Háblame de tu abuelo

ANIMALES DE COMPAÑÍA

Me hubiese gustado que en mi niñez existiera un concurso como el que, desde hace seis años, convocan las Fundaciones Santa María e Independiente, Háblame de tu abuelo, háblame de tu nieto (los interesados pueden solicitar información a los teléfonos 91 533 96 00 o 91 388 09 94), para rendir homenaje a la persona que más ha influido en mi vida, mi abuelo Juan Manuel, de quien heredé el nombre y también algunos rasgos del carácter, pero sobre todo un yacimiento de recuerdos que guardo como mi mejor tesoro. Dicen que la misión de los padres consiste en criar a sus hijos, mientras que los abuelos los miman, malcrían y acceden a sus caprichos. Mi abuelo nunca asumió este reparto de papeles; más bien al contrario, su temperamento severo, a veces incluso un poco desabrido, lo incapacitaba para la blandenguería. También es cierto que, cuando estábamos juntos, dimitía de esa aspereza de trato que solía dispensar a los adultos, para convertirse en un hombre menos estricto, menos abrupto y cascarrabias; pero este cambio que se operaba en su naturaleza era nuestro secreto, y sobre él se sustentaba aquella fluencia recíproca de afectos y complicidades que procurábamos esconder al resto del mundo.

“Gracias a él aprendí a designar las flores por su nombre”

Las horas que pasábamos solos formaban parte de una vida más plena y más libre, sobre la que nadie, salvo nosotros, ejercía jurisdicción. Nunca rendíamos cuentas de nuestros paseos (que se alargaban hasta el crepúsculo, allá donde los arrabales de la ciudad se hacían campo), de nuestras conversaciones (en las que yo procuraba saciar mi curiosidad vasta como el horizonte) y confidencias. Existía entre nosotros una sagrada comunión que excedía el mero vínculo consanguíneo: además de abuelo y nieto, éramos soñadores de quimeras compartidas, camaradas de misiones imposibles, cofrades de una hermandad sin jerarquías. Nos bastaba intercambiar una mirada huidiza para saber lo que el otro pensaba; y esta inmediata empatía nos transmitía una sensación a un tiempo aguerrida y voluptuosa, como si incesantemente nos estuviésemos intercambiando la sangre.

Mi abuelo me enseñó a leer, antes incluso de que empezara a asistir a clase, en unas cartillas antiquísimas que todavía guardo, con las esquinas de las hojas abrillantadas de mugre (se ensalivaba el pulgar, para pasar las páginas). Cuando en el colegio descubrieron que ya sabía descifrar las combinaciones de las letras, las monjitas se pusieron un poco tarascas, porque tanta precocidad infringía los métodos didácticos en boga; yo me reía para mis adentros y luego, cuando se lo contaba a mi abuelo, lo celebrábamos con carcajadas, a las que él incorporaba algún exabrupto anticlerical. Claro que, cuando llegaba el domingo, no dejaba nunca de llevarme consigo a misa, y aun de incitarme a que ayudase al párroco como monaguillo. Por las tardes salíamos al campo, en busca de plantas con las que elaboraba tisanas salutíferas (huía de los medicamentos como de la peste); gracias a él aprendí a designar las flores por sus nombres, que expandían mi vocabulario hacia recintos de inexplorada sonoridad: genista, sanguinaria, árnica, milenrama, ruibarbo, beleño, magarza. En estos paseos siempre llevaba una manta que extendía a la orilla del río, después de la recolección botánica; si no había gente por los alrededores, se quedaba en paños menores, como un Cristo de Berruguete o un dios pagano, y me contaba episodios de su juventud azarosa y abnegada, historias enaltecidas de aquel heroísmo cotidiano que caracterizaba las vidas de los hombres que conocieron el hambre y la guerra, también el entusiasmo trágico de salir de casa con una mano delante y otra detrás, dispuestos a comerse el mundo a dentelladas. Había sufrido mucho, hasta hacer del sufrimiento una forma de ascetismo; y hablaba de la felicidad como si fuese una liebre apenas entrevista. Entonces, de súbito, se abalanzaba sobre mí, me abrazaba hasta sentir que las costillas me crujían, me cubría la cara con besos ásperos y premiosos (la barba siempre crecida) y me miraba con ojos trémulos, dichoso de haber capturado, al fin, esa liebre esquiva que justificaba su existencia.