Fue un adelantado a su tiempo, un pionero de la globalización, un erudito en una época en la que muchos reyes apenas sabían leer. Pero sus fracasos estratégicos ocultaron su genio, que él tampoco valoró. Carlos Manuel Sánchez

Nada me gustaría tanto, ni el canto de los pájaros, ni el amor, ni la ambición, ni las armas… como un buen galeón que me alejara de este demonio de campiña infestada de alacranes, cuyos aguijones llevo clavados en mi corazón». El que así se lamenta, al final de sus días, fue un hombre que fracasó en todos sus grandes proyectos: ser el gran emperador paneuropeo, unificar los reinos de la Península Ibérica, conquistar el norte de África, ganarse el respeto de cristianos, musulmanes y judíos, escribir los poemas más bellos, dictar las leyes más justas y dominar la magia y la astronomía. Con todo, Alfonso X el Sabio fue quizá el monarca más visionario del siglo XIII, después de Federico II Hohenstaufen, el Anticristo germánico que tuvo sueños aún más audaces y delirantes. Pero envejeció amargado, con fama de sanguijuela por su avidez en la recaudación de impuestos para financiar sus obsesiones, abandonado por su mujer, enemistado con los nobles, traicionado por sus hermanos y roto por la muerte de su primogénito.

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Sin embargo, mientras la vida le sonrió, gozó como pocos. «En los buenos momentos, Alfonso se entregó a los placeres con pasión y disfrutó de cuanto un rey medieval podía disfrutar. Hizo la guerra contra el infiel, viajó por lugares maravillosos, conoció hombres sabios y mujeres bellas, escuchó músicas refinadas y poesías magistrales, cazó, jugó, bebió y se divirtió de mil maneras. O sea, un rey normal, lo suficientemente sabio para darse cuenta de sus equivocaciones y lo suficientemente humano para volver a equivocarse». Así lo describe Pepe Rey, investigador de la música medieval y renacentista, y una autoridad en las ‘Cantigas’ de Alfonso X.

Era un cazatalentos nato, cualquiera que fuese su fe, y despreciaba a los aduladores más que a los traidores

La figura del Rey Sabio ha pasado de puntillas por la historia de Europa, a excepción de los manuales de literatura de bachillerato. Poeta… y poco más.  Alfonso X procuró ir más allá de los meros contactos diplomáticos con el resto de los reinos cristianos de Europa y no se limitó a las escaramuzas guerreras en sus relaciones con el mundo islámico. Era un cazatalentos nato, que fichó a médicos, filósofos y matemáticos musulmanes, por mucho que pusiesen el grito en el cielo los dominicos. Despreciaba a los lameculos. No los soportaba en la corte. «Los que dejan al rey equivocarse a sabiendas merecen pena como traidores», escribió. Su obra jurídica, científica y literaria se anticipa al Renacimiento e inicia una renovación en estas disciplinas que perdurará durante siglos y que él jamás hubiera sospechado. Como jamás imaginó que lo llamarían sabio.

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Dados, ajedrez, manqalas árabes… Alfonso X fue moderno hasta en su ocio.  También era aficionado a la astronomía: sus tablas fueron estudiadas por Copérnico y un cráter lunar lleva su nombre.

Hijo primogénito de Fernando III el Santo y de la alemana Beatriz de Suabia, Alfonso X (Toledo, 1221-Sevilla, 1284) tuvo una educación atípica en España por lo esmerada. Fue criado en Orense, donde mamó el galaicoportugués, idioma que utilizaría en las Cantigas. Era burlón y de inteligencia rápida para el sarcasmo. Pasó su adolescencia en la corte de Toledo, donde pudo dar rienda suelta a su curiosidad, pero lejos de convertirse en un ratón de biblioteca sorprendió a su padre, que había caído enfermo, dirigiendo con mano firme la conquista del reino de Murcia. Tenía 22 años. Su estrategia: palo y zanahoria. Descubrió que podía ser implacable, pero también que a veces era mejor sembrar las disensiones en el bando enemigo recurriendo a alianzas con caudillos proclives a la negociación o directamente al soborno. En 1249 se casó con la infanta aragonesa doña Violante, un inmejorable partido, pues era hija de Jaime I el Conquistador. Tuvo once hijos con ella, sin contar otros cinco ilegítimos con distintas amantes. Fue coronado en 1252.

Le gustaba la juerga, practicaba deportes y jugaba al ajedrez y a los dados. Pepe Rey describe así aquellos años felices: «Alfonso solía reunirse con sus cortesanos por la tarde, tras la comida, o de noche, en largas veladas durante las cuales se danzaba, se contaban chismes, se galanteaba a las damas y se cantaban las últimas trovas de Provenza. Cada cual traía muestras de su ingenio y esperaba granjearse con ellas el favor real».

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Supo combinar el placer con el trabajo y tuvo tiempo para todo. Reformó la moneda, las aduanas y la hacienda, se rodeó de un equipo de juristas que redactó un nuevo código legal, impulsó la Escuela de Traductores de Toledo, le dio caché de lengua culta al castellano, que utilizará en la cancillería por encima del latín, repobló regiones devastadas por las guerras… Pero todo empezó a torcerse a partir de 1256, cuando una embajada de la república de Pisa fue a verlo a Soria y le puso los dientes largos. Le ofrecieron su apoyo para ser emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, cuyo trono había quedado vacante. Alfonso pertenecía por parte de madre a la familia de los Hohenstaufen y estaba legitimado para ejercer sus derechos sucesorios. Pero no era el único. Fue un regalo envenenado, que le costó la salud y muchísimo dinero. La elección del emperador era compleja y le da un aire a la votación de la sede de los Juegos Olímpicos. Había que engatusar, mendigar favores, prometer recompensas y eventualmente corromper a los príncipes electores. Puro lobbying.

El pleito duró casi 20 años y Alfonso agotó las arcas reales. Al final, Ricardo de Cornualles fue más espabilado y se llevó el gato al agua. Para entonces, Alfonso ya tenía a la nobleza soliviantada y hubo de enfrentarse a una revuelta en la que participaron dos de sus hermanos. Para colmo de males, fracasó en una aventura bélica para conquistar el Magreb, que Alfonso vendió como una cruzada, lo que implicaba la construcción (carísima) de una flota, y al final se redujo a unas cuantas expediciones de rapiña. Ni siquiera pudo conquistar Ceuta. La decadencia era imparable.

Le gustaba la juerga pero le dio tiempo a reformar la hacienda, el código legal… hasta que se empeñó en ser emperador romano-germánico

Sus últimos años fueron sombríos. La muerte de su primogénito, Fernando de la Cerda (llamado así por el grueso pelo que le crecía en un lunar), desembocó en un conflicto sucesorio entre su hijo Sancho y el infante de la Cerda, su nieto. Alfonso X vaciló, quiso contentar primero a uno, luego al otro, y al final terminó siendo un rey títere; abandonado por doña Violante, que se fue a Valencia con sus nietos; enfrentado a su hijo Sancho, al que desheredó; con los nobles y sus huestes autoexiliados en Granada, una especie de paraíso fiscal para no pagar impuestos; sus leyes más importantes derogadas, y sus ciudades dándole la espalda. Sólo Sevilla, Murcia y Badajoz le permanecieron fieles hasta el final. Fue enterrado en la catedral de Sevilla, aunque su corazón y sus entrañas fueron trasladados a la de Murcia. A pesar de su amargura final, su legado se agranda visto en perspectiva. Y, por si fuera poco, nos deja un último consejo: «Quemad viejos leños, leed viejos libros, bebed viejos vinos, tened viejos amigos».

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Las cantigas, un ‘hit’ musical de la Edad Media

¿Quién fue el autor?

Fue una obra colectiva. Se nota la mano del rey en algunas de las cantigas, de contenido claramente autobiográfico, pero otras fueron versificadas por los poetas de su corte. Los había provenzales y galaicoportugueses, sus predilectos.

¿Cuál es la temática?

Milagros marianos y leyendas de santuarios copan la mayoría de los 420 poemas, escritos con el pegadizo ritmo del zéjel, pero hay un grupo de composiciones personalísimas, donde el rey se desahoga.

¿Cómo sonaban?

Eran composiciones para ser cantadas, pero los trovadores memorizaban la melodía. Los musicólogos aún se devanan los sesos con algunas de las notaciones alfonsinas, como la plica, un rabito que aparece en algunas notas.