Viven en la única región de África jamás conquistada por los europeos y son una reliquia antropológica, pero pueden desaparecer. El Gobierno de Etiopía construye en su territorio una presa crucial para la supervivencia del país que los enfrentará, para lo bueno y para lo malo, al progreso. Mientras tanto, celebran ahora, y quizá por última vez, la ceremonia de iniciación de sus jóvenes igual que lo han hecho durante miles de años.

El final del verano, Gado Bankimaro debía enfrentarse al día más importante de su vida. Pese a su juventud, la responsabilidad lo abrumaba. Se había mentalizado durante meses para aquel momento crucial en el que toda su tribu estaría atenta a su pericia. Era el día en que tenía que saltar los toros. Y, como miembro del pueblo bashada, el éxito en el salto de los toros lo convertiría en un hombre, le granjearía el respeto de la tribu, le permitiría tener ganado y, como consecuencia, una mujer con la que formar una familia.Gado se acercó a la multitud, que lo esperaba con evidente emoción. Las mujeres instigaban al mazha de la tribu, el hombre encargado de mantener el orden, que sujetaba una vara entre las manos. Cuando vieron llegar al chico, las mujeres redoblaron sus esfuerzos y el mazha comenzó a flagelarlas. Gado apenas se fijó en ellas. Sabía que aquellos golpes lo unían con las mujeres para siempre. Si alguna vez necesitaban algo, ellas le recordarían cómo habían sufrido el día de su paso a la edad adulta. Y él tendría que ayudarlas.üCuando llegó frente a los animales, Gado se armó de valor. Una fila de 12 toros lo separaban de la adultez. Tendría que pasarla seis veces sin caer al suelo. Los hombres sujetaban las reses por la cola y la cabeza. Toda la tribu lo animaba. Y, crecido por los gritos de su pueblo, comenzó a saltar.Entre las tribus que viven en la cuenca del río Omo, en el sur de Etiopía, las culturas y tradiciones tribales se han mantenido intactas durante siglos. Mientras las potencias europeas se repartían el continente a principios del siglo pasado, Etiopía permaneció independiente, convirtiéndose incluso en el único país africano que nunca ha sido colonizado. Y las tribus de la inhóspita región que baña el río Omo permanecieron aisladas, ignoradas por los cambios y la aculturación que se extendía por el continente como una plaga.üAlrededor de doscientas mil personas pueblan el valle del río repartidas en diferentes tribus belicosas. Los hamar, bashada, lara, dassanech, surma, nyangatom, mursi y una decena de pequeñas tribus más se reparten las fértiles tierras de aluvión que riega el Omo. Y todas pelean entre sí desde tiempos históricos para robarse el ganado o hacerse con los mejores lechos para sus cultivos. Antes los muertos en los combates eran ocasionales, pero desde la llegada de los fusiles automáticos AK-42 procedentes de las guerras de Sudán y Somalia las tierras del río Omo son escenario de terribles matanzas. Aun así, las armas modernas no cambiaron las costumbres de las tribus. Los hombres y mujeres del Omo continúan todavía rigiéndose por sus leyes tribales, lejos de la influencia de la lejana Adís Abeba, la capital del país. Los ornamentos, pinturas, danzas, idioma y tradiciones son una reliquia antropológica de incalculable valor cultural que los científicos intentan conservar antes de que desaparezcan para siempre. Porque todas las tribus del Omo corren el peligro de desaparecer de golpe.El Gobierno del país ha dado luz verde a la construcción de una presa al norte del río Omo. La presa de Gilgel Gibe III será en una de las más grandes del mundo y generará, a máximo rendimiento, 1870 megavatios, una potencia eléctrica que Etiopía necesita para progresar y vender a sus países vecinos, especialmente a Kenia. La disminución del caudal del río afectará a las cosechas de las tribus del Omo. Y eso traerá más combates y más muertes. Pero Etiopía no puede permitirse prescindir de la presa, que estaría acabada a finales de 2012. üLos chamanes de las diversas tribus hacen las veces de juez. Son ellos los que mantienen vigentes las tradiciones más antiguas; algunas de ellas, realmente atroces. Los niños que nacen con deformaciones o aquellos a los que les salen los dientes superiores antes que los inferiores son considerados con mingi, portadores del mal agüero, y es obligación de los padres matarlos. A estos niños se los envuelve en una piel y se los arroja al río Omo; o son abandonados en la sabana, donde el calor, las hienas y los chacales no tardan en acabar el trabajo.La influencia de algunos misioneros y de alguna escuela abierta con más ilusión que esperanzas reales pretende llevar el conocimiento a las tribus del Omo. La mayoría de los hombres considera que sus tradiciones y el ganado son lo único importante y siguen fieles a su forma de pensar. Mi país, contra los vecinos; mi región, contra las demás; mi tribu, contra la de enfrente; mi familia, contra la tuya ; una barrera difícil de vencer para una educación que viene de la mano de extranjeros. Aun así, algunos pueblos empiezan a abrirse. Entre los karo, una de las tribus más pequeñas y vulnerables del valle del Omo, se ha empezado a notar un cambio de actitud y ahora son el pueblo del Omo con más niños escolarizados.Hace unos años, el Gobierno del país comenzó una campaña para suprimir la práctica de tradiciones perjudiciales entre las tribus del Omo. Los duelos con lanza, el flagelo ritual de las mujeres durante el salto de ganado, la ablación del clítoris, y la extendida ley del talión se han intentado erradicar, sin éxito. Pero si se altera el ciclo de crecidas del río, los cambios se producirán de forma radical; no solo en las tradiciones perjudiciales , sino en la cultura de todas estas tribus. üCuando Gado saltó el último toro, el mazha se lo acercó satisfecho. Había alejado el mingi, la mala suerte, y le esperaba un futuro prometedor. Pero, al hacerse hombre, también había adquirido grandes responsabilidades. No solo se haría cargo de su familia y su ganado, también era responsable de la transmisión de la cultura de su pueblo, de sus leyes, de sus costumbres, de sus tradiciones. Gado sonrió feliz porque sabía que aquello no sería difícil. Como tantas otras, la noticia de la presa de Gilgel Gibe II no había llegado hasta su tribu.  

1 Salto a la adultezEl salto de los toros es la ceremonia por la que los jóvenes se convierten en adultos. Mientras los hombres de la tribu sujetan las reses, el aspirante debe correr sobre el lomo de los toros sin caerse. Luego pasará un largo periodo tomando solo sangre, leche y miel. ü

2 El precio del dolorLas cicatrices de estas mujeres prueban su asistencia a ceremonias del salto de los toros, en las que, mientras un aspirante salta, ellas piden ser flageladas. En el futuro, si las cosas van mal, ellas podrán pedir ayuda al que fuera aspirante a cambio del dolor que soportaron.ü

3 Entre ladronesTodos los hombres de la región son guerreros belicosos. El ganado es su máxima riqueza. Sin vacas, un hombre no podrá pagar la dote de una esposa ni formar una familia. Por ello, los altercados entre tribus suelen ser para robar ganado o vengarse de quienes lo robaron. ü

4 Mucho más que estéticaLos adornos corporales tienen mucha importancia para las tribus del Omo. Las cicatrices y los discos labiales son muy valorados como rasgos estéticos. Dos grandes colmillos de facocero y diferentes trenzados de cuero completan el atuendo de esta mujer mursi. ü

5 En el “salón de Belleza”Varias jóvenes karo se adornan en su particular set de belleza. Para el ocre del pelo trituran minerales. Las ropas, siempre de cuero del ganado o de los animales cazados, se rematan con conchas caurí, antigua moneda del África subsahariana y amuleto de fertilidad.ü

PARA SABER MÁSEthiopia peoples of the Omo valley. Hans Silvester. Harry N. Abrams, New York, 2007.   African ceremonies. Carol Beckwith and Angela FisherHarry N. Abrams, 2002.