¿Por qué se construyó? ¿Se ocultaba alguna idea secreta entre sus planos? Desvelamos los claroscuros que rodean el enigmático edificio que mandó construir Felipe II, a su creador y la época en la que coexistieron

Pocos, muy pocos edificios han desempeñado un papel tan destacado en la historia de España desde que un día, a fines de abril de 1564, se puso su primera piedra. Para algunos reflejaba la identidad sombría de su artífice: Felipe II. Otros, por el contrario, calificaron desde el principio el monumento de «maravilla del mundo» y alabaron a su creador, quien, «a pesar de ser pequeño, tenía pensamientos de gigante». Lo dijo James Howell, político e hispanista inglés que fue contemporáneo del Rey Prudente. Otro historiador británico, Henry Kamen, experto en la figura de Felipe II y su tiempo, autor de una biografía del monarca, ilumina con el libro, El enigma de El Escorial, las sombras que rodean al rey y su palacio.

Son los guías turísticos quienes, actualmente y cada día, recitan de memoria a los visitantes la retahíla de datos técnicos y medidas de un lugar cuyas 2.673 ventanas dan en ocasiones la sensación de perderse en el horizonte. La longitud de sus muros es de 200 x 165 metros y contienen 4.000 estancias repartidas en tres pisos, 160 metros de corredores, 1.250 puertas, 16 patios interiores, 88 fuentes, 45.000 libros impresos, 5.000 códices, 1.600 cuadros y 540 frescos. «Nada puede compararse a El Escorial», escribía Alejandro Dumas (padre) en 1846, «ni Windsor en Inglaterra ni Peterhof en Rusia ni Versalles en Francia».

Felipe II murió en El Escorial en 1598. Tenía 71 años y su agonía duró 53 días, en los que sufrió gota, artrosis, accesos, hidropesía…

No puede separarse el uno del otro. Tanto monta, monta tanto. Felipe II y El Escorial. El Escorial y Felipe II de Austria (o Habsburgo), llamado El Prudente. Hijo y heredero de Carlos I de España e Isabel de Portugal, nació en Valladolid en 1527. Fue rey de España, Portugal, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, Inglaterra e Irlanda; duque de Milán; duque titular de Borgoña, y soberano de los Países Bajos. Murió en El Escorial en 1598. Tenía 71 años y su agonía duró 53 días, en los que sufrió todo tipo de enfermedades: gota, artrosis, fiebres tercianas, accesos e hidropesía, entre otras. Su figura provoca, al igual que ocurre con su palacio-monasterio, muchas preguntas y, al mismo tiempo, giran a su alrededor un buen número de exageraciones y leyendas. «He tratado de encontrar -comenta Henry Kamen- las evidencias que pudiesen justificar todas estas falsas ideas.» «La clave de todo esto prosigue el historiador reside en comprender que el objetivo consistía en crear un edificio europeo que, por empeño del propio rey, se levanta en España. He intentado disipar algunas dudas. Digamos que mi labor ha sido desmontar algunas leyendas al respecto.» Veamos las más importantes.

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Primera. Felipe II era tan sombrío como su palacio-monasterio

Verdadero. Pero sólo en parte. Lo fue durante los últimos años de su vida, ya que padeció muchas enfermedades y se vio obligado a sufrir la muerte de muchos miembros de su familia. Sin embargo, a lo largo de su vida ‘activa’ es un hombre con una imaginación extraordinaria y un horizonte abierto a todas las ideas y posibilidades que circulaban por ahí en su momento.

No era un fanático religioso y cerrado al mundo, sino el rey más viajado de la historia de España. Vivió cinco años en los Países Bajos

Podemos decir, sin lugar a errores, que fue el rey más viajado de toda la historia de España. Ningún otro monarca viajó tanto como él. «Eso sí, durante todo ese tiempo -añade Kamen- echó mucho de menos España. Sobre todo su sol. El edificio, por el contrario, sí que es sombrío. Pero es que no podemos olvidar que se trata de un monasterio, y los monasterios tienen ese aspecto.»

Segunda. La leyenda “negra” de El Escorial comienza en el siglo XIX

Verdadero. Condenar al rey para asociarlo con la inmensidad sombría de su palacio es, en realidad, una deformación que nace a partir de los liberales, que ven en el edificio no sólo una expresión de la sobriedad del monarca, sino también de la superstición de la religión católica. No podemos olvidar que los liberales eran, entre otras cosas, anticatólicos. Aun así, Felipe II también encuentra quejas en sus contemporáneos. «De hecho, el primer historiador de El Escorial -recuerda el hispanista- es un fraile del monasterio llamado Fray José de Sigüenza, quien dedica casi 20 páginas de su trabajo solamente a contestar las preguntas y a suavizar las quejas contra el palacio-monasterio. Es muy interesante. Hay muchas quejas. Motivadas, en gran parte, por lo gigantesco y costoso de la empresa.»

Tercera. El rey observaba las obras desde la “silla de Felipe II”

Falso. No está tan claro que tal lugar hubiese existido. No se menciona nada en la documentación original. «Para empezar, el rey no podía subir a ninguna montaña -aclara Kamen- porque casi no podía caminar. Yo tengo mis dudas sobre la existencia de esa silla. Lo cual no quita para reconocer que la atención del rey por el detalle fuese incesante. No era un mero aficionado. Pasaba horas hablando de sus planes con los arquitectos y celebraban reuniones frecuentes en los lugares de las obras. El dinero y los esfuerzos consagrados al proyecto fueron impresionantes. Miles de obreros fueron empleados durante décadas.»

Cuarta. Se ocultaba alguna idea secreta detrás de su construcción

Falso. Sabemos que no porque todo está totalmente documentado sobre el levantamiento del edificio. Felipe II tuvo que consultar en primer lugar a los monjes. Por lo tanto, no se puede achacar ningún motivo precristiano, anticristiano, exótico o esotérico a Felipe II. «El Escorial se construye como monasterio -afirma el historiador-, no como residencia real. El monarca y su familia tenían otros palacios repartidos por España, donde también vivían durante buena parte del año. Además, eran lugares mucho más acogedores.»

Quinta. El rey coleccionaba libros sobre magia y ocultismo

Verdadero. Tanto como que al rey le interesaban las reliquias, las cuales representaban una afirmación del contacto del monasterio con el cielo. Su colección final alcanzó los 7.000 artículos. Entre ellos figuraban diez cuerpos completos, 144 cabezas, 306 brazos y piernas, miles de huesos procedentes de varias partes de cuerpos sagrados, así como cabellos de Jesucristo y de la Virgen, además de fragmentos de la verdadera cruz y la corona de espinas. Cada reliquia solía guardarse en un receptáculo lujoso, normalmente de plata, y pertenecía al monasterio.

Sexta. El palacio tiene forma de parrilla: de la que, según la leyenda, fue quemado vivo San Lorenzo

Falso. Ninguno de los historiadores del palacio-monasterio habla del tema. Alguien tuvo la idea en algún momento, y se le dio importancia hace algún tiempo, pero ahora no se toma en serio. Es más, el hecho de que la construcción del edificio albergase la magnífica iglesia la basílica de San Lorenzo resulta totalmente accidental. Se trata de una consecuencia del día de una victoria española en la campaña de los Países Bajos. El monasterio se fundó en honor al santo en cuyo día se había ganado la batalla de San Quintín.

Séptima. Felipe II quería hacer un panteón real

Falso. Lo que quería el monarca, en realidad, era dar gracias a Dios por una victoria en otro país. La primera reacción personal a la batalla, por parte tanto de Felipe como del duque de Saboya, fue el reconocimiento de que se había tratado de una gracia concedida por el Creador. Ninguno de ellos se demoró, pues, en demostrarle su gratitud. El Escorial se convirtió en un eslabón más, aunque pequeño no poco importante, de la cadena política que unía a los estados católicos del Mediterráneo.

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«El panteón subterráneo con su oscuridad barroca nunca formó parte del plan del rey y él sería el primero en rechazarlo, si pudiera verlo. El panteón que vemos actualmente separa a los reyes y las reinas de sus hijos. Para Felipe, los hijos eran parte esencial de la familia y no podían ser separados de sus padres ni después de muertos».

Octava. Hubo autos de fe

Falso. Felipe II estaba muy vinculado a la Inquisición, pero no era muy partidario de los autos de fe. «En toda su vida -aclara Kamen-, que fue bastante larga para la época, dio en España casi cuatro autos de fe. Y ninguno allí. No era un fanático. Esa falsa creencia forma parte de su leyenda negra.»

Novena. Es copia del legendario templo de Salomón de Jerusalén

Falso. La palabra “Salomón” no aparece en ningún lugar de la nutrida correspondencia del monarca. «Es cierto que en la fachada del edificio están representados los seis reyes bíblicos, incluidos David y Salomón. Pero se trata de una mera coincidencia.»

Y décima. Fue un templo mágico de la sabiduría

Verdadero. El monarca quería tener allí una biblioteca, reunir sus reliquias… Todo esto se une en su deseo. «En este sentido -argumenta el historiador-, sí que podemos llamarlo un templo mágico. Pero no en el sentido esotérico. Se trata de un edificio enorme y no se puede visitar de una vez. Sus tesoros ocupan una pequeña parte del edificio. La biblioteca, la parte del monasterio. Ahí está, realmente, la parte más interesante y de más valor para visitar el lugar.»


PARA SABER MÁS

El enigma del Escorial. El sueño de un rey, de Henry Kamen