataron está en España, salvo lo que no les interesaba porque los incriminaba. los cañones y demás elementos que confirmaban la procedencia del patrimonio y que dejaron en el fondo marino”.

Las monedas no pueden venderse ni ser reclamadas por los herederos. Odyssey ya hizo negocio. El valor de la empresa se duplicó y sus dueños vendieron sus acciones.

Fue un litigio a cara de perro. Y Odyssey recurrió a todo tipo de argucias, como invocar el amparo legal del que goza el secreto de la fórmula de la Coca-Cola para ocultar la información sobre la carga. “El fallo sienta un precedente internacional y, ahora, las compañías de cazatesoros se están reciclando hacia las prospecciones mineras y de piedras preciosas”, explica Nieto. “De todos modos, los dueños de Odyssey ya habían hecho negocio. Lo suyo fue una operación de ingeniería financiera, bursátil” , apunta. La compañía valía 334 millones en Bolsa -cotiza en el Nasdaq- y su valor casi se duplicó (610 millones) nada más anunciar que había rescatado el tesoro de la fragata Mercedes. Se estima que John Morris (cofundador, con Stemm) y otros propietarios que vendieron acciones ese día ganaron 2,5 millones de dólares. Morris y Stemm son viejos conocidos de la SEC (la comisión que vigila las bolsas de Estados Unidos) y fueron denunciados por fraude por una maniobra parecida en 1994, aunque no prosperó la acusación. Las acciones de Odyssey, que llegaron a cotizarse a ocho dólares, rondan ahora los tres.

¿Cuánto vale en realidad el tesoro? Pues depende. Millones… O nada. La carga está declarada como Bien de Interés Cultural. Las monedas no pueden venderse y tampoco pueden reclamarlas los herederos de los 130 mercaderes a los que pertenecían y que iban en el barco. ¿Por qué? Porque España firmó la Convención sobre la Protección de Patrimonio Subacuático de la Unesco. “No estamos hablando de oro y plata, ni de botines, sino de bienes culturales. No hay que pensar que, si los vendemos, saldremos de la crisis. Muchos se preguntan por qué España no realiza sus propias prospecciones para recuperar tesoros en lugar de perseguir a los que nos expolian. Hay que entender que estas piezas no pueden ponerse a la venta porque son parte del patrimonio histórico” , explica Marcos.

Esa es la postura oficial, pero no todos la comparten. La Armada ha documentado 1580 naufragios de la flota colonial. Los expertos calculan que el valor de nuestros pecios supera los cien mil millones de euros, todo un rescate bancario… ¿por qué dejarlos en el fondo del mar? La Unesco dice que se conservan mejor y que no hay que tocarlos. Y que en el futuro, cuando la tecnología lo permita, podrán visitarse en submarinos. Pero solo veinte países han firmado esa tratado. ¿Hizo España lo correcto? De todos modos es el cuento de la lechera… Y lo que está en juego es nuestra memoria histórica. Como resume Nieto, “lo que hizo Odyssey es como destruir una catedral gótica con un bulldozer para quedarse con las estatuas”.