Las minicasas se han convertido en todo un movimiento social en Estados Unidos. Diminutas, dentro esconden mucho diseño y, sobre todo, otra manera de vivir. Por Ixone Díaz Landaluce

La escalera esconde un armario bajo sus escalones, la mesa de la cocina se pliega hacia la pared, la cama descansa sobre un altillo construido sobre el techo del baño, y una puerta corredera separa el retrete del frigorífico… Todo en apenas 30 metros cuadrados, 40 a lo sumo. Así son las tiny houses o minicasas.

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Fabricada por Timbercraft Tiny Homes (Alabama), esta diminuta vivienda cuenta con un salón-cocina, un baño, una pequeña ducha, un desván y un miniporche. Todo está hecho a medida

En Estados Unidos, el país donde la superficie media de los hogares es de 247 metros cuadrados, han dejado de ser una moda para convertirse en un fenómeno social. En parte, por la crisis económica y la necesidad de construir viviendas más asequibles y en parte porque ofrecen algo tan radical como cambiar de vida.

En su interior, lo importante no es el tamaño, sino el diseño: sus muebles se transforman y tienen dobles (o triples) usos, hay paredes móviles, armarios ocultos, mesas y camas retráctiles… Gracias al ingenio y al minimalismo, tienen casi todas las comodidades de un apartamento convencional: desde horno, frigorífico y lavadora hasta chimenea o bañera. Además, suelen ser plenamente autosuficientes gracias a depósitos de agua, paneles solares y bolsas biodegradables para acumular los residuos del baño. Eso sí, el orden (nivel obsesivo-compulsivo) no es una opción, sino más bien una necesidad.

El pequeño imperio

En realidad, el concepto nació en Japón en los años noventa, donde las kyosho jutaku (microcasas en su traducción literal) se convirtieron en un ingenioso parche para solucionar los problemas de superpoblación en Tokio. Sin embargo, el fenómeno se popularizó en Estados Unidos, donde el libro de fotografía y dibujos Tiny houses, que el arquitecto Lester Walker publicó en 1987, se ha convertido en una de las biblias del movimiento. Pero sus adeptos también tienen un profeta moderno. Se llama Jay Shafer y en 1999 construyó una casa de ocho metros cuadros en la que vivió durante los siguientes cinco años. Así es como este autodenominado ‘claustrófilo’ empezó diseñando planos y terminó levantando un pequeño imperio que incluye las dos empresas líderes en el sector de la construcción de tiny houses en Estados Unidos: Four Lights Tiny House Company y Tumbleweed Tiny House Company.

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Una cabaña de lujo: la casita Diogene, diseñada por el arquitecto italiano Renzo Piano, tiene una superficie de 2,5 por 3 metros y se puede montar donde se desee. De apariencia sencilla, cuenta con una estructura técnica de gran complejidad que garantiza su total autonomía

Ya ha entregado más de 3000 minicasas, a las que hay que sumar aquellas que, producto de la fiebre por el ‘hazlo tú mismo’, se han construido a partir de los planos que él mismo diseña. El precio puede oscilar entre los 15.000 dólares de quien la construye por su cuenta y riesgo y los 100.000 que cuestan los modelos más sofisticados.

Las minicasas suelen ser autosuficientes, con depósitos de agua o paneles solares

Pero, además de haber dado lugar a todo un nuevo sector económico, el fenómeno también ha tenido un importante impacto social. Después del huracán Katrina, la arquitecta Marianne Cusato utilizó el concepto para construir pequeñas residencias para quienes lo habían perdido todo durante la catástrofe. Y en Austin (Texas), cuna de todo lo alternativo y lo hipster, ya se ha puesto en marcha una de las primeras comunidades de tiny houses como solución habitacional para los homeless de la ciudad.

Un estilo de vida

Como buen fenómeno, a su alrededor ha florecido toda una subcultura: desde programas de televisión (como Tiny house hunter o Tiny house nation), webs especializadas (thetinylife.com), libros convertidos en auténticos manifiestos (Not so big)… De hecho, la tinymanía ha llamado la atención de arquitectos de renombre, como el italiano Renzo Piano, que ha creado su propia versión de minicasa: siete metros cuadrados y medio en los que ha conseguido encajar una cocina, una ducha, una cama, armarios, paneles solares… Todo por 20.000 euros.

El fenómeno nació en Tokio en los años noventa y de ahí saltó a Estados Unidos

Pero vivir en 30 o 40 metros cuadrados no es para todo el mundo. Más que una casa, una tiny house es un estilo de vida. Pero ¿para quién? Están quienes no quieren (o no pueden) hipotecarse comprando una vivienda convencional y prefieren esta opción al alquiler. En su mayoría, jóvenes sin ataduras y sin grandes necesidades de espacio. Está también quien lo hace por convicciones existenciales (para llevar una vida más sencilla o más nómada) o medioambientales, pues la mayoría de estas casas son autosuficientes, bioclimáticas y sostenibles. Pero en Estados Unidos también abundan los jubilados que han decidido renunci ar a casas demasiado grandes, pensadas para familias numerosas, para llevar una vida más austera y tranquila. Sin embargo, tampoco hay que dejarse cegar por la fotogenia de estas casas.

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Caravanas de diseño: Las casas sobre ruedas fabricadas por Tiny Heirloom (Portland, Oregón) incorporan tecno-logía de última generación y eficacia energética a miniespacios diseñados con mucho estilo

Si bien es cierto que son irresistiblemente monas, en una minicasa no se puede disfrutar de dos espacios diferentes simultáneamente (la habitación y el salón, por ejemplo) y, a largo plazo, eso puede resultar claustrofóbico y afectar a la convivencia.

Microcasas en España

Pese a todo, el fenómeno ha cruzado el charco y está teniendo mucha aceptación en países como Francia. Sin embargo, España todavía es un terreno poco fértil para este tipo de minihogares. Pero eso podría cambiar pronto. Esa es, al menos, la predicción de Daniel Corbi, arquitecto y gerente de Microcasas. Después de estar quince años trabajando en arquitectura bioclimática y buscando «conceptos cada vez más sostenibles», hace cinco años su estudio de arquitectura empezó a diseñar varios modelos de minicasas. Gracias, entre otras cosas, a los programas de televisión que han popularizado el fenómeno en nuestro país, el concepto despierta mucha curiosidad: «Hay dos perfiles: gente joven o personas jubiladas que quieren cambiar de vida. Suelen buscar un espacio pequeño para uso puntual o profesional», asegura Corbi.

En España, se ven como una alternativa a la despoblación de las zonas rurales

Un montaje básico (sin instalaciones) cuesta en torno a 700 euros por metro cuadrado y en un plazo de un mes y medio, la empresa se ocupa de diseñar el modelo, construirlo (se prefabrican en una nave industrial) y gestionar las licencias. Ahí es donde, a menudo, se encuentran con la mayoría de los problemas. «Hay que consultar con cada Ayuntamiento. Cualquier construcción, y esta no es diferente, está sujeta a licencia. Dependiendo del tamaño y del uso que se le vaya a dar, será una licencia de obra mayor o menor y será más o menos fácil de conseguir», continúa. Aunque en España estas casas no tienen ruedas, se consideran bienes muebles (no inmuebles) porque pueden trasladarse de un lugar a otro. Sin embargo, eso no facilita el proceso. «Los ayuntamientos no son dados a conceder este tipo de licencias. Pero ahora que la tecnología nos permite ser autosuficientes, teniendo suministro eléctrico propio y hasta estaciones depuradoras para solucionar el problema de los residuos, la ley debería cambiar». Poco a poco ya lo está haciendo. En Navarra, por ejemplo, se ha modificado la normativa sobre casas de aperos para facilitar la construcción de pequeñas casitas autosuficientes. «Se han dado cuenta de que si no favorecen este tipo de construcciones el medio rural está desahuciado. Y esta podría ser una buena solución para impedir esa despoblación». Según el arquitecto, en España el futuro de las minicasas pasa por convertirlas en segundas residencias para disfrutar durante las vacaciones o los fines de semana.


En tiempos de crisis

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Denominadas como Katrina cottages, este tipo de viviendas surgió para acoger a familias que lo habían perdido todo tras la catástrofe del huracán Katrina, en el año 2005.

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