La guerra de la señorita Pepis

Me pregunto qué pensarían Julio César, Alejandro Magno o Napoleón si levantaran la testa. Ellos, que cultivaron eso que eufemísticamente se llama el arte de la guerra, en el que suele utilizarse la inteligencia, la astucia y, por supuesto, todos los efectivos disponibles para ganar una contienda. Un arte en el que se respetaban ciertos límites tácitos y caballerosos, pero cuyo fin último era ganar la batalla en el menor tiempo posible para evitar daños extraordinarios a la población inocente, noblesse oblige. Digo todo esto porque yo, que soy una persona ajena al antes mencionado arte de la guerra, estoy, más que asombrada, estupefacta con lo que está pasando en Libia. A saber. contagiada por los vientos de libertad de Oriente Medio, la población de Libia se alzó contra su dictador. Él declaró que moriría con las botas puestas y cargó contra su propio pueblo. Estados Unidos, Inglaterra, Francia y la OTAN, tras varios días de vacilación (ataca tú; no, tú; no, mejor tú, que a mí me da la risa), lograron pactar una resolución de Naciones Unidas tan ambigua como inoperante por la que se decidía controlar el espacio aéreo de Libia, al tiempo que se impedía explícitamente atentar contra la vida del sátrapa. Yo comprendo que después del fiasco de Afganistán, el desastre de Irak y con tres o cuatro revoluciones latentes en Siria, Yemen y otros tantos países de la zona, la cosa no está como para embarcarse en más guerras inciertas. Comprendo también que ni Estados Unidos ni Inglaterra ni Francia estén como para arriesgarse a mandar a sus jóvenes a morir en las arenas de ningún desierto por muy repleto de petróleo que esté. Comprendo por último que la OTAN sin Estados Unidos es una campana sin badajo y que Naciones Unidas en la actualidad es una organización inoperante, por no decir inexistente, que ya no representa el equilibrio de poderes que impera hoy. Pero lo que no comprendo es este sí es no es, esta guerra de te ataco, pero no te golpeo y, si lo hago (como ha ocurrido hace poco con la muerte de tres nietos del dictador), te pido disculpas porque nosotros somos los buenos y tú, el malo, y los buenos no hacemos pupa a los malos. En otras palabras, me sorprende la increíble paradoja de que la guerra actual no se parezca a la de los grandes estrategas de la historia, sino más bien a la de la señorita Pepis o la de Gila. Oiga, ¿está el enemigo? Que se ponga . Y el enemigo no se va a poner, porque para eso es un sátrapa que sabe, además, que juega con todas las ventajas. Porque mientras los países civilizados tienen las manos atadas por contradictorias resoluciones de la ONU y por sus respectivas opiniones públicas, él puede cometer las tropelías que se le antojen. masacrar a su pueblo, repartir Viagra a sus soldados para incrementar el número de violaciones e incluso usar, deliberadamente, a los miembros más jóvenes de su familia como escudos humanos. ¿O es que a alguien se le escapa que una persona que ama a sus nietos los tendría lejos de él para evitarles cualquier mal? Desde que escribo estas líneas hasta que ven la luz pasan muchos días. Ignoro, por tanto, si cuando ustedes las lean ya se habrán producido otros acontecimientos que varíen lo que ahora sé. Pero, ocurra lo que ocurra, hago votos para que el conflicto libio tenga una rápida solución. Ya sé que lo que voy a decir no es políticamente correcto y que la situación de un líder de un país, por muy tirano que sea, no permite ciertas acciones directas, por no decir quirúrgicas. Pero creo coincidir con muchas personas que piensan que, en vez de cogérselas con papel de fumar, en vez de desplegar una guerra de sí es no es en la que quien más sufre es el pueblo libio, sería mejor actuar directamente sobre el causante de tanto sufrimiento.