El lenguaje no verbal está de moda. No solo dice mucho de nosotros mismos. Un cuestionado estudio llega más lejos: afirma que los gestos alteran nuestra química y que, si aprendemos sus claves, pueden hacernos más poderosos. Por Ixone Díaz Landaluce

Primer día de clase. El profesor de Matemáticas entra en el aula erguido, con paso decidido, mirando a los ojos. No sonríe, pone los brazos en jarra y las piernas separadas. Antes de despegar los labios, sus alumnos ya saben a quién tienen enfrente. Les ha tocado un ‘hueso’. Toda esa información, esa radiografía exprés, es fruto de nuestra íntima relación con el lenguaje no verbal, fundamental en la comunicación humana. De hecho, en los años sesenta, el famoso profesor de psicología de la Universidad de California Albert Mehrabian publicó un revolucionario artículo que sostenía que la comunicación humana está basada en un 55 por ciento en el lenguaje corporal, en un 38 por ciento en la voz (el tono, las pausas…) y solo en un 7 por ciento en el mensaje que verbalizamos.

¿Pero cómo construimos nuestra colección personal de gestos? «Hay una parte innata y otra adquirida. La risa, la expresión de miedo o ira vienen ‘programadas’ de serie. Pero muchos gestos que hacemos son aprendidos a partir de los modelos que tenemos en casa, en la escuela o en los medios», dice Teresa Baró, experta en comunicación y autora del libro La gran guía del lenguaje no verbal.

Y ¿somos exactamente lo que dice nuestro lenguaje no verbal de nosotros? «Podemos falsear la realidad, aunque, por buenos actores que seamos, un observador perspicaz puede descubrir nuestra impostura», dice la especialista. En general nos da información útil. Podemos saber, por ejemplo, si una persona está cómoda o no. «La inseguridad provoca la necesidad de protegernos. Por eso, los gestos de cierre (como los brazos cruzados), los de nerviosismo (jugar con un collar) o la rigidez son síntomas de inseguridad», explica Baró.

Los estudios demuestran que los niños que se sientan erguidos en clase tienen mejores resultados académicos

Pero el lenguaje no verbal no afecta únicamente a nuestra relación con los demás. También es capaz de transformarnos. «Si yo me muevo de una manera segura y optimista, proyectaré un estado de ánimo positivo, pero también provocaré una mayor confianza en mí misma. Y a base de repetirlo, puedo cambiar mi forma de ser», sostiene Baró. De hecho, varios estudios han demostrado que los niños que se sientan erguidos en clase tienen mejores resultados académicos.

El poder oculto de los gestos

En esa misma línea, en 2010 las psicólogas sociales Amy Cuddy, de la Universidad de Harvard, y Darna Carney, de Berkeley, pusieron en marcha un interesante experimento. Ambas habían reparado en que las alumnas que tenían un gran rendimiento en los exámenes escritos no participaban mucho en sus clases. Hablaban menos y su lenguaje corporal (levantaban la mano apoyando el brazo sobre la otra mano) las desempoderaba ante el resto. Se preguntaron si un cambio de postura (brazos en las caderas y piernas un poco abiertas, por ejemplo) cambiaría su comportamiento. Después de poner a prueba su hipótesis en 42 sujetos, descubrieron que adoptar una pose de poder aumentaba la «sensación de control» y la propensión a asumir riesgos. Pero también advirtieron cambios fisiológicos. Y aquí es donde quisieron dar un paso más… demasiado osado.

El lenguaje corporal incide en el estado de ánimo y la auto-percepción. Hasta se llegó a plantear que aumentase la testosterona

A partir de muestras de saliva, las psicólogas concluyeron que el power pose aumentaba los niveles de testosterona y disminuía los de cortisol (la hormona del estrés). El artículo acaparó la atención de los medios y convirtió a Cuddy en una estrella después de que su conferencia TED se convirtiera, con más de 40 millones de reproducciones, en la segunda más vista de la historia y su libro Presence en un best seller.

Pero en 2011 la teoría de Cuddy empezó a hacer aguas. Sus colegas cuestionaron el diseño del experimento y, sobre todo, la interpretación de los resultados. Finalmente, Cuddy, asediada por las críticas, abandonó su trabajo en Harvard.

La polémica continúa. «Estoy convencida, porque lo compruebo cada día en los cursos que imparto, de que la tesis de Cuddy sobre el poder del lenguaje corporal en el estado de ánimo es cierta. Otro tema distinto es que sea capaz de segregar determinadas hormonas», reflexiona Baró. Más cauto, Javier Torregrosa, experto en lenguaje no verbal, cuestiona que el efecto del power posing sea duradero o efectivo. «Los cambios duraderos, los importantes, son los que ocurren desde dentro hacia fuera. Si alguien no siente seguridad en sí mismo, no se siente líder, eso se reflejará en su cuerpo».

 ¿MIS GESTOS DELATAN MIS MENTIRAS?

¿Se puede cazar a un mentiroso analizando su lenguaje no verbal? ¿Y a un criminal o un asesino? Javier Torregrosa, experto en comunicación no verbal y formador de los cuerpos de seguridad en esta materia, lo tiene claro: «Sí. Utilizando herramientas de paralingüística y sinergología (la disciplina que analiza el lenguaje no verbal no consciente) se puede saber si alguien dice o no la verdad».

Detalles que delatan a un mentiroso

Los cambios de voz (si alguien baja el volumen o cambia abruptamente el tono), el número de pausas (cuantas más, menos fiable) o la rapidez o lentitud con la que alguien contesta a una pregunta (ambos extremos suelen apuntar a una mentira). Además, es vital que exista congruencia y sincronía entre los gestos y el discurso. Por ejemplo, apretar los puños o tragar saliva después de dar una respuesta afirmativa indica intención de engañar. Hay tropiezos más sutiles: no es lo mismo asentir empezando por bajar el mentón que hacerlo al revés. Las llamadas ‘microexpresiones’ ocultan más pistas. «Duran un cuarto de segundo, pero si sabes dónde buscar, en la comisura de los labios o en las cejas, se ven. Es un gesto involuntario imposible de falsear al cien por cien».