No sabemos volar, pero corremos como diablos

Son las aves más veloces del mundo. Y son de lo más curiosas: tienen pene y el avestruz cuenta con cuatro rodillas. Estos ‘parientes’ de los dinosaurios son unos campeones de la evolución y de la adaptación al medio. Por F. Uribarri

Han perdido la capacidad de volar, pero han evolucionado sabiamente para sobrevivir. Las aves corredoras son enormes (excepto el kiwi), tienen patas poderosas, garras robustas y son campeonas de velocidad. Los avestruces y sus primos (emú, ñandú, casuario y kiwi) «son las aves más cercanas a los dinosaurios en su forma y estilo de vida», dice el paleontólogo Darren Naish.

Estos colosos plumados son, además, muy peculiares. El avestruz, por ejemplo, tiene cuatro rótulas -dos por cada pata- que protegen las articulaciones y lo ayudan a consumir menos energía cuando da sus zancadas gigantes, en las que avanza hasta cinco metros. Otra peculiaridad de las aves corredoras es que están dotadas de pene, una particularidad que sugiere que quizá todas las aves lo tenían en la Prehistoria.

Estos correcaminos viven en las cuatro esquinas del hemisferio sur. Hace millones de años volaban, pero el tiempo y la fragmentación de los continentes las colocó en amplias estepas y praderas sin grandes herbívoros con los que competir y sin peligrosos depredadores. No necesitaban volar, así perdieron la fuerza de los músculos de las alas. Les convenía correr rápido y crecer. Se adaptaron bien. Y sí usan las alas, pero como alerones, para mantener el equilibrio y frenar.

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