Comodidad y cero pretensiones estéticas. Esas son las premisas del ‘normcore’, un estilo en el que prima la normalidad y vestirse de modo ‘desintencionado’. Pero ¿es compatible vestir ‘normal’ e ir a la moda?

Son las diez de la noche. Es hora de sacar a pasear al perro. A sabiendas de que no te vas a encontrar con nadie, abres el armario y te vistes con lo primero que encuentras. esos vaqueros viejos y anchos que hace un lustro que no te pones, las zapatillas de deporte y una camiseta promocional que ni recuerdas de dónde salió. Una coleta y lista. Y así, sin darte cuenta, sales a la calle convertida en una normcorer de manual. Pero también en víctima de una de las muchas paradojas de nuestros días. dar la espalda a lo trendy y renunciar a la moda para apostar por la comodidad, lo anodino e incluso lo vulgar te ha convertido en fashionista. Bienvenida a la era del normcore.

El término, fusión de normal y hardcore, lo acuñó en 2013 el colectivo cazatendencias neoyorquino K-Hole. Su definición oficial dice así. Se trata de alejarse de lo cool basado en la diferencia, para acercarse hacia una posautenticidad dentro de la igualdad . Es decir. la misma obsesión de siempre por lo auténtico, solo que esta vez hay buscarla desde dentro del rebaño. La clave del normcore está en la letra pequeña. tiene que ser effortless, es decir, espontáneo, despreocupado, sin pretensiones ocultas ni ironías fashionistas. Y se traduce en sudaderas en vez de americanas, zapatillas de deporte en vez de zapatos, vaqueros anchos y de tiro alto en vez de esos pillitos que dificultan la respiración Pero no todo es cuestión de armario. para sus ideólogos, la clave no está en el look, sino en la actitud.

¿Qué es ‘Normcore’?

La definición más gráfica de esta tendencia a la que Jeremy Lewis, editor de la publicación neoyorquina sobre moda Garmento, ha llamado el antilook ha sido la de Simon Doonan, columnista de la revista Slate y creativo de los grandes almacenes de lujo Barneys. Para él, el normcore es vestirse como un apacible enfermo mental o un desorientado estudiante islandés de intercambio en 1984 . El fenómeno ha inspirado auténticos tratados filosóficos y fashionistas, y ha despertado todo tipo de filias y fobias. Apela a muchos tabús del estilo que son un cliché, pero no es la ironía lo que me gusta; lo que me resulta sexi es su practicidad y la ausencia de tontería. Me gusta la idea de que una persona no necesita su ropa para hacer una declaración de intenciones , explica Jeremy Lewis. En cambio, otros asisten con escepticismo a este renovado fervor por la normalidad y ejercitan su sarcasmo frente a él.

Como Thomas Frank, columnista de la revista Salon. Si tenemos suerte, esto tiene el potencial de convertirse en el armagedón [ ], en el colapso absoluto del imperio de lo cool .Para algunos, el normcore es la reacción lógica de una sociedad saturada por la omnipresencia de la moda en nuestras vidas (las pasarelas, las revistas, la publicidad, la televisión, las alfombras rojas ). Pero también al hecho de que cualquier cadena de moda desde Zara hasta la americana Forever 21 sea capaz de reproducir en cuestión de horas el uniforme completo de la última tribu urbana, haciendo imposible que ninguna de ellas sea realmente alternativa o auténtica. Pero el normcore es también la contestataria respuesta a los últimos modernos. los hipsters. Todas esas barbas, gafas de pasta, accesorios vintage y esa actitud de culturetas resabiados que han cultivado miles de urbanitas durante el último lustro requieren, sin duda, muchísima planificación y esfuerzo. Nada que ver con el normcore y su devoción por lo effortless, por lo sencillo, lo normal.

¿Cómo ser ‘Normcorer’?

Sin retrato robot ni perfil socioeconómico ni rango de edad que defina la tendencia, cualquiera puede serlo. También los impostores que rescatan los boyfriend jeans de hace dos temporadas y la camiseta blanca que olvidaron hace meses en la cesta de la ropa y que ahora se echan a la calle para presumir de outfit. Ellos, los mismos fashionistas de toda la vida, ahora pretenden ir de normales. Pero no. Los auténticos normcorers son los cientos de millones de personas que, probablemente, nunca han oído hablar del fenómeno. Son esos millones de padres, abuelas o adolescentes sin gusto ni interés por la ropa, o esas madres treintañeras sin tiempo ni ganas para ir de shopping.

Pero también el clásico turista americano con sandalias y calcetines (convertidos en el icono del movimiento normcore) y hasta Mariano Rajoy, convertido por obra y gracia de su chándal veraniego en un normcorer de pedigrí. El normcorer también tiene iconos insospechados en los que fijarse, como el cómico Jerry Seinfeld, que dominó la pequeña pantalla en los noventa vistiendo vaqueros, zapatillas blancas y camisas abotonadas hasta el cuello. O Steve Jobs, famoso por su invariable look de vaqueros y jerséis negros de cuello vuelto (el diseñador japonés Issey Miyake le confeccionó, por encargo, cien unidades iguales). O Mark Zuckerberg y su eterna sudadera, el paradigma de la normalidad llevada hasta las últimas consecuencias. así saludó, por ejemplo, a los entonces Príncipes de Asturias en una conferencia tecnológica celebrada en febrero en Barcelona.

¿En quién fijarse?

Los iconos femeninos son más estilosos. Inès de la Fressange, con sus jeans blancos, sus camisas y bailarinas; Kristen Stewart, fan del combo camiseta-jeans-zapatillas; Keira Knightley, protagonista de Begin again, una oda a la normalidad fashionista, o Chloë Sevigny, con sus vestidos camiseros, sus vaqueros de tiro alto y sus zapatos casi ortopédicos. El propio Barack Obama se ha convertido en paradigma (involuntario) de la normalidad. Al menos, así lo quiso pintar la exgobernadora de Alaska Sarah Palin, insinuando que el presidente era demasiado anodino para ser un líder mundial digno de respeto. La gente ve a Putin como a un hombre que lucha frente a osos y perfora en busca de petróleo, y mira a Obama y solo ve como a un tipo que viste mommy jeans [vaqueros de madre], se equivoca y habla mucho .

Pee una tendencia es corta y el normcore, casi sin haber arrancado, ya se ha institucionalizado. Porque puede que el fenómeno ignore activamente a las marcas (sobre todo, a las de lujo), pero desde luego las marcas no ignoran el fenómeno. En marzo, Karl Lagerfeld presentó la colección de otoño de Chanel ambientando el Grand Palais de París como un supermercado en las que sus modelos paseaban en zapatillas, vaqueros holgados, camisetas y gorras de béisbol. En esencia, todo lo que no se espera en un desfile de alta costura. Así es como, paradojas de la vida moderna, la moda que nunca tuvo afán de serlo se ha convertido en la tendencia del próximo otoño. Por poco tiempo, eso sí. Hasta que una nueva moda la fagocite, los falsos normcorers renueven su fondo de armario y los turistas con sandalias y calcetines blancos dejen de ser un icono.

‘Be normal’

Consejos para no destacar

-Los Vaqueros. poco ceñidos y de tiro alto. También conocidos como boyfriend jeans o mommy jeans. Suelen estar desgastados y, en ocasiones, llevan dobladillo. Esos aburridos pantalones con pinzas que pueblan el armario de tu padre también se llevan.

-La camiseta. básica y blanca. Si estaban de oferta, mejor que mejor, o con publicidad pero sin mensajes pretenciosos. Para el frío, la prenda fetiche es una sudadera de deporte. O mejor. un forro polar. En su defecto, cualquier jersey oversize sirve.

-El chándal. de felpa hasta para la oficina. Y sácalo a la calle, porque los normcorers lo utilizan para ir a hacer la compra. Eso sí, evita el chándal vintage. estarás adentrán-dote en territorio hipster.

-Las zapatillas. blancas y sin marca. Cuanto más anodinas, mejor, y aquellas chanclas de goma de Adidas que no se ven por el mundo desde principios de los noventa han vuelto. Los calce-tines blancos de turista son opcionales. Unas bailarinas corrientes y molientes también pueden funcionar.

Los vestidos. cuanto más anodinos, mejor. Camiseros, flojos, sin grandes estam-pados ni estriden-cias. Y de colores neutros, que no tienen que combinar necesariamente con el resto del outfit.

-El maquillaje. ante todo, que no se note. Del maquillaje o el pelo no hay que preocu-parse. Una coleta o una melena suelta que no haya sido domada por el secador y las planchas basta. El maquillaje tiene que ser prácticamente imperceptible; aunque lo suyo es ir con la cara lavada.