La publicación de las cartas que Richard Burton le escribió a su amada Liz Taylor sacaron  a la luz nuevas revelaciones de una pasión que conmovió a Hollywood y al mundo. Por Carlos Manuel Sánchez

“Queridísima boba, no puedo vivir sin ti. Lo eres todo para mí: el aire que respiro, mi sangre, mi mente, mi imaginación…… Tontita mía, mi paloma buchona. Amo cada gramo que pesas. Te quiere con locura, tu pichón”. Las cartas de amor, si hay amor, tienen que ser ridículas. Por lo menos, así lo consideraba Fernando Pessoa. Y las cartas que Richard Burton le escribió a Elizabeth Taylor y que la actriz ha tenido guardadas durante 26 años en su mesilla de noche tienen ese aire de intimidad desbocada y febril que sólo se da cuando estamos enamorados. Da pudor asomarse a tanto sentimiento desnudado. ¡Cómo se amaban! ¡Con qué ferocidad se quisieron hasta destrozarse! También escribió Pessoa que, al fin y al cabo, sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor sí que son ridículas.

Elizabeth Taylor y Richard Burton

Taylor nunca pensó en publicarlas. ¿Por qué lo hizo? No por dinero. A sus 78 años, ni le faltaba ni le motivaba. Y no era tan narcisista como para airear sus intimidades. Siempre se ha cerrado en banda cuando se han aproximado a ella para escribir su biografía. Y esas cartas era su tesoro más precioso. Las ha releído durante décadas. Noche tras noche. Son recuerdos que la han alimentado durante su vejez y sus enfermedades. No, si los autores de Furious love: Elizabeth Taylor, Richard Burton and the marriage of the century sólo le hubiesen ofrecido una pasta y el enésimo ejercicio de exhibicionismo en una vida que ha sido mediática desde los 12 años, les hubiera dado con la puerta en las narices. Buena era ella… Si Taylor dio su bendición fue por otra razón: demostrar cuánto se querían, a pesar de las broncas, la decadencia, el alcohol, los divorcios… Porque fue el romance del siglo. Esas cartas son una reivindicación del amor. «Estuvimos enamorados veinte años. Desde el día en que nos conocimos. Sigo enamorada de Richard. Si viviera, estaríamos casados, pero no tuvimos suficiente tiempo. Nos faltó vida para vivirla juntos», explica Taylor.

«Encuentro muy difícil permitir que mi vida entera dependa de la existencia de otra criatura. Encuentro igualmente difícil, a causa de mi arrogancia innata, creer en la idea del amor. No existe tal cosa, me digo a mí mismo. Hay lujuria, por supuesto, y el afán de usar a otra persona y de dejarte usar, y celos, y deseo, y poder, pero no existe la idiotez del amor. ¿Quién se ha inventado ese concepto? Me rompo la cabeza y no lo entiendo.» Burton era duro de pelar. El duodécimo hijo de un minero galés, que se ganó una beca para estudiar en Oxford y se labró su prestigio interpretando a Shakespeare, tenía los prejuicios de un intelectual hacia el amor. Era un ser atormentado que aborrecía a su padre (ni siquiera fue a su entierro), que tenía el hígado macerado en ginebra, con una sexualidad compulsiva. Decían sus compañeras de reparto que se hubiera tirado hasta a un mapache. Por eso resulta tan conmovedor que cayese con todo el equipo cuando se cruzaron en su vida los ojos lapislázuli de Liz Taylor.

Se conocieron durante el rodaje de Cleopatra, en 1961. Fue un flechazo. Se amaban más de lo que se entendían

Fue durante el rodaje de Cleopatra, en 1961. Taylor recuerda que Burton entró en el set, saludó al director y a los técnicos, se acercó a ella y le soltó: «Nadie me había dicho que eras una monada». A la actriz se le cayó el mito. «Vaya con el intelectual, tan inteligente y me viene con esa vulgaridad. No me lo podía creer. Estaba deseando contárselo a las chicas. Nos reímos mucho. ¡Richard era una leyenda! Un actor de verdad, no una estrella de Hollywood. Alguien que se sabía todo el guión antes de empezar a rodar, sus diálogos y los de todo el reparto. A mí me imponía mucho. Pero al día siguiente llegó al estudio tambaleándose. No he visto a nadie tan borracho. Temblaba de pies a cabeza y tenía la cara llena de babas. Pidió un café, pero era incapaz de sostenerlo. Tuve que dárselo yo. Lo vi tan vulnerable, tan humano… me enamoré como una cría».

Elizabeth Taylor y Richard Burton Cleopatra

Taylor tenía 29 años, tres hijos e iba por su cuarto matrimonio. Burton, también casado, tenía 36 y era padre de dos hijos. Fue un escándalo. El Vaticano y el Congreso de EE.UU. condenaron el adulterio. «En Roma había gente que escupía en la acera cuando se cruzaba conmigo por la calle. Incluso hubo periódicos que pedían que me retirasen la custodia de mis hijos», rememora Taylor. Pero la relación continuó durante tres años, hasta que ambos se divorciaron de sus respectivos cónyuges y decidieron casarse. Antes, sin embargo, habían intentado salvar sus matrimonios. «Cuando nos dimos cuenta de que estábamos dañando a demasiadas personas, cortamos. Pero el sentimiento de pérdida para mis hijos fue abrumador y tan lacerante como el mío, en especial el de María, la niña que adopté en Alemania y que había necesitado varias operaciones y años de rehabilitación para caminar. ¡Se llevaban tan bien! Cuando jugaba con ellos, se convertía en un crío. Tenía un humor salvaje. Les expliqué que Richard tenía dos hijas pequeñas y su obligación era quererlas. Pero mis hijos no entendían que no pudiese quererlos a ellos también». Para Burton, fue igualmente dramático. «Si me dejas, tendré que matarme. No hay vida sin ti», sentenció.

“Sabes lo mucho que te quiero y lo mal que te trato”, escribía el actor. “Ni tú me entiendes ni yo a ti”

La que estuvo a punto de morir fue Taylor, aunque no por amor. Comió una lata de judías en mal estado y su salud se complicó con una neumonía que la tuvo al borde de la muerte. Su marido estaba de viaje en Lisboa. Richard Burton, rodando en París. Los dos volaron al hospital, pero Burton llegó antes. La boda se celebró sólo nueve días después de que Taylor firmase su divorcio. «¡Qué alivio dejar de ser yo, Elizabeth Taylor, y convertirme en la señora Burton! Ahora respiro tranquila. Ya no voy directa al desastre. Es la primera vez que no tengo miedo de mí misma», dijo.

Sin embargo, la vida en pareja fue un choque de trenes. «Sabes bien lo mucho que te quiero. Y también sabes lo mal que te trato. Pero, en esencia, lo más retorcido, sucio, cruel y persistente de nuestra relación es que se fundamenta en los malentendidos. Ni tú me entiendes ni yo a ti», reconoció Burton. Taylor tampoco era una mujer fácil. «Soy perversa con los hombres, me gusta sacarlos de sus casillas». Las peleas eran de época. «Una vez tenía la gripe. Estaba metida en la cama, viendo la televisión, cuando llegó Richard del teatro hecho un basilisco después de interpretar a Hamlet. ‘¡Apaga la tele! ¡Me han abucheado!’, gritaba. Habrá sido un idiota, intenté tranquilizarlo. Pero él la emprendió a patadas con la tele y se cortó el pie. Tuve que curarlo con yodo y ponerle una venda, pero no paraba de sangrar. Tenía un poco de hemofilia y sus heridas tardaban en cerrarse. Y no dejaba de gritar que lo habían abucheado. Y a mí me dio por reírme. No pude evitarlo. Y él me miraba como si quisiera matarme. La verdad es que me encantaba pelearme con él. Era elegante incluso en una trifulca. Era como una pequeña bomba atómica, pero siempre sabía decir algo gracioso. Cuando nos alojábamos en el hotel Regency de Nueva York, había gente que alquilaba a propósito la habitación que estaba debajo de nuestra suite y ponía un vaso en el techo para enterarse de nuestros insultos. Supongo que los vasos se romperían». Pese a sus temperamentos volcánicos, sus carreras seguían viento en popa. «Eres la mejor actriz del mundo. Y tu talento, combinado con tu extraordinaria belleza, te hace única. Cuando quieres ser divertida, eres tronchante. Cuando te pones trágica, eres la más trágica. A tu lado, Greta Garbo y Sarah Bernhardt me hacen reír», la piropeó. Y Taylor agradecía esas lisonjas: su autoestima profesional estaba por los suelos. Era patológicamente insegura. «Casi toda mi vida he odiado actuar. He hecho películas horrorosas. Temo que Cleopatra haya sido uno de los momentos más bajos de mi carrera. Nunca habría ido al cine a verla», se sinceró a la revista Life en 1964. Tampoco Burton tenía una elevada opinión de su oficio. «Hubiera preferido ser escritor. Nunca he superado la sensación de que actuar no es una profesión digna para un hombre. Es afeminada y ridícula. Si soy actor, es sólo por dinero».

Elizabeth Taylor y Richard Burton

Y lo ganaron a espuertas. «La primera vez que pedí un millón de dólares no lo pensé. Fue la primera cifra que me pasó por la cabeza. Me quedé de piedra cuando el productor aceptó», cuenta Taylor en la mencionada entrevista. «Soy una mercancía. No sé cuáles son los ingredientes del producto Liz Taylor, pero sé que hace dinero. Y tampoco sé qué imagen tiene de mí cualquier señora que lea las revistas. Supongo que pensará que soy una bruja perversa y sin sentimientos, despiadada, imbécil, que levanta el dedo y consigue lo que quiere. Ahora pido un millón y me quedo tan fresca. Me siento como un gran chuletón de vaca».

Burton y Taylor se mudaron a París para pagar menos impuestos. Exigían 1.125.000 dólares por cabeza cuando protagonizaban juntos una película. «El precio de la comida ha subido. Y el de los diamantes», bromeaba la actriz. Pero las desavenencias domésticas iban de mal en peor. «Funcionamos en diferentes longitudes de onda. Tú eres tan distante como Venus, me refiero al planeta. Y yo soy sordo como una tapia a la música de las esferas», escribe Burton. También había cierto rencor. Taylor había ganado dos Oscar; Burton, ninguno, a pesar de sus siete nominaciones. Al actor le mortificaba sentirse en inferioridad ante su mujer, a la que trataba con condescendencia. Recuerda Taylor: «No estoy orgullosa de nada de lo que he hecho como actriz, pero sí de las lecturas poéticas que hice con Richard en Nueva York. Él pensaba que no podría estar a su altura. Pero recité mis estrofas sin equivocarme. Y nos ofrecieron una gira de recitales por medio millón de dólares. ¡Medio millón por leer poesía!».

“Richard tiene algo salvaje. Cuando él y yo nos miramos, es como si nuestros ojos tuviesen dedos y se tocasen”

Formaban la pareja más perseguida, más envidiada, más criticada. Los precursores de “Brangelina“. ¿Qué los hacía tan atractivos? Taylor no se lo explicaba. «No soy una gran belleza, al estilo de Ava Gardner. Soy guapilla. Y no tengo complejos, aunque soy paticorta, tengo los brazos gordos, papada, pies grandes, manos grandes y estoy gordita. Lo mejor es mi pelo, aunque se haya vuelto gris. Si quieres ser una reina del sexo, tienes que desnudarte. Jamás he hecho nada abiertamente sexy en una película. Si mi marido piensa que soy sexy, eso me basta», reflexionaba en la treintena. Y añadía: «Quizá Richard y yo, juntos, somos un sex symbol porque sugerimos amor. Al principio, amor ilícito. Nuestra sociedad sigue considerando el amor ilícito más atractivo que el matrimonio. Pero también hay una sugerencia de sexo salvaje. Pero lo que yo encuentro sexy en un hombre es la calidez. Richard tiene un toque de la jungla. No es la manera en que se peina ni la ropa que se pone. Ni que tenga musculitos… Pero cuando Richard y yo nos miramos, es como si nuestros ojos tuviesen dedos y se tocasen».

Richard Burton y Elizabeth Taylor

Luego llegaron más platos rotos, las malas películas, las operaciones de la columna vertebral de Taylor, más borracheras de Burton, el aburrimiento… Y el primer divorcio en 1974. Pero que les quitasen lo bailado. Fueron diez años extravagantes, suntuosos. Cuando Taylor cumplió cuarenta, Burton planeó alquilar el Concorde y dar la vuelta al mundo, luego cambió de idea. Al final tiró por la calle de en medio. Otro diamante, tallado por el mismo artesano que esculpió el Taj Mahal. Ya le había regalado el descomunal diamante Krupp. «Creo que es de justicia poética que una pequeña chica judía como yo acabe con el pedrusco del barón Krupp», bromeó ella. Elizabeth se había convertido al judaísmo cuando se casó con Mike Todd en 1957.

«Me siento castigado por los dioses porque me regalaron el fuego. Y yo me he empeñado en apagarlo. El fuego, por supuesto, eres tú», escribió el actor, desesperado durante la separación. La pareja se volvió a casar en 1975. «Cariño mío, ¿qué te parece? Ya eres mi esposo otra vez. Y tengo noticias para ti. No habrá más bodas ni divorcios. Seré tuya para siempre», profetizó Taylor. Pero los buenos deseos duraron un año. El segundo divorcio fue definitivo. Y el derrame cerebral que acabó con la vida del actor en 1984 frustró una nueva reconciliación. Burton le escribió la última carta pocos días antes de morir en Suiza, pero Taylor la recibió en su casa de Los Ángeles después de volver del funeral.  Elizabeth Taylor amó y fue amada. Y sólo se pierde lo que nunca se tuvo.