James Ellroy

En la entrevista que le hacía Ixone Díaz Landaluce -publicada hace un par de semanas en esta revista-, James Ellroy volvía a dar muestras de su particular soberbia doliente, de ese temperamento entre megalómano y tortuoso que se filtra en sus novelas, como una respiración agónica. En sus declaraciones, Ellroy se revela a la vez como un majadero y un profeta visionario, con algo de impostura aspaventera y algo de verdad desnuda y aterida; y de esa mezcla o tensión de contrarios, que al parecer anega caóticamente su vida, nace también su peculiar literatura, que a mi juicio es una de las más grandes de nuestro tiempo. Y que, al mismo tiempo, es la literatura menos literaria que uno puede echarse al coleto; pero en esa elección áspera y desquiciante por una escritura reducida al esqueleto -y hasta a la pura médula calcinada del esqueleto- se cifra el embrujo de este autor desmedido, enfermo, arrebatadamente genial. Yo empecé a leer a Ellroy un poco a regañadientes, por petición de un amigo, que me obsequió con su autobiografía Mis rincones oscuros, una zambullida sin escafandra en las letrinas de una memoria alucinada y malherida, y con su apabullante novela América, una ficción descarnada y ponzoñosa sobre el magnicidio de Kennedy. Confesaré que aquel regalo de mi amigo me fastidió un poco, pues Ellroy siempre se me había antojado una suerte de bufón más bien indigesto; y su estilo, telegráfico y premioso, un poco barullero en su búsqueda de simplicidad, me causaba -prejuiciosamente- cierto rechazo lindante con la grima.

Recuerdo la lectura de América como una de las experiencias más perturbadoras de mi vida. Yo me hallaba a la sazón en Berlín, ciudad que nunca había visitado y que no he vuelto a visitar desde entonces; contaba apenas con un día para merodear sus calles y curiosear sus museos, después de pronunciar una borrosa conferencia. Acabada la conferencia, mis anfitriones me permitieron pasar por el hotel, para asearme y descansar un poco; y, tumbado en la cama, saqué de la maleta la novela de Ellroy, que había incorporado con displicencia a mi equipaje, con la intención de picotear somera y desganadamente entre sus páginas. Pero empecé a leerla y ya no pude dejarla. Fue como descender por un tobogán a un sótano lleno de horrores paralizantes; tan paralizantes que uno, para espantarlos, no podía sino seguir leyendo, leyendo, leyendo, a merced de aquella prosa compulsiva, gélida, erizada de sordideces impronunciables, embetunada de pecados y penitencias. Tuve que llamar a mis anfitriones y excusar mi presencia en aquella cena, alegando una ridícula indisposición; y seguí leyendo sin descanso, hipnotizado por el desfile de truculencias que se concitaba en aquellas setecientas u ochocientas páginas, durante toda la noche, en un estado febril, desazonado, casi sin respiración, misteriosamente prendido de una narración que penetraba en mi mente como un percherón desembridado y rabioso, pisoteando mis prevenciones, arrastrándome en su remolino de furia. Acabé América por la mañana, exultante de insomnio, vacío de adrenalina, como si me hubiesen centrifugado el alma. Berlín ya no pude verlo; en realidad, me importaba un pimiento no verlo. Joder con Ellroy.

Aquel tipo era una suerte de Shakespeare de los bajos fondos, entreverado con un loco evadido del manicomio que se pone a boxear sin guantes con los fantasmas caníbales que le roen las tripas. En la entrevista de Ixone Díaz Landaluce Ellroy asegura que, cuando escribe, siente que Dios está con él encerrado en su habitación. Yo más bien creo que en la habitación de Ellroy están Dios y Satanás, disputándose a palo limpio su alma gangrenada de pestilencias; y de ese combate sin cuartel el alma de Ellroy sale bañada en una sangre que es la vez divina y demoniaca, redención y condena. De ese desgarramiento interior, que hunde sus raíces en el asesinato de su madre y se enturbia de ensoñaciones lindantes con la psicopatía, brota una escritura que no se parece a ninguna otra, entre el testimonio clínico y el descargo de conciencia; una escritura que encuentra en las intrigas policiales, de una turbiedad incomparable, su desaguadero y su exorcismo. A Ellroy lo han tildado de fascista, misógino, xenófobo y no sé cuántas lindezas más; pero tales denuestos no son sino la expresión pueril (y medrosa) de sensibilidades pazguatas, eunuquizadas por la corrección política, incapaces de adentrarse en el meollo trágico y abrasivo de una escritura que implora el bautismo de la gracia, mientras arde en las llamas del infierno.