Elizabeth, la Reina Madre, llegó a serlo porque el hermano de su marido, Eduardo, renunció a la corona británica para casarse con la divorciada americana Wallis Simpson. Para la historia oficial, la primera es la buena y la segunda, la mala, una libertina con conexiones nazis que dominó al sumiso rey. Por Carlos Manuel Sánchez

Eran cuñadas. Eran enemigas. Se odiaban. «Doña Galleta», llamaba Wallis, la duquesa de Windsor, a la Reina Madre, que, golosa, se pirraba por las pastas de té y no perdonaba una merienda. «Esa mujer…», murmuraba la monarca británica, aludiendo al pasado aventurero de la plebeya norteamericana. El primer ministro Winston Churchill era menos diplomático: «Esa zorra», sentenciaba.

¿Por qué se odiaban tanto estas dos mujeres?

Quizá porque estaban enamoradas del mismo hombre. Antes de ser una anciana de aspecto bondadoso; madre de Su Graciosa Majestad Isabel II; viuda del príncipe Alberto, que llegó al trono de rebote y reinó con el nombre de Jorge VI; en fin, antes de ser la abuela eterna de sus súbditos, fue una jovencita casadera. Y estaba por los huesos de Eduardo, el príncipe de Gales, el soltero de oro de la época.

A Elizabeth, habitual de los bailes de palacio, le tiraba los tejos el apocado Alberto, hermano de Eduardo, el segundo en la línea de sucesión, pero lo rechazó una vez. Y otra… «Si acepto, tendría que renunciar a ser libre de pensar, hablar y actuar», se excusó. En realidad, estaba prendada del heredero del Imperio. Y debieron de tener un flirteo bastante serio porque en enero de 1923 la noticia de su boda fue portada de The New York Times, pero una semana más tarde, despechada y por sorpresa, aceptó la enésima proposición de matrimonio del tenaz Bertie, como lo llamaban en familia, el hombre sin ambiciones. Y se convirtió en la duquesa de York. ¿Qué pasó?

Lo que pasó fue que Eduardo, destinado a ser monarca de un tercio de la población mundial, no estaba para ñoñerías. Tenía una sexualidad compleja y ambigua. Y le sobraban amantes. Mimado, encantador, furioso si no conseguía lo que quería… Era aficionado a las mujeres casadas, audaces y problemáticas. Entre sus conquistas, la aviadora Amelia Earhart y Marguerite Laurant, una belleza parisina que asesinó a su marido en un ataque de celos. Viajero, deportista, cazador de elefantes, bronceado de mil soles tropicales… Sin embargo, su buena forma física apenas podía disimular las ojeras del insomnio crónico y los estragos del alcohol. Algo le atormentaba, ¿pero qué?

Tras un viaje, Mountbatten dijo del príncipe: “Se pasea con pañales, se ha disfrazado de mujer… actúa de manera impropia”

Una pista. Durante un viaje a Australia en un buque de la Royal Navy, el conde Louis Mountbatten, futuro Lord del Almirantazgo, consignó en su diario que al joven príncipe le gustaban ciertos juegos peculiares: «Se pasea en tacatá, con pañales y chupete. Ha desnudado a un granadero y en otra ocasión, disfrazado de mujer, se ha comportado de manera impropia con el contraalmirante Halsey». Otro indicio: su última amante, antes del huracán Wallis, fue la deslenguada Thelma Furness. La alojó en su residencia favorita, el fuerte de Belvedere, y ordenó pintar el dormitorio de color rosa. Compraron ositos de peluche para decorarlo y hacían juntos labores de bordado. Sus problemas íntimos eran la comidilla de los salones europeos. A Eduardo le mortificaba ese desfase entre su imagen pública y sus instintos reprimidos. Wallis captó al vuelo esa discrepancia. Y supo cómo aliviar, y también cómo manejar, al atribulado heredero.

El romance tuvo un comienzo poco prometedor. Invitada a una fiesta por su amiga Thelma, Wallis respondió de manera cortante a la conversación de Eduardo. «Debe de añorar la calefacción central», le había dicho. «Me decepciona usted», replicó Wallis. Caras estupefactas de los invitados. «A todas las mujeres norteamericanas nos preguntan lo mismo cuando venimos a Europa. Y yo esperaba algo más original del príncipe de Gales.» A Eduardo le gustaba que lo desafiasen. Y las palabras abrasivas y la mirada dura de aquella dama le intrigaron.

¿Quién era Wallis Simpson?

Una mujer de armas tomar. Nació en 1896. Su padre, de buena familia de Baltimore, magnates de los ferrocarriles, tenía tuberculosis y sobrevivió sólo seis meses al nacimiento de su hija. Viuda y huérfana se mantuvieron con una pensión exigua que les pasaba un tío político. La pequeña Wallis fue a buenos colegios, pero no tuvo dinero ni pudo codearse con la alta burguesía, como sus primas, a las que envidiaba. Esnob desde el primer biberón, les puso a sus muñecas los nombres de señora Astor y señora Vanderbilt, las grandes damas de la época. Fingía jaquecas y teatrales desmayos. Era malhablada, soltaba tacos y recibía azotes. Como tantas otras, tenía decenas de fotos y recortes de prensa sobre el príncipe de Gales en su habitación.

Wallis Simpson

Empezó a perseguir a los chicos en una época en la que se suponía que los chicos hacían la persecución. Investigaba a sus futuras conquistas. Aprendía todos sus gustos y los adulaba. Sabía cómo fortalecer el ego masculino y se los llevaba de calle, a pesar de que no era guapa. Wallis prefería a los hombres de uniforme. Su primer novio luchó contra Pancho Villa. Su primer marido, Earl Winfield Spencer, fue un aviador alcohólico al que no dejaron combatir en la Primera Guerra Mundial porque se emborrachaba antes de despegar. Su vida conyugal fue una sucesión de adulterios, peleas y reconciliaciones. Winfield fue destinado a China y Wallis fue con él. En Shanghái conoció al conde italiano Galeazzo Ciano, que sería ministro de Exteriores de Musolini. Quedó embarazada y se sometió a un aborto chapucero. Perdió la capacidad de procrear y tuvo problemas ginecológicos el resto de su vida.

Casada con un alcohólico, Wallis se quedó embarazada de un amante. Un aborto chapucero le impediría para siempre procrear

Wallis se divorció nada más volver a Estados Unidos, en 1927. Ya tenía fichado a su segundo marido: Ernest Simpson. Copropietario de una naviera. Culto, cortés y… casado. «Wallis era muy lista. Me robó a mi marido cuando yo estaba en el hospital», se quejó su esposa. Ernest consiguió el divorcio y el matrimonio aportó la estabilidad financiera que Wallis siempre anheló hasta que el crash de la Bolsa de 1929 los obligó a despedir criados y recortar gastos. Entonces apareció el príncipe de Gales, que se había peleado con Thelma. Wallis se dedicó a consolar a Eduardo. A partir de entonces fueron inseparables hasta la muerte.

Eduardo la colmó de joyas y regalos, se paseaba con ella en público y pasaban la noche en Belvedere. El señor Simpson soportó el concubinato con civilizado estoicismo. Pero en el Palacio de Buckingham tenían menos correa. El rey Jorge V no la podía ver. «Ruego a Dios que Eduardo no se case nunca», suspiraba. Pero era la duquesa de York la que capitaneaba la repulsa de la familia real ante el escándalo. Le negaron audiencia, pero Wallis no se arredraba. Tenía a Eduardo embelesado. Un criado pidió la baja cuando sorprendió al futuro soberano postrado ante su amada y pintándole las uñas de los pies.

Cuando Eduardo anunció sus planes de casarse en cuanto Wallis Simpson se divorciase, saltaron todas las alarmas. Fue espiada por los servicios de inteligencia. Un informe secreto del MI6 relataba que, durante su estancia en China, Wallis había ejercido la prostitución. La veracidad de ese presunto dosier está en entredicho, pero arruinó cualquier remota posibilidad de que la estadounidense fuese aceptada como reina.

Jorge V murió el 20 de enero de 1936 y subió al trono Eduardo, todavía soltero, como Eduardo VIII. Su reinado duró 11 meses, uno menos de los que pronosticó su padre. Su empeño en casarse con la plebeya Wallis, que consiguió el divorcio en octubre, provocó una crisis constitucional. El Gobierno y la Iglesia de Inglaterra se opusieron. Hubo manifestaciones en las calles. Eduardo, que rechazó la propuesta de un matrimonio morganático, mediante el cual conservaría el trono, pero Wallis nunca sería reina, amenazó con abdicar… Y le tomaron la palabra, a pesar de la oposición de su amada. «Querido, piénsatelo; si abdicas, todo el mundo dirá que no hice lo suficiente por evitarlo.» Recibía amenazas de muerte de una misteriosa liga de mujeres decentes y barajó la idea de marcharse a Nueva Zelanda y comenzar una nueva vida. «Puedes irte a China, Labrador o los Mares del Sur, que yo te seguiré», zanjó el rey.

La renuncia a la Corona entró en vigor el 10 de diciembre de ese mismo año y el atribulado Bertie se convirtió en Jorge VI. Eduardo ni siquiera consiguió el tratamiento de Alteza Real para su prometida, un premio de consolación. La discreta, aunque feroz, oposición de su cuñada, ahora reina consorte, lo evitó. Sólo transigió en que se le otorgase a la pareja el título de duques de Windsor, con la condición de que se fuesen de Inglaterra.

Elizabeth, reina consorte, le negó a su cuñada el trato de alteza, promovió su ‘exilio’ a las Bahamas y redujo su asignación anual

Así lo hicieron. Fueron perseguidos hasta Francia por una legión de periodistas, donde se casaron. Y cortejados por Hitler, que contaba con la simpatía de la pareja para sus planes y los invitó a su residencia veraniega. Eduardo era admirador de Alemania. Hablaba un alemán perfecto y tenía un odio visceral al comunismo. Pero estalló la guerra. El Gobierno no sabía qué hacer con el duque. Le dieron un puesto de supervisión de tropas en Francia, pero los servicios secretos sospechaban que pasaba información al enemigo. Cuando fue evidente que Francia no resistiría el avance de las tropas alemanas, los duques de Windsor huyeron. El Gobierno inglés quería mandarlos lo más lejos posible, donde no estorbasen. Churchill encontró la solución: nombró a Eduardo gobernador de las islas Bahamas. Allí sería inofensivo. Wallis sospechaba que el exilio había sido alentado por su irreconciliable cuñada, que incluso fijó el estipendio anual que habrían de cobrar. Wallis pedía 300.000 libras, pero sólo consiguió 10.000.

La muerte prematura de Jorge VI en 1952 exacerbó la enemistad entre ambas. La Reina Madre culpaba a Wallis no sólo de haber abducido con astucias de alcoba a Eduardo, su amor platónico, también de ser la responsable última de que su marido, agobiado por unas responsabilidades que no quería, hubiese envejecido a ojos vista por el estrés. Fumador empedernido, un cáncer de pulmón se lo llevó con 56 años. En cuanto a Wallis, su rencor se hizo extensivo a toda Inglaterra. «Es increíble cómo una nación entera ha abusado de una mujer sola», se quejaba. El duque de Windsor murió en 1972. En 1976 las cuñadas estuvieron a punto de escenificar una reconciliación, pero en el último momento la Reina Madre canceló el encuentro y envió una tarjeta. La duquesa de Windsor falleció en 1986. Su cuñada asistió al funeral, así como la reina Isabel II, el príncipe Carlos y Lady Diana. Esta vez no le negaron la pompa y circunstancia que tanto había deseado.

El culebrón real por capítulos

Así fue el romance más sonado y con mayores consecuencias políticas de la monarquía británica. Comparado, lo de Lady Di y Camila Parker no es nada…

El príncipe

Edward, Prince of Wales

Rostro aniñado, bucles rubios repeinados, cintura de avispa… Millones de mujeres seguían las andanzas de Eduardo, el príncipe de Gales. Era más popular que el actor Rodolfo Valentino.

La dama entre hermanos

1923 --- Albert and Elizabeth, Duke and Duchess of York, relax after a round of golf during their honeymoon. They are the future King George VI and Queen Elizabeth of England. --- Image by © Hulton-Deutsch Collection/CORBIS

Lady Elizabeth Bowes-Lyon estaba prendada de Eduardo, pero quien le proponía matrimonio era su hermano Alberto, tímido y tartamudo. Acabó aceptando en 1923. En la foto, en su luna de miel.

La novia maldicente

29th April 1932: The Duke of Windsor (1894 - 1972), as Edward, Prince of Wales, with Thelma, Lady Furness, at the midnight performance of the film 'Lilly Christine' at the Plaza, Haymarket, London. (Photo by Fox Photos/Getty Images)

A Eduardo le sobraban romances, pero su primera novia formal fue Thelma Furness, quien se quejaba a sus amigas de que el príncipe estaba pobremente dotado y era un pésimo amante.

La amiga de la novia

Duchess of Windsor Wallis Simpson, circa late 1930s.

Wallis Simpson era una joven americana de buena familia venida a menos, pero decidida a triunfar en las altas esferas. Thelma la invitó

El “cornudo”

November 1937, New York, USA --- Captain Ernest Simpson, the former husband of the Duchess of Windsor, aboard the SS . If the gossips are correct, this is a prenuptial trip for the captain, for it is said, he is to marry Mary Kirk Raffray, the girlhood friend of his former wife, when her divorce becomes final. --- Image by © Bettmann/CORBIS

Wallis estaba casada con el empresario naviero Ernest Simpson cuando conoció a Eduardo. Antes lo había estado con un aviador alcohólico. Simpson soportó la infidelidad con estoicismo.

Sí, quiero

Duke And Dutchess Of Windsor

Cuando Eduardo anunció que se casaba con Wallis, la acusaron de prostituta y llego a ser amenazada de muerte. En 1936, todavía soltero, subió al trono. Once meses después abdicaba y se casaba en Francia

El amante alemán

con hitler

Wallis había sido amante del ministro de Exteriores nazi, Joachim von Ribbentrop, y Eduardo era admirador de Hitler. Con la guerra, fotos como ésta minaron aún más la imagen de la pareja.

Bajo presión

The Duke and Duchess of Windsor in a Limousine

Elizabeth, ya Reina Madre, redujo cuanto pudo la asignación de los duques de Windsor para dificultar su lujosa vida. Pese a ello, se mostraban felices en público; aunque alguna foto registrase “tensiones”…

Enemigas hasta el finalDuke And Dutchess Of Windsor

Eduardo murió en 1972. En su funeral (foto) se produjo uno de los pocos encuentros entre Wallis y Elizabeth. Desde entonces, Wallis vivió como una reclusa hasta su muerte, en 1986.


 

PARA SABER MÁS

The duchess of Windsor: the secret life, de Charles Higham, Wiley, 560 páginas;