Siempre ha vivido entre algodones y ha tratado a algunas de las figuras más relevantes del siglo XX. La hermana de Jackie Kennedy habla a corazón abierto de familia, maridos, amoríos, hijos, caprichos y su fascinate vida.

Yaha llegado usted. La voz, potente y ronca, resuena en la sala de estar. Doy la vuelta desde el balcón que da a la parisina Av. Montaigne. Tamizada por la luz del atardecer, aparece una figura esbelta como un cisne, con unos pantalones ajustados de Armani y uns camiseta de seda. Esa voz singular y su figura son las de Lee Radziwill, 80 años, hermana de Jackie Kennedy, decoradora y relaciones públicas ocasional, protagonista y autora de las memorias Happy Times (2003), celebritie eterna en un mundo de celebrities efímeras. Estamos en su apartamento en París (la preferida de todas las casas que he tenido), se siente feliz y se nota. El apartamento está hecho a la medida de su estilo de vida. El salón es una sinfonía de luz, color y pétalos de rosa. Junto a la chimenea hay una banqueta y unos taburetes (van conmigo a todas partes, a cada casa, a mi apartamento de Nueva York) y, contra la pared, un sofá de seda rosa. Siéntese, me invita. ¿Un vodka?, pregunta. Y añade, a una presencia invisible. Para mí, un vaso de agua sin gas. Hay cerca una fotografía que hace poco le enviaron y en la que viste traje rojo de alta costura. No recuerda dónde ni cuándo le tomaron esa foto.Le pregunto si siempre ha sido consciente de esa elegante belleza que posee. Desde el primer momento

responde. Pero nadie más lo pensaba. Mi madre no paraba de decirme que estaba muy gorda, que no era comparable a mi hermana. No fue divertido crecer con ella y su disparatado ascenso social en aquella casa enorme de mi aburrido padrastro, Hughdie Auchincloss, en Washington. En verano, cuando íbamos a la mansión Hammersmith Farm, la cosa no mejoraba. Bueno, al menos estaba el océano, pero mi hermana se agenciaba la habitación con vistas a la bahía de Narragansett y lo único que veía yo desde mi ventana eran dos vacas que llevaban nuestros nombres. Caroline, como yo, y Jacqueline. Habla sin tapujos. Ay, cómo deseaba volver con mi padre continúa. Era maravilloso, imposible no quererlo. Tenía manías muy divertidas, como llevar siempre zapatos negros de charol con el traje de baño. Me irrita que siempre se le etiquete como una oveja negra, un borracho. No me cabe duda de que bebía, debido a las constantes discusiones con mi madre. ¿Quién no lo haría? Pero la única vez que lo vi borracho de verdad fue en la boda de Jackie. Iba a llevarla al altar, pero mi madre se negó a que viniera a cenar con la familia la noche anterior, así que se fue a su hotel y descargó con la bebida toda su rabia y soledad. A la mañana siguiente, no estaba en condiciones de hacer nada, y recuerdo a mi madre gritando ufana. Hughdie, Hughdie, puedes llevar a Jackie al altar. En plena ceremonia, tuve que conseguirle un vuelo de vuelta a Nueva York, acompañado de mi primer marido, también borracho. Fue una pesadilla.De pronto, interrumpe el relato. He reservado mesa en Voltaire. ¿Le parece bien?, me pregunta. Mientras el taxi dobla por la Plaza de la Concordia, Lee charla a corazón abierto. ¿Sabe? París apenas ha cambiado desde que Jackie y yo vinimos en 1951. ¡Éramos tan jóvenes! Era la primera vez que nos sentíamos unidas, encantadas de estar lejos de nuestra madre y de esas cenas interminables con políticos aburridos, esos almuerzos dominicales que duraban horas y en los que no se nos permitía abrir la boca. Los aborrecíamos a todos, excepto a James Forrestal, secretario de Defensa, que sí tenía algo de esa cultura que anhelábamos. Jackie soñaba con Francia y yo con Italia y su arte, lo único que me llamó la atención en el colegio. Mi profesor de Historia del Arte, que me salvó la vida allá en Farmington, estaba obsesionado con Bernard Berenson y me inoculó el veneno. Le mandé varias cartas a Berenson a la Villa I Tatti (el departamento de la Universidad de Harvard dedicado a los estudios sobre el Renacimiento italiano, en Florencia). Me respondió invitándome a visitarlo si pasaba por Italia. Desde París fui a Florencia. ¡Florencia, Berenson y la Villa I Tatti, imagínese! Lo que yo tenga de inteligencia artística se lo debo a ese momento.El portero del restaurante abre la puerta del taxi. Buenas tardes, princesa. Entramos. Princesa Radziwill, es un placer verla. Lee recibe en todo momento un trato propio del Antiguo Régimen, anterior a la Revolución francesa. Se ve por qué le gusta tanto París (le mantienen el trato por el segundo de sus tres maridos, el príncipe polaco Stanislas Stas Radziwill). Créame, cuando venía aquí con Nureyev o Lenny Bernstein, no era así. Yo era una mota de polvo al lado de su grandeza y su genio. Cuando era joven, pensaba que todo el mundo se moría a los 70 años , aunque mis mejores amigos, como Rudolf, Warhol y Capote, y la mayoría de mi familia más cercana, ni siquiera llegaron a esa edad. Entonces se pone seria y se queda callada unos momentos Me gustaría decir algo sobre el paso del tiempo y los recuerdos refle-xiona. ¿Cómo podría olvidar el funeral de Rudolf Nurejev, aquí, en el Teatro de la Ópera? Se cubrió toda la plaza de rosas de color rojo oscuro y crespones negros He visto funerales extraordinarios a lo largo de mi vida. El de Jack [Kennedy], sin ir más lejos, estuvo embargado por una tristeza diferente, por un sombrío, brutal y trágico final de las esperanzas de un futuro más halagüeño y de los boyantes años de su presidencia ¡Las puertas de la Casa Blanca abiertas a artistas y músicos! Aquella fue una época glamurosa, viendo las carreras de la Copa del América desde el yate presidencial, asistiendo a las fiestas en la Casa Blanca Era una cosa deslumbrante Recuerdo la primera vez que Jackie le pidió a Jack que pasara a recogerla a Merrywood (la casa familiar). No se podía mencionar la palabra demócrata en la casa de mi padrastro, y menos en su presencia (no así en la de mi padre, por cierto), y vi cómo Jack pasaba un mal rato. Pero era senador, por lo que ya tenía una cierta autoridad, aparte de una personalidad deslumbrante. Se los ganó en seguida. Sin duda, mi vida podría haber sido muy diferente. No tanto porque Jackie se casara con un Kennedy, sino porque llegó a ser presidente de Estados Unidos.Ahí está la clave, en el poder, según esta dama de la elegancia, considerada el pasado año una de las 50 mujeres mejor vestidas del mundo por una publicación inglesa. Si hubiera perdido las elecciones continúa, probablemente habría pasado casi toda mi vida en Inglaterra con Stas, a quien adoraba, y nuestros dos hijos, Anthony y Tina. Teníamos aquel hogar maravilloso en la plaza Buckingham, detrás del palacio, y la casa de campo más bonita del mundo en Oxfordshire, Turville Grange, que nos decoró Mongiardino. Vistió la paredes del comedor con pañuelos sicilianos y le pidió a Lila di Nobili que pintara las habitaciones de los niños con sus animales favoritos hilvanados con tiras florales. Quedó precioso. En mi opinión, esa era la esencia del mejor diseño. una perfecta estancia estilo Turgenev, algo sencillo y original que queda en la memoria para siempre. Como la Villa I o la casa de Peter Beard en Montauk. Aunque no siempre fui tan sobria en mis gustos. de niña, la persona que más admiraba en el mundo era ¡Lana Turner! Me parecía el colmo de la elegancia; me fascinaba su aura sofisticada, todo lo contrario del gusto rematadamente vulgar de mi madre. Lee no tiene pelos en la lengua a la hora de hablar negativamente de su madre y, sin embargo, no dice ni una palabra malsonante sobre ninguno de sus amigos (son mis ángeles de la guarda), muchos de los que conserva desde hace décadas y otros más recientes, como Sofia Coppola o el diseñador Giambattista Valli. Nadie ha tenido mejor gusto que Rudolf Nurejev recuerda, con sus grandes cuadros decimonónicos de hombres desnudos colgados en las paredes de brillante terciopelo, telas y pieles ruso-orientales, todas inmensas. Quedó tan impresionado con el trabajo que hizo para mí Mongiardino en la casa de Inglaterra que lo contrató para sí y para algunos de sus ballets De pequeña, no me enseñaron nada parecido a eso. De hecho, mi infancia me reportó nada. No fui al teatro con mi madre hasta los 14 años, y fue para ver Hansel y Gretel. Por supuesto, mi padre se deshacía en mimos cuando me dejaban ir a verlo (esos vuelos terribles, sola, entre Washington y Nueva York). Me llevaba a ver películas de Danny Kaye, alquilaba un perro para pasearlo por el parque los domingos (cada domingo un perro diferente) y acababa comprándome un helado de caramelo con almendras en Schraffts. Mi madre simplemente me tuvo, dejándome al cuidado de una serie de institutrices horrorosas. Había una particularmente bestia llamada Aggie, a la que recuerdo bien. No tenía ni idea de cómo ser madre yo misma, y espero haber salido airosa con Tina y Anthony. He sido bendecida con dos hijos maravillosos. Anthony y yo estuvimos muy unidos los años previos a su fallecimiento, y mi hija, Tina, que lleva una vida de lo más original, vendrá pronto a pasar conmigo cuatro semanas en Italia . Exquisita en las formas en todo momento, vuelve a mirarme y dice. Perdone, es muy tarde. Me parece que debe de estar agotada. La noche se ha echado encima y, de vuelta a su apartamento, la estancia está ahora oscura, a excepción de un foco de luz violácea en el sofá. Lee me acompaña hasta la puerta con Zinnia (su perrita, una bola de pelo blanco ensortijado).>innie, no! ¡Mañana!, le dice a la perrita, que juega sin parar con nuestros pies. Tomemos el desayuno al aire libre en LAvenue me propone. ¡Buenas noches!. La puerta se cierra despacio, se abre el ascensor. Todo tan fácil, tan civilizado. Se entiende por qué le gusta tanto París. En duermevela, repaso los datos de la casi leyenda con la que he estado Caroline Lee Bouvier, nacida en 1933, hija de John V. Bouvier III y Janet Lee, cuatro años menor que su hermana Jacqueline. Casada en 1953 con Michael Canfield; después, en segundas nupcias en 1959, con el príncipe Radziwill, con el que tuvo dos hijos. Anthony y Christina (Tina); y de nuevo en 1988 con el director de cine Herbert Ross. Recuerdo también sus romances con los hombres más atractivos del momento, como el fotógrafo Peter Beard o el arquitecto Richard Meier, a los que tal vez haya que sumar a Mick Jagger. Su boda cancelada a última hora con el hotelero de San Francisco Newton Cope. Y no me olvido de una época de frustración, exacerbada por los problemas de salud de su hermana y por la difícil relación con sus hijos, un momento que la sumió en una profunda depresión con caídas en el alcoholismo, algo que acabó haciendo público con valentía y que superó. Tanto es así que, de hecho, fue capaz de hacerles frente a dos muertes. la de su sobrino John F. Kennedy júnior, con quien estaba muy unida, y la de su hijo Anthony, víctima de una forma rara de cáncer.Ambas tragedias, agravadas por otros terribles e imborrables recuerdos anteriores, la convencieron para llevar una vida con menos presión, en la que su pasado, bueno o nefasto, no pendiese sobre su día a día, y decidió contarlo.Si en 1974 había publicado con su hermana Jackie el libro de recuerdos de su viaje a Europa, One special summer (Un verano especial, sin publicar en español), en 2003 preparó sus memorias, Happy times (Tiempos felices; tampoco traducido en nuestro país). Nos reencontramos al día siguiente, como ella dijo, al aire libre, en un elegante café a tiro de piedra de su casa. Le tienen preparada la mesa y, sin que ella ordene nada, traen agua, un café y un cenicero. En fin. ¿Qué viene ahora?, pregunta. Le digo que hable de sus matrimonios. ¡Vaya!, exclama. Se queda desconcertada y, tras una pausa, responde. ¿Por dónde empezamos?. Hábleme del primero, digo.ra muy joven cuando nos conocimos, y él era tan guapo e inteligente Me moría de ganas de alejarme de mi madre, y creía que él me podía ofrecer todo. estilo, privilegio, amistades, diversión recuerdaEra un brillante editor. Durante un tiempo fui locamente feliz, pero bebía demasiado. Intentó dejarlo, pero no aguantó mucho. Decía que yo estaba en armonía con la vida y él no lo estaría jamás. Y a eso se añade que yo había conocido ya a Stas Estaba en pleno divorcio por entonces, nos enamoramos y, luego, nos casamos Mi matrimonio con Stas fue, sin duda, el momento más feliz de mi vida, ha sido el amor de mi vida. ha habido otros amoríos, otros amores incluso, pero nunca esa alegría, esa vida fecunda que compartí con Stas. ¿Y Herbert Ross?, pregunto. Ay no, ¿tenemos que hablar de eso? Está bien. Él era muy diferente de cualquiera de mis otras parejas, y el mundo del cine parecía excitante Bueno, pues no fue así. Acabé odiando Hollywood y toda aquella industria provinciana Y se acabó. ¡nada más de maridos!.Volvamos al asesinato del presidente Kennedy. ¿Recuerda dónde estaba? Como si fuera ayer. Era por la tarde, en Londres. Stas subió las escaleras en estado de shock. Me puse a llorar durante horas. No podía parar. Al final, me dijo. Lee, tienes que controlarte, y de golpe me cesaron las lágrimas. Aquella fue la última vez que he llorado. No he vuelto a llorar desde entonces, nunca. Solo por dentro.Le pregunto, para finalizar nuestros encuentros, si es nostálgica. ¿Melancólica? repite. Habría que tener el corazón de hielo para no serlo, aunque he sido y soy feliz. He tenido una vida excitante, conservo viejas amistades, tengo esta casa, esta vista, mi luminoso apartamento en Nueva York Sí, y a ti, Zinnie. En fin, una dulzura vivir en esta ciudad.

Elegancia naturalEl nombre auténtico de lee es caroline y vive entre parís y nueva york. se casó tres veces y ha publicado dos autobiografías.

Sofia Coppola Directora de cineAprecio que sea tan sincera èSe cococieron en un aeropuerto el año pasado y Lee le pidió que cuidara a su perrita mientras iba a fumar furtivamente uno de sus cigarrillos Vogue. Me apasiona escuchar historias sobre su vida, asegura la directora de The Ring Bling.

Giambattista Valli Diseñador de modaLa define la palabra síntesis èLa conoció hace ocho años, en su primer desfile, y desde entonces se han hecho grandes amigos. Es una mujer muy apreciada por todos con los que se ha cruzado en la vida, de la reina de Inglaterra a Onassis. Es síntesis vital.

Peter Beard Artista Fuimos de gira con los RollingèSe conocieron un verano en Grecia, cuando Jackie y Onassis estaban juntos. Lee ha sido siempre quien mejor gusto ha tenido de la familia, además de humor e inteligencia Una vez nos fuimos con los Rolling.