Tras el éxito arrollador de El tiempo entre costuras,María Dueñas publica esta semana su nueva y esperada novela, Misión Olvido. Esta vez el escenario es Cartagena, donde vive desde hace años. Con ella, y de la mano de Daniel Carter, el protagonista, recorremos las calles de esta ciudad que en los cincuenta fascinó al joven de suficción y que hoy, renovada y espléndida, acoge a miles de visitantes.

Daniel Carter, un estudiante norteamericano atractivo y vital, es el protagonista de una subtrama que nos retrotrae a la Cartagena de 1959 dentro de una novela que cruza tiempos, lenguas y países para hablarnos de segundas oportunidades, reconciliación, reconstrucción.

La ciudad le recibió con un sol amistoso. Le tentaron las fachadas modernistas con sus balcones de hierro, los miradores blancos que salpicaban numerosos edificios y las calles llenas de gente; le sedujo la luz y el olor a mar.

Fascinado por la literatura española gracias a la influencia poderosa de un profesor expatriado, el joven se asienta temporalmente en España al cobijo de una beca Fulbright para preparar su tesis doctoral sobre el escritor exiliado Ramón J. Sender. El rastro de la novela Míster Witt en el Cantón ambientada en la Cartagena insurrecta de la Primera República le lleva hasta el Mediterráneo. Una vez en su destino, sin embargo, ve saltar sus planes académicos por los aires al cruzarse en su camino una hermosa farmacéutica que torcerá para siempre las coordenadas de su vida.

Dispuesto a no perderla y siguiendo sus pasos sin que ella lo perciba, Daniel acaba llegando a la Muralla del Mar.

A su izquierda se alineaban las fachadas de edificios con varias alturas, a la derecha halló una especie de paseo y una balaustrada colgante. Debajo el puerto y, al fondo, el mar. El hechizo de luz, salitre y calma duró apenas los segundos que ella tardó en entrar en el portal de la que él supuso que sería su casa.

Todo es muy distinto hoy en el entorno de la antigua muralla de Carlos III. La zona del viejo puerto comercial que mi estudiante contempló acodado sobre la ya desaparecida balaustrada del arquitecto Víctor Beltrí ha cambiado radicalmente. Los tinglados industriales, las oficinas de empresas navieras y las grúas gigantescas que allí encontró, fueron trasladados hace años a la dársena de Escombreras y al muelle de San Pedro para dejar paso a una amplia explanada por la que la ciudad se abre ahora al mar. Una marina deportiva y una terminal para el atraque de cruceros ocupan el lugar al que antes llegaban los buques de mercancías.

La prolongación de aquel antiguo puerto acoge actualmente el moderno ARQUA Museo Nacional de Arqueología Subacuática, dedicado a la conservación y difusión del patrimonio cultural submarino. Apenas unas decenas de metros más lejos se ha inaugurado este mismo año el auditorio y palacio de congresos El Batel que, con líneas rectas y diseño vanguardista, reinterpreta a gran escala el volumen de los contenedores que se apilan en el muelle comercial. Contemporáneos y ensamblados a la vez en la tradición portuaria, ambos edificios ofrecen al visitante un atractivo añadido a sus funciones y contenidos. dos agradables restaurantes con vistas imponentes sobre el Mediterráneo.

El extranjero amante de las letras españolas que salió de mi imaginación atraviesa la Península a finales de los cincuenta en un vagón de tercera que avanza pesaroso por vías llenas de carbonilla. Para apreciar esta fachada marítima de la ciudad con toda su plenitud, sin embargo, lo ideal es hacerlo entrando desde el mar, como arribaron romanos, fenicios y cartagineses, marinos de guerra, monarcas, comerciantes, insurrectos, pescadores y todos aquellos navegantes procedentes de mil pueblos que han acabado recalando en esta gran dársena natural.

Para quien quiera disfrutar de esta perspectiva, existe un barco turístico que, desde la ambiciosa iniciativa Cartagena Puerto de Culturas, ofrece paseos náuticos por la bahía al abrigo de los montes que a lo largo de la historia la han protegido con fortificaciones defensivas en sus alturas. castillos, fuertes y baterías de costa en desuso, repletas de fantasmas y leyendas aún.

Cautivado por la española flaca y espontánea que ha conocido tras el mostrador de una farmacia, mi personaje camina buscando ansioso el rastro de esa mujer que le ha robado súbitamente el corazón. Recorre la calle Mayor, llena entonces como ahora de edificios modernistas y terrazas. Cruza las puertas de Murcia, come en una taberna de la calle Cuatro Santos y, si no llega a visitar el teatro romano, es porque nadie en esos días podía sospechar lo que albergaba el subsuelo de aquellas humildes edificaciones levantadas a la sombra de la catedral vieja.

Fue en la década de los noventa cuando arrancaron las sucesivas excavaciones que sacaron a la luz esta magnífica pieza arquitectónica enterrada durante siglos. A la vista hoy con toda su grandiosidad, el teatro se expone como parte de un proyecto integral que incorpora también el Museo del Teatro, obra de Rafael Moneo. Hasta el 15 de septiembre podrá visitarse además la exposición Nueve Mediterráneos del pintor Pedro Cano, que hermana Cartagena a través de la pintura con otros nueve puertos del mismo mar.Ciudad de acogida que atesora el legado de dos mil años de historia, puerto renovado que envuelve con su pasado y su presente, con su mar y su luz. Y fugazmente, como en un chispazo vertiginoso de lucidez y anticipación, aquel breve movimiento le sirvió para intuir que, de alguna manera, nunca acabaría de irse del todo.

Como le pasó a un joven estudiante americano entre las páginas de una novela. Como le puede pasar a usted si se adentra en ella.

Ciudad mediterránea.

María Dueñas posa en la Muralla de Carlos III, la fortificación que abre la ciudad a este trimilenario puerto del Mediterráneo.

Teatro de los sueños. Construido entre los años 5 y 1 a. C., siendo emperador Augusto, el Teatro Romano tenía capacidad para 7.000 espectadores. Fue sepultado por otros edificios y redescubierto por casualidad en 1988.

La arteria modernista.

Vista de la calle Mayor, en los años cincuenta y en la actualidad. En su eje se ubican destacados exponentes del Modernismo en Cartagena, como las casas Cervantes y Llagostera.

Mis lugares favoritosn De paseo. La fachada del Puerto, siguiendo la Muralla de Carlos III, desde el auditorio El Batel y el Museo Nacional de Arqueología Subacuática (ARQUA) hasta el Museo Naval y la Universidad Politécnica, con vistas al mar de Mandarache y al astillero. Hacerse fotos junto al submarino de, los monumentos al marinero de reemplazo y la estatua El Zulo. Dar un paseo en el barco turístico o en el catamarán Olé. Recorrer el eje de la calle Mayor, donde resiste la librería Escarabajal, y sus aledaños peatonales. Admirar el modernismo del Palacio Consistorial y el Gran Hotel. Acercarse a la Muralla Púnica y al refugio de la Guerra Civil en la calle Gisbert.n Las mejores vistas. Desde la Muralla del Mar, el Parque Torres y el Parque Arqueológico del Molinete, el antiguo barrio rojo.n Dónde comer. Un helado de gazpacho en El Barrio de San Roque (Jabonerías, 30). De raciones en el chiringuito de los pescadores del club náutico (Santa Lucía). De menú en la Posada Jamaica (Huerto del Carmen, 1). Un caldero en el Juego de Bolos (Portmán). De tapas en el bar Moreno (Canteras).n Un tentempié.

La marinera (ensaladilla y boquerón montados sobre una rosca) y el asiático (café, leche condensada, coñac, Licor 43 y canela).n De copas. La Catedral, en el entorno del Teatro Romano. Láguenas y reparos en La Uva Jumillana. Cócteles en Villa Esperanza (barrio Peral). De tertulia en La Salamandra (Ciudad Jardín).n De excursión. Playa de Calblanque, puerto del cabo de Palos, Museo Minero de La Unión y batería de costa de Cabo Tiñoso.