La raíz de todo está en la infancia. Y la de Ivana Chubbuck fue un auténtico infierno. Un día, sin embargo, halló el modo de transformar sus traumas y sentimientos negativos en un revolucionario método de interpretación. Estas son las claves de su éxito. Por Ixone Díaz Landaluce

Chubbuck, la profesora de interpretación más influyente de la industria del cine, está marcada por el dolor. Se considera una superviviente. Nació y creció en los suburbios de Detroit en una familia de siete hermanos. Su padre, un adicto al trabajo, siempre estaba ausente y su madre, que además de ser bipolar sufría un trastorno de acumulación compulsiva que la llevaba a almacenar cientos de objetos en casa, convirtió su infancia en un infierno.

Sufrió malos tratos físicos y abuso psicológico y emocional. «Asumí que si mis propios padres no me querían, ¿cómo iba a quererme nadie más?», ha explicado. Se convirtió en una adolescente autodestructiva, que consumía drogas y que apenas se relacionaba con nadie. Con 13 años descubrió un teatro de barrio y, poco a poco, dio salida a esos traumas reprimidos. El escenario se convirtió en un refugio, un lugar donde querer y ser querida. Quizá por eso decidió convertirlo en su profesión. Mientras trataba de ganarse la vida como actriz, empezó a impartir clases de interpretación. Pronto descubrió que se le daba bien. Tenía un don para analizar guiones y personajes y terminó en la prestigiosa escuela Juilliard de Nueva York antes de montar su propio estudio en Los Ángeles.

Por el camino construyó su propio método, inspirado en realidad por su padre, un superviviente del Holocausto que, siendo adolescente, escapó de la Alemania nazi a Estados Unidos y se convirtió en un prestigioso abogado. O, como le gusta explicar a Chubbuck, que esquivó la autodestrucción y usó su dolor como gasolina hacia el éxito.

En 2004, Chubbuck publicó su libro El poder de la actuación, toda una biblia para algunas estrellas (Eva Mendes jura que no sale de casa sin él) y un manual imprescindible para estudiantes de arte dramático. Pero ¿en qué consiste su método?

Basado en la psicología, las ciencias de la conducta y la cultura antropológica, su propia creadora lo define así: «Usar tus emociones, tu dolor y tu trauma como combustible para alimentar tu habilidad para superarte y ganar». Su traducción práctica consiste en sentarse y hablar de los grandes y pequeños traumas de la infancia, en confesar los secretos inconfesables, en identificar abiertamente las inseguridades propias y en proyectar, después, todos esos sentimientos negativos en una escena o un personaje. A primera vista, sus clases se asemejan más a una sesión de psicoterapia que a una clase de arte dramático, pero para ella hay una diferencia fundamental: la terapia sirve para gestionar los sentimientos y llevar una vida libre de traumas, la interpretación requiere del trauma para llegar a la verdad de los personajes. Según Chubbuck, su objetivo último consiste en empoderar a sus pupilos. Y eso se puede aplicar al oficio de actor, pero también a otras disciplinas. De hecho, algunas grandes empresas norteamericanas ya imparten seminarios para ejecutivos basados en su método.

Chubbuck también heredó de su padre la adicción al trabajo. Dedica once horas al día a su negocio (fines de semana incluidos). Por eso no soporta las quejas de sus pupilos. Tiene fama de ser apasionada y algo agresiva en sus métodos, pero dicen que a la larga sus clases funcionan. Incluso para algunos de los actores más consagrados de Hollywood.

Convertida en la gurú de toda una generación de estrellas, Ivana Chubbuck, de hecho, es incluso algo más para actrices como Halle Berry. «Ivana es la profesora de interpretación más importante del siglo XXI. Su filosofía trasciende a lo que una vez conocimos sobre el arte. Fuerza a los actores, a través de su propia catarsis, a descubrir formas auténticas de llevar la complejidad de la vida a la pantalla». Y eso también es una forma de arte.


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