Algunos productos básicos de nuestra alimentación han pasado por distintas consideraciones a lo largo del tiempo. Le contamos cómo han sido vistos y cómo se ven hoy cuatro de ellos

Grasa. Lo importante ya no es la cantidad, sino su composición

ANTES. Siempre se había considerado que las grasas engordan, suben el colesterol y que son perjudiciales para el corazón y los vasos sanguíneos. Los expertos de Estados Unidos y Europa llevan décadas aconsejando consumir como mucho un tercio de las calorías diarias en forma de grasas.

AHORA. En la actualidad lo que se considera más importante no es la cantidad, sino la composición de las grasas que se ingieren. Las cuestionadas son las grasas ‘trans’, presentes por ejemplo en fritos a base de patata y en las galletas. Tampoco conviene tomar en grandes cantidades ácidos grasos saturados, que se pueden encontrar, entre otros, en la manteca, los fiambres y los quesos. Sustituir estos ácidos grasos saturados por los insaturados y las grasas omega 3 reduce el riesgo de infarto de forma moderada, así que toca comer más pescado.

¡ATENCIÓN! Ojo con sustituir las grasas por hidratos de carbono. El exceso de pan blanco o pasta sobrecarga el metabolismo y engorda.

Sal. Depende de si es usted sensible a la sal o no

ANTES. Muchos han defendido que la existencia de gran cantidad de sal en la sangre hace que esta contenga más agua y eso aumenta la presión sanguínea. Pero esta teoría es parcial. En realidad, gran parte del sodio se acumula en la piel y no influye en la presión.

AHORA. Es cierto que tomar mucha sal puede causar hipertensión y aumenta el riesgo de ataques al corazón e infartos cerebrales. Pero ¿cuánto es mucho? La OMS aconseja un máximo de 5 gramos de sal al día. La media europea es casi el doble. Además, algunos estudios han constatado que quienes toman menos de 6 gramos de sal al día suelen tener una vida más corta que aquellos que comen entre 6 y 13. La mortalidad solo aumenta a partir de 13 gramos. La explicación es que consumir muy poca sal hace que los riñones y las glándulas suprarrenales aumenten la secreción de hormonas, perjudicial para los vasos sanguíneos.

¡ATENCIÓN! El efecto depende de si la persona es “sensible a la sal”. A ellas incluso un consumo pequeño puede provocarles hipertensión.

Azúcar. El problema es que abusamos…

ANTES. Durante mucho tiempo se pensó que el azúcar no era un alimento problemático. Se la veía como una fuente óptima de energía. La glucosa incluso recibía las mejores calificaciones médicas porque se absorbe rápidamente y permite que la sangre lleve energía a las células en poco tiempo. Luego la fructosa, vendida como “el azúcar sano”, no tardó en convertirse en la favorita. El almidón, formado por largas cadenas de moléculas de azúcar, también era bien visto.

AHORA. Hoy se piensa que el azúcar es corresponsable de dolencias como el síndrome metabólico, el hígado graso y la diabetes. También puede favorecer la aparición de cáncer. Ya nadie habla tampoco de la fructosa como “el azúcar bueno”. Es sobre todo esta la que, en grandes cantidades, lleva a la acumulación de grasa y a la aparición de problemas metabólicos.

¡ATENCIÓN! La OMS recomienda para los adultos unos 25 gramos (6 cucharaditas) de azúcar diarios frente al consumo medio real, que ronda los 85 gramos.

Carne. ¿Es la carne, es el procesado, son los aditivos…?

ANTES. Durante mucho tiempo, la carne se consideró un gran producto desde un punto de vista nutritivo-fisiológico, ya que contiene los mismos aminoácidos y ácidos grasos que se encuentran en el ser humano. Y estos son estupendos para nuestro cuerpo.

AHORA. Hay indicios derivados de diferentes estudios de que el hierro presente en la sangre de las vacas, las ovejas y los cerdos contribuye a la aparición del cáncer colorrectal. Aunque Harald zur Hausen, Premio Nobel de Medicina, defiende otra teoría: “los virus que hay en la carne de vaca, concretamente, son los que pueden provocar cáncer“, dice.

¡ATENCIÓN! Sigue sin estar claro por qué las personas que consumen carne en grandes cantidades sufren cáncer intestinal con mayor frecuencia. Los aditivos o los residuos del procesado podrían tener un papel. Pero también podría tenerlo el hecho de que la carne con la que se elaboran los fiambres no sea de la mejor calidad.