La caída del Muro de Berlín simbolizó el ocaso de una era, pero el verdadero final comenzó unas semanas después. Por Thomas Wieder y Judy Clark./Fotos Cordon Press y Getty Images.

El 17 de diciembre de 1989,  se anunciaba la disolución de la Stasi, el Ministerio de la Seguridad de la RDA, la máquina más sofisticada de vigilancia y represión puesta en marcha por una dictadura.

“El KGB es brutal, pero la Stasi es simplemente perfecta.” Esta frase se convirtió en habitual en la RDA. Así, los funcionarios recalcaban la temible eficacia de esta organización cuya historia está intrincadamente ligada a un régimen del que se suponía era a la vez «escudo y espada».

Pasillo Stasi RDA Alemania

Pasillo de la prisión de Honenschönhausen, donde estuvieron presos miles de alemanes por ser ‘enemigos del régimen’

Sus orígenes se remontan a la época inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial, antes incluso de la partición de Alemania en dos Estados rivales. En el año 1946, las cuatro potencias encargadas de administrar el territorio alemán (Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Rusia) implantaron cada una su propio sistema en su zona. En la ocupada por los soviéticos, un organismo se encargó de depurar a los mandos del antiguo régimen nazi, el Kommissariat-5 (K-5).

Estructurado a partir del modelo de la NKVD (que pasará a llamarse KGB en 1954), el K-5 no tardó en ampliar sus competencias. Con la llegada de la Guerra Fría, el enemigo ya no sólo eran los nazis, sino cualquier individuo que se opusiera al avance del socialismo: el empresario reacio a nacionalizar su empresa, el ciudadano que criticaba los ataques a la democracia o, sencillamente, el militante socialista que rechazaba la fusión del partido socialdemócrata con el comunista en un único movimiento, el SED (Partido Socialista Unificado de Alemania), cuya creación se decidió en la primavera de 1946.

Detenciones a millares

Cuando se proclamó oficialmente la RDA, el 7 de octubre de 1949, ya existía, pues, un instrumento de represión, que pasaría a llamarse Ministerio de la Seguridad del Estado cuatro meses más tarde. Dirigido en un principio por Wilhelm Zaisser, un viejo militante comunista que luchó en las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil española, al nuevo organismo se le asignó un objetivo aún más ambicioso. El ministro del Interior, Karl Steinhoff, lo resumió en pocas palabras ante la Cámara del pueblo el 8 de febrero de 1950: «Emprender una batalla decisiva contra la actividad de los agentes enemigos, subversivos, saboteadores y espías para proteger nuestro desarrollo democrático y garantizar de forma continuada los objetivos de nuestra economía de paz».

En la terrible prisión de Hohenshönhausen, las celdas estaban en una especie de b´nker aislado. Lo llamaban ‘el submarino’

En el curso de sus primeros años de vida, la Stasi experimentó un desarrollo espectacular. De 1.000 empleados en 1950, pasó a tener 16.000 sólo seis años más tarde. Para los oponentes reales o supuestos al régimen, los años 50 fueron los más sombríos. Aunque hubo pocos asesinatos políticos y la RDA no fue escenario de grandes juicios que sí sufrieron en la misma época las demás «democracias populares» del este de Europa, las detenciones de «trotskistas, saboteadores y conspiradores» se contaron por millares cada año, en particular en Berlín oriental. La mayoría iba a parar a la terrible prisión de Hohenschönhausen, un emplazamiento clave durante 44 años de la persecución política. La Stasi tenía otras 17 «cárceles preventivas», pero todas se dirigían desde allí.

Los interrogatorios se hicieron más ‘psicológicos’ para crear la sensación de un Estado todopoderoso. Los detenidos no sabían ni dónde estaban

El origen de la prisión de Hohenschönhausen se remonta a un campo de encarcelación soviético. En una primera etapa se confinó allí a unos 20.000 prisioneros que iban a ser trasladados a otros centros de reclusión en Rusia. Las condiciones eran penosas. El hacinamiento, la falta de salubridad y el terrible frío (los prisioneros ni siquiera tenían mantas) hicieron que muriesen entre julio de 1945 y octubre de 1946 unas 3.000 personas.

Celda Stasi RDA Alemania

Una de las celdas en las que se recluía a los detenidos. En ellas pasaban meses sin que nisiquiera fueran acusados formalmente. Ésta era de las buenas: tenía ventana.

Con el tiempo, ese campo de concentración se cerró como tal, pero a finales de los años 50 los prisioneros de un campo de trabajo contiguo fueron obligados a construir sobre ese terreno un edificio nuevo con más de 200 celdas y salas de interrogatorio. El enorme complejo se integró en una zona de acceso prohibido a cualquiera que no trabajase en la Stasi. El secretismo ayudaba a difundir el miedo.

Los mismos prisioneros tuvieron que montar las celdas en el sótano de lo que una vez fue una cantina, celdas sin ventanas, como búnkeres. Lo llamaban “el submarino”. Las estancias frías y húmedas sólo disponían de un camastro de madera y un cubo; siempre quedaba una bombilla encendida, tanto de día como de noche.

Los interrogatorios se realizaban, sobre todo, por la noche. A los detenidos se los privaba de sueño, se los obligaba a estar de pie durante horas o se los encerraba en los gélidos días de invierno en celdas con el suelo cubierto de agua.

Stasi, sala de comunicacion, RDA Alemania

La Stasi llegó a tener en nómina a 91.000 espías. Se pincharon miles de teléfonos. En la imgen una sala de comunicación de uno de los búnkeres de la organización.

La técnica de los interrogatorio fue sofisticándose con los años. La inicial violencia física fue sustituida por métodos psicológicos. A los detenidos nunca se los informaba sobre el lugar en el que se encontraban encarcelados y se los separaba herméticamente del mundo exterior. Los interrogatorios, en los que se repetían una y otra vez las mismas preguntas, podían durar meses. Se trataba de que finalmente se incriminasen, pero también de transmitir la sensación de estar en manos de un Estado todopoderoso.

Poco a poco, la Stasi va transformándose, según la expresión del historiador Emmanuel Droit, en «una agencia de vigilancia cuyo objetivo es contribuir a la autodisciplina de las nuevas generaciones». Las detenciones de opositores y los interrogatorios se hacen cada vez menos sistemáticos. Tomando prestada la expresión del filósofo Michel Foucault, la historiadora Sonia Combe habla en este sentido de una nueva «economía de poder», menos fundada en la represión frontal que en «técnicas de persecución insidiosas» encaminadas a la «desestructuración de la personalidad», como la elaboración de rumores para desacreditar a un individuo o la organización de robos reiterados para intimidar a un disidente.

En el seno de la Stasi, el hombre encargado de la “metamorfosis” de “instrumento de represión” a “agencia de vigilancia” se llama Erich Mielke. Nacido en 1907 y veterano de la Guerra Civil española, al igual que Wilhelm Zaisser, del que fue adjunto, este apasionado del deporte se mantuvo a la cabeza de la policía política hasta 1989. Bajo su reinado, la Stasi continuó desarrollándose a un ritmo sostenido. El crecimiento se debió, a la vez, al aumento del número de empleados (de 52.000 en 1971 a 91.000 en 1989) y “colaboradores oficiales”. En los años 70 y 80, los informadores encargados de espiar a sus conciudadanos a cambio de alguna que otra gratificación llegaron a rozar los 180.000. Casi uno de cada cien habitantes de la RDA.

ch Mielke, jefe de la Stasi, RDA, Alemania

Erich Mielke, el jefe de la Statis. Murió en 2000. Poco antes, su hijo lo encontró hablando por un teléfono averiado. Ya demente, daba órdenes a sus agentes para que buscaran a su perro.

Presentes en todos los estamentos de la sociedad (su número alcanzó del 10 al 2o por ciento del personal del Ejército y la Policía, según la historiadora Sandrine Kott), los “colaboradores oficiales” dan fe del grado de penetración de la Stasi entre la ciudadanía de la Alemania oriental. Ninguna institución parece haberse librado de su vigilancia. Incluso los centros escolares. Emmanuel Droit cita algunos ejemplos de estudiantes reclutados por la policía política para vigilar a sus semejantes. Por ejemplo, Günter, un adolescente de Turingia que, entre 1964 y 1966, proporcionó periódicamente a la Stasi informes sobre lo que leían sus compañeros de instituto (su primer encargo fue investigar la circulación de tebeos americanos), lo que escuchaban, sus temas de conversación y lugares de encuentro…

Los archivos

La apertura de los archivos en los años 90 destapó el importante papel del espía cotidiano y anónimo y relegaba a un segundo plano a los agentes más brillantes como Markus Wolf, el responsable inamovible de la información exterior en Alemania del Este entre 1958 y 1987, o Günter Guillaume, asesor especial de Willy Brandt, cuyos vínculos descubiertos con la Stasi precipitaron la dimisión del canciller federal en mayo de 1974.

Stasi, archivo, RDA, Alemania

Unas 16.000 bolsas y 180 kilómetros de documentos componen en archivo de la Stasi que se ha conservado.

Visto el material, los historiadores no se explican cómo un organismo tentacular que produjo seis millones de expedientes individuales no pudo, a pesar de ello, prevenir, y ni siquiera predecir, las grandes convulsiones que sacudirían a la RDA hasta la final caída del régimen. Erich Mielke definía a la Stasi como un «coloso de la seguridad». Como apunta Droit, fue un coloso, desde luego, pero «con pies de barro».

Los archivos se pueden consultar, pero avisan del impacto que produce su lectura

Las actas de la Stasi se pueden consultar desde 1992. En otros lugares de Europa del Este, como Polonia o la República Checa, por ejemplo, los archivos de las policías secretas son inaccesibles. Alemania, en cambio, ha optado por lo contrario. Eso sí, avisando a quienes quieran “investigar” que pueden encontrarse sorpresas mayúsculas, como que sus vecinos, amigos e incluso su cónyuge se dedicaron a informar sobre su vida privada. De los seis millones de alemanes espiados, poco más de uno ha solicitado ver su ficha.


PARA SABER MÁS

La Stasi: À L”école, de Emmanuel Droit, 2009.

Stasi: The Untold Story of the East German Police, de John O. Koehler, 1999.