En la antigüedad, los hijos ilegítimos apenas tuvieron oportunidad de alcanzar puestos de relevancia política o social. Por José Segovia

Ptolomeo XII, que ascendió al trono en Alejandría siendo bastardo, fue un caso insólito. Las trabas comenzaron a diluirse en el siglo XX, aunque perduró cierto estigma que obligaba a los bastardos a realizar un esfuerzo añadido para superar esa rémora. Ese fue el caso de Fidel Castro, cuyo padre lo reconoció cuando ya había cumplido los 16 años.

En teoría no fue un bastardo, dado el reconocimiento paterno, pero su ilegitimidad lo perturbó en su adolescencia. En opinión de Serge Raffy, redactor jefe adjunto del Nouvel Observateur y autor de un libro sobre el líder cubano, «aquella anómala situación familiar puede explicar su comportamiento en los años siguientes. Es como si hubiera tenido una necesidad imperiosa de reconocimiento social y también sentimental».

Fidel Castro fue hijo ilegítimo. Su padre lo reconoció cuando ya había cumplido los 16 años

Eva Perón también fue hija ilegítima. Cuando su padre, Juan Duarte, falleció en accidente de carretera, su madre, Juana Ibarguren, llevó a Eva y a sus otros hijos a ver por última vez a su padre. Pero los Grisolía, la familia legítima de Juan Duarte, no los dejaron entrar al velatorio. Eva superó aquella frustración casándose con el presidente argentino Juan Domingo Perón y convirtiéndose poco después en la ‘reina de los descamisados’.

Otro caso similar fue el de Lawrence de Arabia, militar, espía y arqueólogo que contribuyó a configurar el mapa de Oriente Medio. Se esforzaba al máximo en su trabajo para vencer su timidez y superar el trauma de ser hijo ilegítimo. Su padre era un pequeño terrateniente irlandés que abandonó a su mujer y a sus cuatro hijas para marcharse con la madre de Lawrence.

Jack London tampoco consiguió el reconocimiento de su padre. Su madre se casó con un droguero de Oakland llamado John London, que le prestó su apellido. Tras enrolarse en un barco y vivir muchas aventuras, la fama le llegó como escritor de novelas, entre las que destacaron Colmillo Blanco y El lobo de mar. Uno de los padres de la Revolución americana, Alexander Hamilton, también era hijo ilegítimo de una mujer sin apenas recursos económicos. Una congregación presbiterana de Nueva Jersey le proporcionó estudios. Años después, cuando Estados Unidos se independizó de Gran Bretaña, Hamilton fue nombrado secretario del Tesoro.

Un humanista sin complejos

Erasmo de Róterdam era hijo ilegítimo de un sacerdote, Roger Gerard, y de la hija de un médico, lo que en boca de sus biógrafos no afectó en absoluto a este gran escritor, humanista y erudito.

Ni una pizca de sangre Romanov

Catalina II la Grande, que era alemana, se casó en 1745 con Pedro III de Rusia, de la familia Romanov. Pero su hijo, el que llegaría a ser el zar Pablo I, no lo engendró con su marido, sino con el atractivo conde Soltikov.