Vagones panelados en caoba y servicios de porcelana para las comidas. El Rovos recorre África del Sur con un lujo digno de la reina Victoria. Por Romain Clergeat

El cuanto el viajero pone el pie en el estribo, queda atrás la sociedad digital. Uno se siente como si hubiera retrocedido cien años. No es un tren, es como un club de caballeros sobre raíles. Cada compartimento parece sacado de una novela de Agatha Christie: una cama doble, un buró, dos sillones tapizados, un cuarto de baño art déco con ducha y unos amplísimos ventanales para contemplar la sabana.

A bordo del Rovos, «The pride of Africa» (“El orgullo de África”, como está escrito en uno de los flancos de la locomotora), se puede visitar toda la zona austral del continente, pero el itinerario más popular es el que recorre 1600 kilómetros en Sudáfrica, entre Pretoria y Ciudad del Cabo. Es el más simple y cuesta entre 1300 y 2600 euros. Tres días y dos noches.

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Un interior de lujo: sillones orejeros y sofás chester se disponen dentro del vagón Observation para disfrutar de ‘un aperitivo en la terraza’

Se empieza atravesando el altiplano de Highveld y las áridas llanuras del Karoo. La civilización del ruido, de la urgencia, se ha quedado en el andén. Ni wifi ni red ni televisión. El uso de los ordenadores portátiles está reservado al espacio personal de los compartimentos. Nadie comete la torpeza de aparecer en deportivas y pantalones cortos para degustar un viejo malta y un habano en el salón de fumadores decorado en caoba. Los compañeros de viaje, casi siempre parejas y en su mayoría anglosajonas, no podrían entenderlo.

Nadie comete la torpeza de aparecer en deportivas y pantalones cortos

Sobre las 19:30 horas se escucha el sonido de un gong golpeado por el mayordomo. Cada vagón dispone del suyo y solo hay tres compartimentos por vagón. Es hora de vestirse para la cena, porque el dresscode es estricto: chaqueta y corbata, y vestido de noche.

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Detalles con estilo: una bañera victoriana con patas en la Suite Royale

En el vagón restaurante, cada mesa es un murmullo de elegancia, apenas interrumpido por las declaraciones de amor de algunas parejas que se miran a los ojos. En su origen, el dueño del tren, el magnate del automóvil Rohan Vos, había querido que se utilizara cristalería. Pero eso era obviar los sobresaltos y las imperfecciones de la red ferroviaria sudafricana. Los constantes golpes y roturas acabaron con su devoción por el detalle exquisito. Renunció al cristal, pero continúa renovando cada año una ‘flota’ de 4000 vasos de vidrio, víctimas de los mismos sobresaltos ferroviarios.

Terminada la cena, algunos pasajeros pasan al bar, otros se instalan en el lounge, sin un cometido concreto, solo perderse a través de la ventana en la noche que desfila con lentitud. Pronto llegará la hora de disfrutar del sueño, acunados por el tranquilo ronroneo del tren que, para no interrumpir el confort de sus pasajeros, nunca sobrepasa los 50 kilómetros por hora.

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Otro recorrido llega hasta Mosi-oa-Tunya, ‘el humo que truena’, como llaman los zambianos a las cataratas Victoria

Por la mañana, si hay suerte, nos podremos extasiar ante una manada de avestruces, de búfalos o una jirafa. Diana Buchanan, que ha hecho el viaje 57 veces, echa de menos los 20.000 flamencos rosas que habitualmente se relajan en el lago en esta época. «Este año, la sequía ha hecho imposible este espectáculo -dice-. No es culpa del tren, en el interior todo es perfecto». Y suelta algunas filosóficas reflexiones con la perspectiva de sus 79 años: «A mi edad, ya se sabe que lo importante en la vida no es el punto de llegada, sino el camino escogido…».

Cada vagón del Rovos cuenta con su mayordomo particular

En el trayecto Durban-Pretoria, Rovos ha organizado un safari. El tren se para en mitad de ninguna parte, en realidad en plena reserva natural, donde espera a los viajeros un lujoso jeep. Durante dos horas disfrutan de la visión de rinocerontes, leones, elefantes y jirafas. A la vuelta, les esperan varias mesas preparadas en las que encuentran infusiones de té rooibos y vinos espumosos.

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Paredes tapizadas y un pequeño buró esperan al viajero en su habitación

El tren continúa viaje con lentitud y, sin embargo, las horas pasan muy rápido. Uno tiene la sensación de no haber disfrutado lo suficiente de este sueño cuando ya se anuncia la llegada. «Como dice el señor Vos, si hay algo de lo que pueden estar ustedes seguros en África es de que los trenes nunca llegan a su hora. Pero haremos todo lo que esté en nuestra mano para conducirles a su punto de llegada entre hoy… y los próximos seis meses», asegura el mayordomo.

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Estación privada: la 3360 Shaun es una locomotora escocesa construida en 1949. En la foto, parada en la estación de Capitol Park, en Pretoria

La última parte del recorrido serpentea a través de las montañas del río Hex. Los túneles se alternan con los valles plantados de viñedos por los Hugonotes en el siglo XVII. Después de Paarl se distingue la silueta de la meseta que domina Ciudad del Cabo. A partir de ese momento, cada mirada sobre el paisaje hace crecer la nostalgia. La llegada está cerca.

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Mayordomos privados: varios trabajadores transportan las maletas de los pasajeros

El tren se detiene en la estación de Ciudad del Cabo, en la que penetra con solo diez minutos de retraso. El ensordecedor barullo de la estación está aquí de nuevo…

El vagón de observación

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En la cola del tren se encuentra el Observation Deck, una terraza trasera que garantiza un puesto de observación inmejorable cuando pasan las gacelas.