Solitario, egocéntrico, enérgico y mordaz, autor de alguna de las frases más célebres de la historia, Bonaparte fue también el genio de la guerra, el hombre que tuvo media Europa a sus pies; un imperio que comenzó con un desplante al papa Pío VII. Por Rodrigo Padilla

Notre Dame, París, 2 de diciembre de 1804. Cuando todos esperan que el orgulloso Napoleón se incline por una vez ante alguien, el papa Pío VII en este caso, el corso decide saltarse todos los cánones. Puesto en pie, arrebata la corona al estupefacto sumo pontífice y se la coloca él mismo. Apenas 15 años después de que la revolución pasara por la guillotina a la nobleza, Francia ya tenía un emperador.

A su lado, Josefina espera su turno. Será también Bonaparte el que la haga emperatriz. El mensaje del que sería en pocos años el amo y señor de Europa puede decirse más alto, pero no más claro: su poder no viene de Dios, sino de él mismo.

El mayor estratega de todos los tiempos había conseguido llegar hasta la puerta de Notre Dame como cónsul vitalicio y salir como emperador tras una hábil maniobra política iniciada años atrás, cuando sus triunfos militares en Italia (1796-1797), donde hizo y deshizo a su antojo pero a cambio acumuló victorias, convirtieron al joven general de 28 años en el héroe de Francia.

Imaginativo e inteligente, orgulloso y déspota, en realidad Napoleón nunca creyó en dioses ni tampoco en ideas revolucionarias: su único credo fue él mismo

«Reservado y trabajador, prefiere el estudio a toda especie de recreo; gusta de la lectura de los buenos autores. Silencioso y amante de la soledad, caprichoso, altivo y extremadamente propenso al egoísmo, de pocas palabras, enérgico en sus respuestas, pronto y mordaz en la réplica, con mucho amor propio, ambicioso y aspirando a todo», así lo describían sus superiores cuando contaba 15 años y estudiaba en la Escuela Militar de París. Y la historia ha demostrado que no andaban equivocados. En el momento más culminante de su carrera, su imperio comprendía Francia, las anexionadas Bélgica y Holanda y la margen izquierda del Rhin. Además gobernaba en la Confederación Helvética y en el Reino de Italia y gracias a su política de colocar a personal de confianza en puestos claves, ejercía el control del reino de Nápoles y de España.

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Napoleón se convirtió en emperador con tan solo 35 años

El hombre que llegó a dominar medio mundo nació un 15 de agosto de 1769 en Ajaccio, Córcega, cuando la isla se recuperaba de la anexión francesa. Su madre, Leticia Ramolino, dio a luz a 13 hijos, pero sólo ocho (José, Napoleón, Lucien, Luis, Jerónimo, Elisa, Paulina y Carolina) sobrevivieron. El segundo varón resultó ser imaginativo e inteligente, orgulloso y déspota. Virtudes y defectos que se aliaron a favor de un dirigente que en realidad nunca creyó en dioses ni en ideas políticas, su credo fue él mismo.

Ya desde muy pronto las guerras cercaron a su familia. Su padre, Carlos María Bonaparte, abogado y con una situación económica no muy boyante, se opuso al dominio francés de la isla, aunque finalmente, al ganar éstos, decidió sacarle partido y granjearse la confianza del gobernador francés. Así fue como logró que el joven Napoleón entrase en la Escuela Militar de Brienne con una beca y después completase sus estudios en la Escuela Militar de París. Fue entonces cuando descubrió a autores como Rousseau, Voltaire y Maquiavelo, además de los libros de artillería y de tácticas militares, decisivos en sus posteriores victorias.

Gracias a los contactos que logra hacer, se convierte en capitán del cuarto regimiento de artillería. Su primera victoria fue en el asedio de Tolón el 17 de diciembre de 1793. Después de aquello, Barras, el hombre fuerte del momento en París y amante de la que sería su mujer, Josefina, le encomendó el mando del Ejército del interior de París.

En 1795, durante un levantamiento contra el Gobierno, al joven y desconocido Napoleón Bonaparte no le tembló la mano y dio luz verde a una defensa a cañonazos. La masacre supuso su ascenso, que no encontraría ya interrupciones.

Napoleón se rindió antes Josefina, no solo por su belleza sino por los ascensos que la amante de Barras podría proporcionarle

Fue en aquellos días cuando apareció en su vida Josefina de Beauharnais, viuda de un general vizconde que había sido guillotinado. De ella se enamora, pese a que era seis años mayor, tenía dos hijos y lo había perdido todo. Napoleón cayó rendido no sólo a sus encantos, sino a las posibilidades de ascenso que la amante de Barras le podría ofrecer. El 9 de marzo de 1796 se casaron en un matrimonio civil y dos días más tarde Bonaparte partía a Italia como comandante en jefe.

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Sin embargo la que fue el gran amor de su vida, a pesar de las infidelidades de ambos, no pudo darle descendencia. Por este motivo en 1809 se divorciaron (siguieron viéndose después) y Napoleón, ya emperador y por tanto necesitado de un descendiente para asegurar su dinastía, se casó con María Luisa de Austria, quien le dio un hijo en 1811. Un pequeño al que todos llamaban ‘el Aguilucho’ salvo su padre que siempre le llamó ‘el rey’; no en vano al poco de nacer le había nombrado rey de Roma.

Tras sus victorias en Italia, la segunda gran guerra de Napoleón lo llevó a Egipto. Pero a los pocos meses tuvo que regresar a París. El Directorio no era capaz de controlar un país lleno de problemas: se necesitaba a un hombre que salvara la república. Tras una parodia legal, tres cónsules asumen el poder: Bonaparte, Sieyés y Roger-Ducos. La Constitución que se aprueba después deja claro que en la práctica estamos ante un dictador y dos marionetas. Por supuesto, el poder principal queda en manos de Napoleón. Más tarde, tras la paz de Amiens que da un respiro a franceses e ingleses, Bonaparte se convierte en cónsul vitalicio, y será precisamente la ruptura de esta paz la que le dé la excusa para erigirse en emperador. Los ingleses, descontentos porque el acuerdo perjudica su comercio, promueven una revuelta contra Bonaparte con sus enemigos franceses, pero éste lo descubre y ordena la ejecución del duque de Enghien, nada menos que un Borbón.

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Batalla de Austerlizt, 2 de diciembre de 1805

Tras este complot, Napoleón tiene el pretexto idóneo para completar su obra: transformar el Consulado en una monarquía hereditaria. Sus planes van viento en popa. A pesar de la derrota de Trafalgar, durante esa etapa acumula en tierra los triunfos que siempre se le resistirán en el mar, la batalla de Austerliz, el sometimiento de Prusia, la victoria contra los rusos en Friedland. Bonaparte es el amo de medio mundo. Y el impulsor de reformas.

El gran ideal de las guerras napoleónicas era llevar la libertad y los logros de la Revolución a Europa. Y aunque quizá la adhesión a estos ideales no fuese más que propaganda para ganarse el favor de las clases instruidas de los países invadidos, apostó por ellos. Sus reformas administrativas, encaminadas a racionalizar la administración y a reforzar al Estado fueron aplicadas en los territorios ocupados. Se hizo realidad el principal éxito de la revolución: el fin de la servidumbre, extendió el Código Civil francés, reformó las finanzas y dio importancia a los censos. Asimismo su preocupación por las obras públicas, la reforma de la enseñanza, la creación de ministerios modernos y de una burocracia profesional siguieron a los soldados franceses en sus campañas y dejaron huella en Europa. Fueron pocos los gobernantes que intentaron abolir aquellas reformas napoleónicas, que constituyeron la base del Estado del siglo XIX.

Sin embargo, las cosas comienzan a torcerse en 1808, cuando decide someter a Portugal y España con el fin de bloquear el comercio inglés. No hubo problema con el primero, pero sí con España, cuya guerra de guerrillas pudo con el estratega. En junio de 1812 decide emprenderla con Rusia. Sin embargo, los rusos utilizan la táctica de tierra quemada, retroceden y queman todo a su paso.

Cuanto más avanzaban hacia el interior, los hombres de Napoléon más se metían en la guarida del lobo: murieron a cientos de hambre y de frío. Cuando llegó la retirada, habían perecido la mayor parte de los 500.000 que le acompañaban. Al cruzar Varsovia, Napoleón dijo: «De lo sublime a lo ridículo sólo hay un paso. Que las generaciones venideras lo juzguen». Fue el principio del fin. Sus enemigos europeos se vieron con fuerzas, ahora sí, para reanudar sus ataques contra él, que contaba ya con un ejército de jóvenes inexpertos. Con tal panorama no tuvo otra salida que abdicar. Era el 6 de abril de 1814. Los aliados lo obligaron a retirarse a la isla de Elba, donde recibió la noticia de la muerte de Josefina. Pero, a Napoleón aún le quedaba su último estertor.

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En 1815 la estrella del emperador ya declinaba. Cinco Ejércitos con 800.000 soldados le dieron la puntilla. La Campaña de los Cien Días concluyó con su derrota total en Waterloo. El destierro a la isla de Santa Elena fue su triste final.

Hasta Elba llegaron las noticias de que en Francia las cosas no marchaban bien, pues la nobleza intentaba restablecer sus privilegios. Y el espíritu guerrero de Napoleón resucitó: al frente de unos cuantos hombres atravesó Francia y llegó a París para destronar a los Borbones. Pero los aliados no lo iban a consentir. En junio de 1815 entabló su último duelo: la batalla de Waterloo. Tras su aplastante derrota abdicó. Había gobernado 100 días. Entregado a sus eternos enemigos, los ingleses, fue llevado a Santa Elena, un islote donde murió un 5 de mayo de 1821.