Es uno de los españoles más destacados del siglo XX, pero continúa siendo un desconocido. Pintor, grabador, escultor, fotógrafo, arquitecto, escenógrafo, diseñador… La dimensión artística del multifacético Mariano Fortuny Madrazo aparece aún eclipsada por la de su padre, el célebre pintor orientalista del siglo XIX. ¿Pero quién fue su hijo, este genio olvidado, tan trascendental como Balenciaga?

Año 1899. Mariano Fortuny, a punto de cumplir 30 años, decide atravesar el Gran Canal veneciano, abandonar el palacio Martinengo -donde ha residido con su madre y su hermana- e irse a vivir al palacio de Orfei, al lado de la que será su mujer.

Con Henriette Nigrin, el polifacético creador español compartirá toda su pasión. Pese a la abierta hostilidad de su familia -su madre y su hermana cuestionaban su convivencia con una divorciada que se ganaba la vida como modelo-, la relación con Henriette fue muy estrecha, sentimental y artística. No fue fácil, dado el círculo endogámico en el que Fortuny se movía con Cecilia y María Luisa -su madre y su hermana-, que practicaban con obsesión el culto a la memoria del padre fallecido de forma prematura cuando Mariano solo tenía tres años.

Su madre y su hermana vivían obsesionadas por la muerte del padre de Mariano, fallecido prematuramente

Henriette era la intrusa que les robaba el hijo al que tanto habían cuidado. Cecilia y María Luisa eran dos personalidades fuertes. Eran solitarias y extrañas; en especial, María Luisa, quien, además de aficionada a la astrología, era una excelente grafóloga; su carácter excéntrico se evidenciaba en los dimes y diretes acerca de sus largas charlas con los animales que pululaban los corredores del viejo palazzo. En ese mundo misterioso de Martinengo, presidido por el enigma de las dos mujeres sumergidas en sus universos repletos de manías, el joven Mariano flota, crece e intenta mantener su personalidad y sustraerse al influjo que ejercen sobre él.

Será otra mujer, Henriette, quien lo ayude a independizarse y formarse artísticamente. Inteligente, prudente y de gusto exquisito, ella siente también un gran interés por la moda. Despertará en Mariano el eco de esa infancia vivida en el estudio paterno de Roma y de Granada, entre antigüedades, tejidos y tapices; destapará y descorrerá el velo de la memoria perdida, tirará del hilo de seda, del lino, del brocado de los antiguos tejidos que descansan en el baúl familiar y abrirá otro camino a la sensibilidad del artista. Ella creará en la sombra y en el anonimato, sin firmar ninguna pieza y sin más relieve que el de ser tachada de mera colaboradora cuando su verdadero papel está aún por investigarse. De hecho, existen más que suficientes indicios de que ella alentó y concibió la principal creación del artista: el vestido Delphos, que la pareja confeccionó tras un viaje a Grecia.

Más allá del tiempo.

La Florencia de siglo XV, la Venecia del XVII, Persia, Asia, América del Sur, Egipto, China y Grecia inspiraron la producción textil de Fortuny. En sus composiciones utilizó tintes y pigmentos, fórmulas y pócimas basadas en las antiguas técnicas; toda una impronta de alquimista con la que lograba impregnar a sus tejidos de un aspecto antiguo y auténtico.

En sus creaciones utilizó pigmentos basados en antiguas fórmulas. Así dotaba a sus vestidos de un aspecto antiguo

Su universo artístico, próximo al Arts&Crafts, estaba iluminado por Richard Wagner, que influyó en su obra pictórica y en su talante vital. La concepción de que el artista, a la manera de William Morris, debía controlar todo el proceso creativo es para Fortuny, más que una máxima, una forma de vida. Trabaja como Leonardo. Una curiosidad innata lo convierte en un creador poliédrico y prolífico. Pintor, grabador, escultor, fotógrafo, arquitecto, escenógrafo, luminotécnico, decorador y diseñador. Produce su papel fotográfico, encuaderna sus libros y proyecta y crea sus lámparas y sus muebles. Con el vestido Delphos, presentado el 10 de junio de 1909, se consagra. Inspirado en el famoso auriga griego, se trata de una prenda elegante y versátil, que parecía alcanzar lo imposible. sencillez y complejidad al mismo tiempo. El vestido resalta y se ciñe tan bien al cuerpo femenino, lo dota de tal libertad que rápidamente todas las bailarinas célebres (Ruth Saint Denis, Isadora Duncan… ) lo hacen suyo. La fama del Delphos se extiende como una ola en la alta sociedad. Las mujeres más influyentes se convierten en devotas del vestido. En tanto, Fortuny deambula, cámara en mano, por el más bello escenario, el dédalo de calles de Venecia. Más de 12.000 fotografías configuran unos 200 álbumes.

WOMEN'S FASHION, c1912.  Pleated apricot silk Mariano Fortuny y Madrazo dress. Photograph, c1912.

Los plisados de Mariano Fortuny han inspirado a muchos creadores hasta nuestro días y siguen siendo el epítome de la elegancia.

Como devoto wagneriano, la luz le obsesiona. Crea una cúpula para conseguir efectos lumínicos indirectos en los escenarios, lo que lo convierte en uno de los inventores más inquietos del momento. Firma un contrato con la empresa alemana AEG y consigue que su cúpula se instale en teatros de varias ciudades europeas. Y con ella a cuestas logra incluso llevar a cabo un proyecto de primer orden:  un teatro ambulante bautizado El Carro de Tespi, que lleva instalado su artefacto lumínico y que recorre los pueblos italianos haciendo representaciones; casi a la vez que García Lorca difundía aquí el teatro y los clásicos con un proyecto similar: La Barraca. Marcel Proust, quien lo conoció en uno de sus viajes a Venecia, convirtió a Fortuny en un personaje legendario de En busca del tiempo perdido. Proust lo transforma en el símbolo del artista que vive entregado a su pulsión interior, obsesionado por el ejercicio solitario de la creación.

El Gobierno español rechazó hacerse con el legado Fortuny: un palazzo repleto de valiosas obras de arte

Fallecido en el año 1949, habrá que esperar a finales de los años ochenta para que aparezcan algunos trabajos importantes sobre su obra. Este olvido, que se convierte en rechazo, alcanza su cénit justo cuando el artista desaparece, en el momento en el que él y su viuda deciden dejar como herencia al Estado español el palazzo de Orfei, situado a espaldas del Gran Canal de Venecia, en el que había vivido durante toda su vida; un bellísimo recinto repleto de pinturas, tapices, muebles y valiosas obras de arte. España dice ‘no’ y lo proclama bien alto. El ministro Exteriores de entonces, Alberto Martín Artajo, rehúsa hacerse cargo de la valiosa herencia. Parece dejarle indiferente la singularidad del palazzo y el que haya sido la sede, durante la Primera Guerra Mundial, del Consulado de España; sabe que Mariano Fortuny ha sido cónsul español en la ciudad veneciana desde entonces, que ha ostentado ese cargo durante muchos años y que dimitió de él en 1934, seguramente por desavenencias ideológicas con la República, y que, además, en 1939, en pleno triunfo franquista, volvió a aceptar gustosamente el nombramiento. Pero para las autoridades franquistas, todo eso carece de importancia. Reconocen en Mariano Fortuny al hijo del gran pintor; pero en voz baja hablan de él como un modisto al que no acaban de entender, por mucho que periodistas tan respetables como María Cardona o Julián Cortes Cavanillas, desde el diario ABC, argumenten que es un artista de primera y una suerte inmensa para España heredar su legado. La dictadura, ni siquiera regalado, quiso aceptar el bellísimo palazzo Orfei, que con todos sus tesoros dentro pasó al cabo del tiempo a ser propiedad de la comuna de Venecia. El sueño generoso de Mariano Fortuny, que tan español se sentía, nunca pudo cumplirse.