Ser hincha de un equipo de fútbol, formar parte de un partido político o pertenecer a un club de fans son manifestaciones de un sofisticado comportamiento social. Hasta ahí, todos de acuerdo. Por Daniel Méndez 

Un prestigioso científico va más allá y asegura que estamos programados genéticamente para pertenecer a una tribu. La controversia está servida.

La culpa de todo la tienen las hormigas. ¿A quién se le ocurre contradecir a Darwin y salirse, además, con la suya? Desde el punto de vista evolutivo, estos insectos son una sorprendente excepción a todos los seres vivos… y, al mismo tiempo, una clara historia de éxito. Su superpoblación nos da la medida de su triunfo adaptativo: la masa de todas las hormigas que pueblan la Tierra equivaldría, si las reuniéramos sobre el plato de una balanza, a más de un tercio del total de todos los insectos e invertebrados del planeta. ¿Cómo han llegado a imponerse de esta manera? Ya Darwin mencionaba, en El origen de las especies, el reto que estos insectos plantean a su teoría: si el ‘rey gen’, en su afán por perpetuarse, es el que guía los pasos de todo ser vivo, ¿cómo es posible que la mayoría de los individuos que forman un hormiguero no se dediquen a la reproducción, sino a ‘cuidar a los hijos de otros’? De este modo pierden la oportunidad de transmitir sus propios genes a la descendencia.

En los años 60, los biólogos evolutivos dieron con una respuesta para este inexplicable altruismo: la llamada “selección de parentesco”. Mediante su compleja organización del trabajo, algunos animales se sacrifican, es cierto, pero lo hacen por el bien de sus ‘parientes cercanos’… con los que comparten genes.

Sin embargo, algunos científicos vienen ahora a cuestionar este axioma. Y lo hacen desde dentro: uno de los que más contribuyó a difundir la teoría de la selección de parentesco fue Edward O. Wilson, el padre de la sociobiología, desde entonces una eminencia científica. En su libro, La conquista social de la Tierra,  la clave dice Wilson no está en la familia, sino en el grupo, en la tribu. Ocurre con los insectos y ocurre con el hombre… porque así se ha venido programando genéticamente desde, al menos, el Neolítico.

Los científicos han descubierto que nuestra especie tiene grabado en su ADN el altruismo: se sacrifica por el bien del grupo

La clave está en un concepto que lleva 40 años rondando la literatura científica, pero que ahora adquiere nuevos matices: la eusocialidad. Eu proviene del griego bueno y, unido al concepto “social”, se refiere a la capacidad de ciertas especies de crear una compleja organización dentro de la cual sus miembros pueden llevar a cabo actos altruistas, algunas veces en contra de sus propios intereses personales, para beneficiar al grupo.

Este planteamiento publicado en forma de libro se avanzó ya en 2010 en forma de artículo en la revista Nature. Lo firmaba el propio Wilson, pero su nombre iba precedido por el de sendos matemáticos, también de la Universidad de Harvard, que aportaban complejos modelos matemáticos que daban al traste con la teoría de la selección de parentesco. «No tiene ningún valor explicativo», decían los autores. Todo un insulto desde el punto de vista científico que no tardó en obtener una airada respuesta de sus colegas.

Y es que lo que Wilson y los matemáticos afirman es que estamos genéticamente programados para pertenecer a un grupo, a una tribu. Es decir, que existe un gen o un conjunto de genes -seleccionados a lo largo de millones de años- que nos llevan a comportarnos de manera tribal. O lo que es lo mismo, que el altruismo -la capacidad de sacrificarnos por el bien del grupo- está grabado en nuestra naturaleza. La mala noticia sería que igualmente está grabado en nuestra genética todo lo que suponga una amenaza para el grupo: la guerra, el etnocentrismo, la violencia…

Nuestra naturaleza social nos ha convertido en la especie dominante. Nos parecemos a las hormigas, pero con un gran cerebro

Lo que Wilson se atreve a cuestionar es la premisa central de la teoría de la evolución: que nosotros estamos dispuestos a sacrificarnos solo por nuestra familia, por quienes garanticen nuestra misma supervivencia genética. Wilson sostiene que no es así porque, al igual que las hormigas, los humanos hemos evolucionado para estar dispuestos a defender al grupo, para sacrificarse por otros no emparentados genéticamente, lo que se puede aplicar a los individuos que integran un país determinado o a los que profesan una fe concreta, pero también a los que se integran dentro de un club de fútbol específico. Y todo ello -esa naturaleza social, grabada en nuestros genes- es lo que, según Wilson, nos ha convertido en la especie dominante.

Esto, obviamente, no ha ocurrido de la noche a la mañana. La naturaleza debe seguir su curso. La gran revolución en la evolución fue asentarse, establecer un campamento base que funciona como un equivalente al ‘nido’: al hormiguero o al panal. Es al congregarse en torno a una hoguera cuando el Homo sapiens comienza a organizarse y, al fin y al cabo, a dar sentido a la palabra ‘hombre’. Unos individuos salen a cazar mientras otros se quedan en ‘casa’ para proteger el campamento… Como hacen las hormigas. Pero en nuestro caso es todo un poco más complejo. Porque el Homo sapiens alberga un gran cerebro: el mismo que aprendió a anticiparse al futuro, a predecir el comportamiento de otros grupos, y que terminaría por plantearse grandes preguntas. Para garantizar la supervivencia, el cerebro debe hacer convivir impulsos contradictorios: la generosidad hacia nuestra tribu y la agresividad hacia los extraños, vistos todos como potenciales enemigos. Por eso, como han comprobado los neurocientíficos, la amígdala cerebral ese conjunto de neuronas encargadas de procesar las reacciones emocionales se activa al ver una foto de otro grupo social.

La literatura científica aporta numerosos estudios que muestran nuestra tendencia a sentirnos parte de un grupo. Incluso si este se ha formado por azar; por ejemplo, si un investigador divide un grupo de estudio en dos subgrupos rivales, está demostrado que con el tiempo -no demasiado- empezarán unos y otros a ver comportamientos negativos en sus oponentes que antes no habían visto ni manifestado. Y de igual forma verán valores en el subgrupo en el que se han integrado. Lo mismo sucede cuando nos adscribimos a un grupo religioso, un equipo de fútbol o un partido político. Wilson explica todos estos casos desde la misma perspectiva tribal que nos lleva a la necesidad de identificarnos con nuestros pares. La gran tarea pendiente consiste en identificar esos genes que hacen que no queramos huir del nido ni de la tribu.

 Wilson, el señor de las hormigas

Este científico de Alabama amaba los animales ya de niño. Ya los 7 años, Edward O. Wilson perdió un ojo al pescar un pez con espina dorsal. Sin embargo, ese accidente no lo disuadió de estudiar Biología y doctorarse en Harvard, para convertirse en uno de los grandes biólogos del planeta. En 1975 publicó Sociobiología: en el que habla mucho de los insectos sociales y aplica a las sociedades humanas los mismos principios biológicos que había descubierto en las hormigas, programadas para comportarse socialmente como lo hacen. “El altruismo del hombre, decía, no es adquirido cultural, sino natural, como en las hormigas”. Lo atribuyó al parentesco, lo cual limitaba ese altruismo a quienes tienen nuestros mismos genes. El libro consagró a Wilson. Hoy se corrige: “con un altruismo solo familiar, el hombre no habría conquistado el planeta. La clave no es el parentesco, sino la tribu, y esa clave ya está en nuestros genes”.