La bravura era la máxima virtud. La indolencia, el adulterio y la cobardía, los peores pecados. La digitalización del Códice Mendoza, uno de los manuscritos más raros del mundo, divulga las leyes del imperio de Moctezuma. Por Carlos Manuel Sánchez

“Hijo mío muy amado, entiende que esta casa donde has nacido no es tu casa, solo es el nido de un pájaro que ha de volar. Porque eres soldado y sirviente… Tu oficio es dar de beber al Sol con la sangre de los enemigos” .

Así recibían las parteras a los recién nacidos varones en el Imperio azteca antes de cortarles el cordón umbilical y envolverlos en una faja. La comadrona gritaba; pues el parto era un combate; y el bebé, un guerrero capturado. En cuanto a las niñas, recibían una advertencia. “Habéis venido a un lugar de cansancios, trabajos y congojas” ; y su cordón umbilical era enterrado bajo las cenizas del hogar, pues su destino era que no salieran de casa.

Niños y niñas venían al mundo en una sociedad compleja y fascinante, muy militarizada, con escuelas y supermercados, reglas estrictas y castigos terribles; pero también muy avanzada, con unos conocimientos científicos de primer orden en astronomía, ingeniería, agricultura… Todos estaban al servicio de un imperio con capital en Tenochtitlán, bien engrasado administrativamente por una eficiente burocracia, dividido en 38 regiones fiscales, donde el grano de cacao y la habichuela fueron monedas oficiales. Y donde, además de guerrear, se comerciaba y había gremios y oficios muy diversos.

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La guerra era una manera de ascender en la sociedad. Por cada enemigo capturado se ganaba en jerarquía y se cambiaba de uniforme.

Ascenso social

El Códice Mendoza, digitalizado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) de México, es la mejor ventana para asomarse a esa sociedad, cohesionada por el temor a unos dioses intimidatorios, dominada por la nobleza, pero que proporcionaba la oportunidad de ascender a los que se distinguían en el combate. Capturar enemigos era el pasaporte al éxito social. Y, viceversa, los que habían nacido nobles podían acabar convertidos en esclavos si mostraban cobardía; o incluso morir ajusticiados si eran sorprendidos en un desliz, como la ebriedad o el adulterio.

Capturar enemigos era el pasaporte al éxito social. Un noble cobarde acababa convertido en esclavo

El códice nace de la curiosidad de los conquistadores españoles. Es uno de los manuscritos más raros del mundo. Y según los expertos Baltazar Brito y Gerardo Gutiérrez, “es el documento más relevante que describe el imperio controlado por Moctezuma”. La historiadora Frances Berdan -autora del estudio de referencia- lo considera “el más completo de los códices mesoamericanos, pues combina la historia de las conquistas imperiales, las cuentas de los tributos de las provincias y una crónica etnográfica de la vida cotidiana”.

Una hipótesis sostiene que entre 1541 y 1542 el virrey Antonio de Mendoza ordenó la preparación del códice a un tlacuilo, o dibujante mexica, Francisco Gualpuyoguacal, mientras que el glosado en español habría sido realizado por el canónigo Juan González.

El Códice Mendoza es el documento más importante que describe el imperio Moctezuma

A simple vista parece un cómic. Fue concebido como una larga tira de papel vegetal plegado a manera de biombo. Estos códices servían a los mexicas como libreto para una representación teatral. La lectura se hacía en voz alta y ante un público atento y respetuoso, pues en la educación azteca el alboroto o la falta de atención eran sancionados, a veces con sadismo, clavando espinas u obligando al infractor a aspirar el humo de una fogata donde se asaban chiles. Pero los españoles pensaron que sería difícil escenificarlo y decidieron rehacerlo para facilitar su lectura y añadir anotaciones a los dibujos; y les quedó un tebeo de 71 folios.

La lectura de los códices se hacía en voz alta. Al que no atendían lo castigaban clavándole espinas

Está dividido en tres secciones. Las primeras páginas narran la historia oficial de los mexicas desde 1325 a 1521. La parte central muestra los pueblos sometidos y los tributos que debían pagar. Y la última sección (16 páginas) es una narrativa de la vida cotidiana desde el nacimiento a la muerte: la educación de los niños, los castigos y reprimendas, las ceremonias, la gastronomía, el trabajo, el matrimonio, la guerra, los sacrificios humanos, la jubilación

Una vez terminado, el Códice Mendoza fue enviado al rey Carlos I, pero nunca llegó a su destino, pues el barco fue asaltado por bucaneros franceses. Tras tener distintos dueños fue comprado por John Selden para su colección de manuscritos orientales, que fue adquirida por la Biblioteca Bodleiana de Oxford en 1659, donde está alojado actualmente. El redescubrimiento del Códice Mendoza se debe al excéntrico vizconde de Kingsborough, en el siglo XIX.

La digitalización pone a disposición de todo el mundo un manuscrito esencial para entender la historia prehispánica de México, aunque para los mexicanos es “la repatriación virtual” de un tesoro nacional.

La crueldad de los castigos

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A partir de los ocho o los diez años, a los niños desobedientes se les podían clavar espinas de maguey (planta parecida al cactus), golpearlos con una vara o hacerles aspirar el humo de chiles asados . Las sanciones eran más duras en la juventud: podían llegar a la lapidación por robar o emborracharse o incluso a la muerte, por tener relaciones sexuales fuera del matrimonio.
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Solo los ancianos podían descontrolar con el alcohol, pues habían cumplido con sus deberes en la vida. La ‘jubilación’ llegaba a los 52 años. El adulterio también merecía pena de muerte. A los infieles, sin importar el sexo o la edad, se les aplastaba la cabeza con una piedra y el cuerpo era abandonado fuera de la ciudad para que fuera devorado por las alimañas.

Los consejos a los hijos

Los padres aconsejaban a sus hijos que fueran virtuosos y obedientes. La holgazanería era castigada. Y acabar siendo un vagabundo o un borracho era caer en lo más bajo. Se transmitían de padres a hijos algunos oficios, como el de platero y el de pintor o tlacuilo, que debía saber de muchas materias, pues los dibujos ilustraban lecciones y representaciones teatrales sobre la historia y las costumbres. Los hijos también aprendían a hacer los adornos con plumas en la vestimenta de los oficiales. Los trajes de los guerreros estaban acolchados con algodón remojado en salmuera para endurecerlo. Los banquetes eran amenizados por músicos y cantores. Y practicaban juegos, como la pelota o los dardos, en los que se apostaba fuerte.

Los sacrificios humanos

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Los prisioneros eran usados como ofrendas a los dioses. Había 18 fiestas al año con estos rituales sangrientos. Los rivales capturados morían con el pecho abierto y los corazones pulsantes, arrancados por los sacerdotes. Pero existía un extraño vínculo entre vencedor y vencido: en el banquete caníbal en el que se comía maíz y tiras de carne del cautivo, el captor renunciaba a comerse al que había sido su prisionero.

PARA SABER MÁS

La edición digitalizada, bilingüe y gratuita del Códice Mendoza está disponible en la página web www.codicemendoza.inah.gob.mx. Ha sido realizada por el INAH de México, La Bodleian Library de Oxford y el King’s College de Londres