Hoy por hoy, los niños nacen en España con una esperanza de vida de 83,3 años, y vivir 100 años ha dejado de ser algo extraordinario. Por Ixone Díaz Landaluce / Fotos: K. Thormaehlen y Getty Images

Esta situación obliga a un cambio de paradigma. Empezando por la definición de vejez. ¿Viejo a los 65? Mejor formadas, más vitales, exigentes y ambiciosas, las personas mayores necesitan (y exigirán cada vez más) una asistencia diferente. ¿Estamos preparados?

‘COHOUSING’: UNA ALTERNATIVA A LAS RESIDENCIAS

Compartir vivienda o urbanización con zonas comunes con otras personas mayores es una iniciativa en alza. En los países escandinavos ya funciona.

Jamás habían oído hablar del cohousing. Solo sabían que se hacían mayores y que tenían que buscar una respuesta a su situación. «Acceder a las residencias públicas era imposible y las privadas eran carísimas. Necesitábamos una alternativa», explica Jaime Moreno, uno de los promotores de Trabensol, uno de los proyectos de cohousing sénior más importantes de España. La idea nació en un grupo de amigos a los que convivir juntos les pareció mejor idea que terminar sus días en un geriátrico. En 2000 empezaron a buscar terrenos en Madrid. «Queríamos construir un espacio no para morir, sino para seguir viviendo», cuenta Moreno. Se mudaron en 2013 y, 4 años después, allí conviven 83 personas, mayores de 65 años.

“Queríamos construir un espacio no para morir, sino para seguir viviendo”, explica el fundador de uno de los proyectos pioneros

En Trabensol, los socios aportaron una inversión inicial de 145.000 euros (casi todos tuvieron que vender sus casas) más una mensualidad de 1200 euros por pareja (o 1000 por persona) para pagar los servicios de limpieza, lavandería, portería, cocina… Obviamente, este tipo de proyectos no están al alcance de cualquier pensionista. Por un lado, por la envergadura del desembolso inicial y los gastos mensuales. Por otro, porque conlleva invertir en proyectos inmobiliarios con importantes restricciones a la hora de la venta y que pueden desencadenar herencias complicadas que a menudo los jubilados prefieren ahorrarles a sus hijos. Aunque ahorrarles problemas a los hijos es la principal razón que aducen quienes se embarcan en el cohousing. Muchos de ellos -especialmente ellas- tuvieron que hacerse cargo de sus padres en la vejez y no quieren que se repita el modelo.

conocer, sociedad, vejez, condiciones, cohousing, xlsemanal Erwin posó con 102 años para el proyecto ‘Feliz a los 100’, del fotógrafo Karsten Thormaehlen, quien ahora ha extendido su búsqueda de centenarios por el mundo para su libro Aging gracefully (‘Envejecer con elegancia’)

El cohousing, eso sí, no sirve para todos. Algunos no están hechos para la vida comunitaria. Varias personas que se interesaron por el proyecto de Trabensol lo descartaron por el compromiso personal que requería. Al fin y al cabo, la vejez acentúa rarezas y manías. Pese a todo, Moreno sostiene que ese es precisamente el punto fuerte de su proyecto. «No tenemos normas, funcionamos por libre. Pero somos gente correcta y respetuosa», comenta. De hecho, aunque han designado un mediador para resolver posibles conflictos, hasta ahora nunca ha tenido que intervenir.

El cohousing es una alternativa privada a propuestas ya existentes como los pisos tutelados, impulsados por algunas administraciones públicas. Los tutelados son viviendas sociales que se adquieren en propiedad -solo si se es mayor de 65 años- y que cuentan con algunos servicios comunes dentro del edificio. El cohousing, en cambio, es un modelo cooperativo y autogestionado.

“Todavía es pronto para ver el ‘cohousing’ como una solución, pero está obligando a la Administración a replantearse el sistema”

Los fundadores de Trabensol ya no predican en el desierto. Convivir, en Cuenca, Residencial Santa Clara, en Málaga, o Profuturo, en Valladolid, comparten algunos de sus principios y características. Pero no todos los proyectos son iguales. «Hay dos modelos: unos priman un proyecto de vida conjunto y otros se concentran en las necesidades asistenciales pensando en el futuro y en la gran dependencia», explica Daniel López Gómez, profesor e investigador de la Universidad Oberta de Catalunya, que ha elaborado un estudio sobre el fenómeno del sénior cohousing en España. Quizá ese es el punto flaco de este tipo de iniciativas. «La mayoría están pensadas para etapas intermedias de la vida», afirma López. En algunos casos (aunque no en el de Trabensol) exigen la salida del proyecto de los socios en situaciones de dependencia extrema.

Pero ¿será el cohousing una opción mayoritaria en el futuro? «Todavía estamos muy verdes para verlo como una solución. Pero este tipo de proyectos tiene un gran potencial de transformación social. Están obligando a la Administración a replantearse el sistema», reconoce López. Una cosa está clara: «Cuando se habla de personas mayores se habla de asistencia, no del derecho a vivir una vejez digna y significativa. Es necesario un cambio de paradigma».

¿Son caras las residencias?

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En España hay 350.000 plazas en residencias geriátricas, de las que el 75 por ciento son privadas. Las plazas en las públicas tienen largas listas de espera y requisitos nada fáciles de cumplir. Y el coste de las privadas suele rondar los 2000 euros al mes, que muchos no pueden costearse. De hecho, los centros privados tienen dificultades para llenar sus habitaciones. Y a pesar de todo, España está lejos de garantizar cinco plazas por cada 100 personas mayores de 65 años, como recomienda la OMS. Por qué son tan caras las residencias y, sin embargo, no parecen rentables? Según sus gestores, la clave está en que es una asistencia costosa que requiere mucho personal. Si se ofrece una buena atención, aseguran, los 2000 euros no son un precio exagerado.

Vida en común

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Trabensol, en Torremocha del Jarama (Madrid), es un proyecto pionero de cohousing. Hoy hay 54 apartamentos de 50 metros cuadrados y una infinidad de espacios comunes. salones, comedor, gimnasio, biblioteca, huerta… Viven 83 personas.

GERIATRÍA: TAN NECESARIA COMO LA PEDIATRÍA

Los geriatras reivindican su especialidad para atender a los mayores en lugar del médico de cabecera porque su atención es multidisciplinar.

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Las cosas están cambiando. Hace unos años, atendía a personas más jóvenes; ahora, mi prototipo de paciente ronda los 80 años», explica Ana Urrutia, geriatra y creadora de la Fundación Cuidados Dignos. Mientras la esperanza de vida aumenta, el estado de salud de los ancianos mejora. Y podría hacerlo todavía más. Dependerá, entre otras cosas, de la asistencia sanitaria que reciban. «Hay que distinguir entre personas mayores, que pueden ser atendidas por los médicos de cabecera, y pacientes geriátricos, que son personas frágiles con pluripatologías, altos grados de dependencia, deterioro cognitivo, demencia, mucha medicación… Esos son los nuestros. No se nos valora, pero los geriatras hacemos muchísima falta», comenta Urrutia, que aboga porque este tipo de pacientes sean tratados por especialistas en lugar de por médicos de familia.

Es necesario valorar la medicación y el tratamiento en función del contexto social del anciano. Es un modelo más eficiente y sostenible, aseguran

En España, los geriatras solo están presentes en los hospitales (salvo en el País Vasco, donde la especialidad no existe), pero no en los ambulatorios y los servicios de atención primaria. «Los estudios demuestran que cuando las personas mayores son atendidas por especialistas de geriatría se utilizan menos recursos. Sería un modelo más eficiente y sostenible», argumenta Brígida Argote, presidenta de Zahartzaroa, Asociación vasca de Geriatría y Gerontología.

El geriatra, igual que el pediatra con los niños, aplica un método diferente y su atención es más global y multidisciplinar que la de un médico de cabecera. «Es un tipo de paciente al que le afectan mucho los problemas sociales. Por eso tenemos en cuenta la parte médica, pero también el análisis personal y social, que a veces pesa más», afirma Urrutia. El geriatra se ocupa, por ejemplo, de valorar si un paciente puede tomar un somnífero para conciliar el sueño dependiendo del riesgo de caída, de si vive en casa o en una residencia o de si su cuidador es un profesional o su esposa de 90 años. También se ocupa de poner orden en su medicación, a menudo sobredimensionada. Además, en el futuro, la asistencia tendrá que adaptarse a un nuevo tipo de anciano, con un nivel de formación más alto, hábitos más saludables y una mayor conciencia sobre sus propios derechos. «Vamos a ser mucho más exigentes. Por eso debemos ir hacia un modelo que no se centre en la enfermedad, sino en la persona, que tenga en cuenta, como recomienda la OMS, no solo el aspecto físico, sino también el psíquico y el emocional», explica Argote.

¡No quiten las alfombras!

Los detalles siempre importan. Más de lo que pensamos. En las residencias de nuestro país, no hay alfombras porque se supone que son un riesgo de caída para la gente mayor.
En los países nórdicos, sí hay alfombras. ¿Por qué? «Ellos parten del análisis de capacidades, no de discapacidades. Por eso, si una persona puede tolerar una alfombra sin riesgo a caerse, se la ponen porque da más calidez a la habitación. Si partes del paternalismo, tienes unos protocolos. Si partes de los derechos de las personas, tienes otros», reflexiona la geriatra Ana Urrutia, famosa por evitar las sujeciones, tanto las físicas como las químicas, en la residencia que dirige en Guernica. «A veces, un anciano llega a urgencias y se le sujeta porque no se conocen otros procedimientos, pero los hay».

PENSIONES: ¿Y DE QUÉ VAMOS A VIVIR AL FINAL?

Los expertos aseguran que las pensiones públicas no van a desaparecer, pero se van a ajustar, y que los planes privados irán en aumento.

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Para cuando vosotros os jubiléis, ya no habrá pensiones». Es la agorera predicción que los hijos escuchan de sus padres y abuelos. Pero está realmente en peligro el sistema público de pensiones? «Hay que ser tajante: el futuro de las pensiones no está en riesgo. Es sostenible, pero también es mejorable», explica Rafael Domenech, catedrático de la Universidad de Valencia y miembro del grupo de sabios designado en 2013 por el Gobierno para estudiar la sostenibilidad del sistema. Entre los desafíos está el aumento de la esperanza de vida y esa generación de babyboomers que está a punto de jubilarse, o ya lo ha hecho, y cuyas pensiones habrá que pagar entre todos. Las estadísticas, desde luego, no pintan un futuro halagüeño. En enero de 2017 había 8.602.601 pensionistas en España. El problema es que, según estimaciones del INE, en los próximos 30 años el número de jubilados podría duplicarse. ¿Será inevitable retrasar la edad de jubilación? «Inevitable no, pero la aritmética es sencilla. Se debe elegir si queremos jubilarnos más tarde con pensiones medias más altas o jubilarnos antes con pensiones más bajas», afirma Domenech. Por eso, también habrá que tender a sistemas de jubilación más flexibles. Y contar con que el mercado laboral pueda seguir asumiendo trabajadores mayores de 65 años.

Pero ahí no terminan los problemas. Algunas estimaciones plantean que en las próximas décadas la relación entre la pensión media y el salario medio será un 35 por ciento más baja que en la actualidad. Por eso, los planes de pensiones privados -a menudo en entredicho por su dudosa rentabilidad- son una opción para muchos futuros pensionistas. Pero ¿terminarán siendo imprescindibles? «Un sistema público de pensiones es una pieza básica en cualquier sociedad moderna. El sistema privado debe ser complementario, pero no sustitutivo. Corresponde a cada ciudadano decidir cómo quiere ahorrar», reconoce Domenech. Eso sí, ese tipo de productos bancarios también tendrá que renovarse; la mayoría no están diseñados pensando en vidas tan longevas.

Hay que elegir entre jubilarnos más tarde con pensiones altas o hacerlo antes con bajas. Pero todo indica que habrá que ahorrar más para la vejez

Habrá, pues, que gestionar las finanzas personales de otra manera: ahorrando más (a través de productos bancarios más sofisticados) y evitando ser demasiado conservadores durante la jubilación para no acabar siendo, como reza el dicho popular, los más ricos del cementerio.

Transparente y blindada

El sistema sueco de pensiones es una referencia, según Domenech, por sus cuentas individuales o nocionales. ¿En qué consisten estas pensiones? «No es que el dinero del trabajador se ponga o deposite directamente en una cuenta personal, pero lo que cada uno aporta se apunta en una cuenta individual que genera una serie de derechos, que se actualizan año a año en función del estado de la economía. Por eso, desde que entras en el mercado laboral puedes hacer una proyección de qué pasará con tu jubilación, a qué tendrás derecho… Es un sistema transparente». El otro pilar de este modelo es blindar las pensiones mínimas. «Tiene que existir una seguridad de que, independiente-mente de cómo te vaya en la vida, tendrás una pensión mínima que te permitirá vivir dignamente, eliminando el riesgo de exclusión social».