Tras el fallecimiento del anciano Ramsés II, Egipto se vio sacudido por más de una década de luchas internas entre sus descendientes. Por José Segovia

Los poderes en la sombra de Tebas y Menfis buscaron un sucesor digno para el trono y lo encontraron en el ejército. Se llamaba Sethnajt, que reinó con gran acierto hasta su fallecimiento. Su hijo Ramsés III le sucedió en el poder alrededor del año 1184 a. C. Desde el primer momento, el joven rey tuvo que enfrentarse a hordas de piratas (los Pueblos del Mar), que destruyeron gran parte del litoral oriental del Mediterráneo.

Cuando el enemigo amenazó la costa palestina, Ramsés III los venció en una batalla naval que se entabló cerca de la desembocadura del Nilo. Pero su victoria no evitó el paulatino declive del Imperio Nuevo. Las costosas campañas militares vaciaron las arcas del faraón, que comenzó a tener serios problemas para pagar el salario de sus funcionarios y trabajadores. Los habitantes del Nilo y él se iban a enfrentar a nuevas amenazas. Entre ellas, una profunda crisis económica que desató graves revueltas sociales.

Los trabajadores del faraón se rebelaron al grito de “¡tenemos hambre!” e iniciaron una sentada

Los egiptólogos señalan que Ramsés III restableció el orgullo nacional al repeler varios intentos de invasión de fuerzas extranjeras. Pero el faraón era un megalómano que no podía resistirse a los baños de masas. Tantas victorias merecían una suntuosa ceremonia cuya organización dejó exhaustas las reservas de palacio. Cientos de trabajadores iniciaron las obras para los fastos, pero sin dinero no había manera de pagar sus servicios.

La precariedad financiera acuciaba al país, y otros obreros se vieron en la misma situación. Entre ellos se encontraban los que trabajaban en la necrópolis, que dejaron de percibir sus salarios, lo que dio lugar a la primera huelga documentada de la historia. Al grito de «¡tenemos hambre!», los trabajadores marcharon en masa desde su poblado al templo funerario de Ramsés III, donde iniciaron una sentada.

Los airados huelguistas no se movieron de allí hasta que se escucharon sus peticiones. El visir del faraón prometió que pronto recibirían los atrasos que se les debían, lo que amainó en parte la furia de los aguerridos obreros. Sin embargo, la crisis económica era tan profunda que se produjeron nuevos retrasos en el pago de los salarios, lo que agrió la relación entre el Estado y sus trabajadores. Mientras la salud de Ramsés III se hacía cada vez más precaria, el país entró en una espiral descendente.

Declive

Tras la muerte del faraón, el orden social se deterioró con rapidez. Sus sucesores no pudieron frenar el declive del país. El valle del Nilo pasó de ser una de las grandes potencias de la región a una nación débil y acosada.

Problemas conyugales

Una de las esposas de Ramsés III, Tiyi, conspiró contra su marido para instalar en el trono a su propio hijo y dejar a un lado al príncipe heredero. Pero el complot fue descubierto a tiempo y sus cabecillas, detenidos.