Elogio de la serenidad

Posiblemente, cuando estas líneas vean la luz, Japón, su terremoto y el subsiguiente tsunami ya habrán pasado a engrosar ese purgatorio de olvido en el que cae cualquier suceso al cabo de unas semanas. Así lo ordena lo que hemos convenido en llamar la actualidad. Uno tiembla y se consterna con la desgracia ajena, pero después de unos días son otros temblores, otros motivos de consternación los que nos afligen, y de este modo va pasando la vida. Porque en este mundo trepidante, y por tanto olvidadizo, todo tiene más o menos la misma fecha de caducidad que un yogur desnatado, algo que podría parecer risible si no fuera tan trágico. Es innecesario decir que el sufrimiento de quien padece una catástrofe continúa ahí. Y, posiblemente, sea incluso más agudo tras el momento de la tragedia, ya que se tardan años, por no decir décadas, en sobreponerse a algo de esas dimensiones. Es lo que está ocurriendo en Haití, por ejemplo, donde, una vez fuera del foco de la rabiosa actualidad, la gente se resigna a reanudar el largo camino hacia la vida normal esperando que llegue a sus manos al menos una mínima parte de la ayuda humanitaria que se generó a raudales cuando era noticia caliente. Japón, en cambio, tiene la enorme ventaja sobre Haití de ser un país rico, por lo que su reconstrucción será a pesar de que el destrozo ha sido mayor más rápida y eficaz. Pero es que este país cuenta, además, con una inestimable ventaja adicional. Una que tiene que ver con eso que hemos dado en llamar el factor humano. En otras palabras, cuenta con la particularísima forma de ser de su gente. Para referirme a ella, debo empezar por reconocer que nunca he sido especial admiradora de la cultura japonesa. No me gustan los haikus, y el resto de su literatura me resulta premiosa, cuando no muy ajena a mi forma de pensar. Por su parte, los japoneses en general me inquietan, me parecen seres insondables, cuando no algo hipócritas. Tampoco me interesa especialmente su arte, y de su estética lo que más me atrae es lo que menos tiene que ver con las personas, como sus jardines, por ejemplo. En resumen, los nipones me parecen me parecían, debería decir alienígenas en el más respetuoso y literal sentido de la palabra o, lo que es lo mismo, personas de un mundo muy alejado del mío. Ahora ya no. Ahora he descubierto lo equivocada que estaba en todos los sentidos. Es un tópico decir que el alma humana solo se conoce cuando se enfrenta a la adversidad. Pero los tópicos lo son precisamente porque reflejan algo que es cierto. De este modo, la triple tragedia del Japón ha puesto de manifiesto el temple de su gente. Nosotros, que desde la comodidad de nuestras casas y ante el televisor hemos podido observar su desgracia, hemos visto con creciente admiración cómo no se producía ni una escena de histeria ni una señal de descontrol en las largas colas para conseguir víveres y apenas un par de casos aislados de pillaje y desorden. Es como si ese pueblo aceptase con resignación oriental la desgracia como algo inevitable e insondable. Pero no. No se trata en absoluto de fatalismo ni de resignación, sino de un comportamiento mucho más inteligente y eficaz. Un pueblo tan avisado como milenario sabe que su mejor arma contra la catástrofe es el orden, el temple, la resiliencia. No como sometimiento a un castigo que parece divino, sino como actitud la única posible y la más adecuada para sobreponerse al dolor y comenzar la reconstrucción. No solo porque, como decía Camus, no hay desgracia por grande que sea que no pueda conjurarse con la más total indiferencia, sino por otra razón que muy bien haría en aprender nuestra sociedad occidental, tan quejica e infantiloide que, a la mínima contrariedad, llora y se desparrama con el absurdo reproche de ¿por qué a mí? . Y la razón es que la contención y la serenidad ante el dolor no son solo un gesto heroico de grandeza y temple, sino la más poderosa y diría única arma para luchar contra la adversidad y el inmenso dolor. Eso lo sabían muy bien nuestros abuelos en tiempos más duros y no estaría mal que también lo aprendiéramos nosotros, ahora que pintan bastos.