La prensa alemana los ha llamado “haraganes” y “embusteros”. En tres años han pasado de ser una floreciente economía de la Unión Europea a escurrirse por el sumidero de la depresión y la intervención económica. “¿Qué ha pasado?”, Se preguntan los griegos. “¿Qué hemos hecho mal?”. Viajamos a atenas para hablar con los anónimos protagonistas de una tragedia de la que quizá todavía los españoles tengamos cosas que aprender. por antón sagarra / fotografía de jerónimo álvarez

El transporte público funciona y los supermercados y gasolineras no están desabastecidos. En las inmediaciones de la plaza Sintagma, el epicentro de la revuelta de los ciudadanos, se encuentran restaurantes elegantes y bohemios. ¿Pero los griegos no están con la soga al cuello? Sí, Grecia ha bajado un peldaño en la escala de bienestar, su PIB se ha desplomado un descomunal 15 por ciento desde que empezó la recesión. Pero le queda el orgullo. Y la picaresca Sus estructuras políticas están carcomidas, pero el país se las arregla para desafiar el castigo (se supone que necesario para su salvación) que le infligen la Unión Europea y los mercados. Y los griegos se manejan bien en el caos.Es difícil radiografiar un país tan enrevesado donde las apariencias engañan. Y mucho. Hay 300 piscinas censadas en Atenas, cuando en las fotos aéreas aparecen 17.000. ¿Por dónde empezar a meter mano? ¿Por las 300.000 pensiones falsas de invalidez? ¿Por las 60.000 familias que siguen cobrando la jubilación de alguien que falleció hace años? ¿Por los 800.000 funcionarios (en un país de solo 11 millones de habitantes) acostumbrados a cobrar pluses por llegar puntuales al trabajo? El FMI exigió el paso a la reserva de 30.000 empleados públicos cobrando el 60 por ciento de su sueldo, pero la medida, como tantas otras, casi ni se ha puesto en marcha. En realidad, desde 2009, cuando se supo que Grecia estaba al borde de la quiebra, apenas se ha hecho nada, excepto subir los impuestos. Y eso no ha frenado el déficit público. Estampas de una ciudad que funciona a trompicones. El mercado de Barbakio ofrece al visitante toneladas de frutas, piezas de carne, huevos, remolachas y legumbres, en lo que es un festival de pornografía alimentaria. Se grita de pura vida. Sin embargo, un poco más allá, en Ermou, la calle más comercial, la imagen es bien distinta. las tiendas están casi vacías. La plaza de Sintagma es el símbolo de las protestas. Una cafetería frente al lujoso hotel Bretaña acoge un mezcla de burguesía ateniense y turistas adinerados. Escaleras arriba se produce el cambio de guardia en el Parlamento griego. No hay rastro de indignación. La sirena de un moderno camión de Bomberos surca el silencio. Cuando llega a un pequeño incendio, la Policía ya ha cortado la calle. La ciudad funciona al margen de las decisiones del Banco Central Europeo o los desprecios de los alemanes. Nada confirma que muchos funcionarios se niegan a trabajar si no cobran. La Policía desvía el tráfico hacia otra calle. Todo parece controlado.Pero no hay que fiarse. La retirada de depósitos bancarios se ha acelerado y en octubre la fuga de capitales ha alcanzado los 6800 millones, lo que puede considerarse como la antesala de un pánico bancario. Sin embargo, en el selecto barrio de Gazi nada indica que estemos en vísperas del desastre. El ambiente es similar al del centro de cualquier ciudad española, excepto que los motoristas van sin casco. En un restaurante con muy buena pinta hablo con Thanos Tauris, hostelero. Es necesario reservar. Si no, es imposible encontrar mesa. La crisis no ha llegado a este barrio . En el local está prohibido fumar, pero todos se saltan la ley. Los camareros lo permiten. Este país carece de identidad. Fue una construcción artificial que se inventó en el siglo XIX; por eso, aquí cada uno va a lo suyo; no hay sentimiento de unión. Los griegos nunca han esperado nada del Estado; solo un enchufe en la Administración. Todo el mundo hace triquiñuelas para sobrevivir; nadie ahorra, solo lo hacen para la salud y para enviar a los hijos a estudiar al extranjero. La gente ha gastado muchísimo dinero en vivir a lo grande . Y eso que los sueldos son los más bajos de Europa.Antes de pagar la factura, con un 23 por ciento de IVA, la mujer de Tauris cuenta algunos rasgos de la idiosincrasia griega. Aquí te puedes casar tres veces por la Iglesia, los estudiantes no comparten piso y se odia con vehemencia a la Policía desde muy pequeño . Y Thanos añade. Atenas se está convirtiendo en el paraíso de la droga; y la prostitución va a más .A las cuatro de la tarde la ciudad está en penumbra, con claroscuros acentuados por la ausencia de alumbrado público y unas nubes negras que se posan sobre los soportes de unas vallas publicitarias sin publicidad alguna. Contrastes en el mismo centro de la ciudad. si en Sintagma había más indicios de burguesía ociosa que de rebeldía, en la plaza Omonia los drogadictos se pinchan a la vista de todos. En las afueras, los polígonos industriales se encadenan a los costados de largas avenidas como Mesogion. No parece que la crisis haya paralizado la actividad. Los coches de los trabajadores flanquean las empresas. Los aserraderos funcionan a pleno ritmo y apenas se ven carteles de locales en alquiler o venta. Tampoco en Atenas. Apenas hay colillas o papeles en el suelo, los taxis viajan sin mamparas de seguridad, y en las cafeterías las atenienses piden sus cafés en la barra dejando los bolsos entreabiertos con el iPhone a la vista. Es una ciudad silenciosa y fumadora, salpicada de quioscos alegres; de farmacias sin rejas, con las puertas siempre abiertas que despachan toda clase de medicamentos; de restaurantes caseros que sirven ensaladas y judías pintas. Es tarde. El dueño de una cafetería baja su persiana metálica con sumo cuidado. No quiere despertar a nadie. Me tomo una copa en las cercanías de Plaka, el barrio más próximo a la Acrópolis, donde a altas horas de la madrugada algún turista todavía pasea por las callejuelas oscuras confiado en la seguridad de Atenas. Entro en un pub. Hay buen ambiente. Basta con decir tres o cuatro palabras en griego para conectar con cualquiera. Atenas, en la desmesura de su castigo, vive sin saber qué es lo que hizo mal. n

Magda Fitili, 29 años, Politóloga y filóloga. trabaja de camarera

La prensa y los políticos están empeñados en resquebrajar nuestro orgullo; les encanta airear frases como. ¿Qué van a pensar de nosotros?. Otra propaganda negativa es la que lanzan los alemanes. No nos caen bien, ¡y no solo porque nos invadieran durante la Segunda Guerra Mundial! A pesar de todo, no queremos dejar el euro . Magda vive con una compañera de piso. La casa es de su madre. Todo es viejo. la tele, el sofá Vivir por encima de las posibilidades es intrínseco al griego, y parece que los gobiernos han hecho lo mismo. Si no puedo vivir con dignidad, emigraré. Se me va el sueldo en los impuestos. Además de la tasa de solidaridad y la de vivienda, ahora nos aplican un nuevo impuesto por la electricidad. No pienso pagarlo, como ningún griego .

Stavroula Dimitriaou, 38 años, Directiva en paro

Antes vivíamos muy bien. Yo estudié en el extranjero. Había becas, teníamos sueños. Y trabajábamos duro. Hablo cuatro idiomas y me especialicé en la organización de eventos deportivos. Los socialistas lograron que el dinero llegase a todas las clases sociales, pero instauraron la corrupción. Y los ciudadanos los imitamos. Todo se fue a pique tras los Juegos Olímpicos . El coste se disparó de 2800 a 14.000 millones. Endeudado, el Gobierno no paró el déficit. Al contrario, contrató a cien mil funcionarios y les subió el sueldo. Las empresas no tienen dinero para contratar. Voy a dejar el país .

Cristos Ploumidisch, 56 años, Escultor. ahora sobrevive haciendo trabajos para la construcción

Nos falta cultura democrática. El pueblo se ha conformado con que los políticos no robaran demasiado. ¡Pero ellos son insaciables! Y lo peor es que la corrupción también ha arraigado entre los ciudadanos. La gente va al médico con un sobre con dinero y se lo da. Yo me enfado con ellos porque, si lo hacen, son cómplices de nuestros males . Luego reconoce que lleva años sin pagar el impuesto de autónomos. ¡Si pagas todas las tasas, no hay manera de sacar algo cuando haces una chapuza! Dejé mi casa porque no podía pagar 600 euros; después, no podía pagar 250; y, ahora, no puedo pagar nada Algún mes no consigo ni 70 euros . Y añade, irónico. Los alemanes te pueden matar en cualquier momento. Económicamente, por supuesto. El problema es que el griego es muy individualista y menosprecia las instituciones y la política. Solo pensamos en nosotros mismos .

Yiannis Avravos, 33 años, Empresario. Dueño de un hotel

Cada día nos sorprenden con un impuesto nuevo.

Por ejemplo, el que acaban de poner que grava el consumo eléctrico supondrá aproximadamente 5000 euros por año y hotel. Eso implica que es necesario replantearse todo el negocio, reelaborar presupuestos, es casi como partir de cero. No se dan cuenta de que con estas medidas están atacando al sector del turismo, que es una de las principales fuentes de ingresos del país. Claro que hemos notado mucho la crisis. Los griegos que vienen de negocios a Atenas ya no pasan la noche aquí. Intentaremos aguantar como podamos. Necesitamos que el Gobierno nos ayude .

Irini Mavrou, 30 años, Psicóloga. Estudia un máster

¿Te gusta Atenas? A mí, no; no es Europa. La crisis no me interesa . Como muchos ciudadanos griegos, Irina que está acabando un máster se muestra totalmente al margen de la situación, que considera producto de las maniobras de sus políticos . No estoy orgullosa de ser griega; aquí, todos se quieren aprovechar de los demás, no me interesa ni la Grecia clásica; son piedras .

Ana Gatsou, 27 años, Ingeniera mecánica. Trabaja en una multinacional

Es de las pocas afortunadas que ha encontrado un empleo relacionado con sus estudios. Habla inglés, alemán y español. Trabajo catorce horas en una multinacional norteamericana, aunque ahora nos han quitado la paga extra. Cobro 1500 euros al mes. Con ese sueldo no puedo ni pensar en irme a vivir sola. No me llegaría. Mi familia me apoya y no me falta de nada. Aunque a mi padre, que es militar jubilado, le han rebajado un 35 por ciento su pensión. Y mi madre, quien trabaja en la Cruz Roja, lleva tres meses sin cobrar. Lo peor de la situación es que nos han quitado los sueños. No hay esperanza .