“Techo de cristal”

Hasta ahora me había resistido a hablar de ese dilema femenino que se ha dado en llamar el techo de cristal. Me refiero a la invisible barrera que impide que las mujeres alcancen las metas profesionales para las que están capacitadas. El carácter de invisibilidad, según leo en un texto sobre el tema, viene dado por el hecho de que no existen leyes, ni dispositivos sociales ni códigos visibles que impongan a las mujeres semejante limitación . Sin embargo, algo ocurre para que, a pesar de que el número de universitarias supera con creces el de universitarios, pese a que las notas de las chicas suelen ser mejores que las de los chicos y están consideradas trabajadoras mejores y más responsables que ellos, a los máximos puestos ejecutivos solo llegue del uno al tres por ciento de las mujeres. Otras cifras son igualmente desalentadoras. Hablan de que la diferencia salarial entre unas y otros es de un diez a un treinta por ciento menor, a pesar de que las mujeres trabajan más que los hombres en casi todos los países. Si, como digo, hasta ahora me había resistido a hablar de esta inquietante cuestión, no es porque me parezca baladí, muy al contrario. La razón es que no estoy de acuerdo con el diagnóstico que hacen las propias mujeres del porqué de este fenómeno. Por lo general suelen atribuir las causas a razones tales como que las estructuras de las empresas son jerárquicas, con hombres ocupando casi todos los puestos y eligiendo, por ende, a otros hombres para trabajar junto a ellos. Hablan también (y esto sí que asombra) de que el hecho de que nosotras seamos más afectivas puede entrar en contraposición con el mundo masculino, donde los vínculos humanos se caracterizan por la racionalidad y con afectos puestos en juego mediante emociones frías, esto es, menos intensas, más indiferentes . Algo que es tanto como decir que somos unas histéricas y neuróticas en el trabajo. Otras de las razones que aducen y con las que no comulgo tampoco es que las mujeres tememos ocupar posiciones de poder. Algo así afirmaba nada menos que Simone de Beauvoir en una frase que Vargas Llosa recordaba en estas páginas hace solo unas semanas. Según ella, nosotras deseamos ser discriminadas porque en la discriminación encontramos algún tipo de comodidad que nos exonera de la responsabilidad de ser libres e independientes. Yo creo que esta aseveración tal vez fuera cierta a mediados del siglo pasado con más de la mitad de las mujeres sin preparación para ganarse la vida, pero no lo es ahora, sesenta años más tarde, por fortuna, de modo que habrá que buscar la explicación en otro lado. A mi modo de ver, el problema radica en algo tan elemental como nuestro orden de prioridades, en lo que estamos dispuestas a sacrificar y en lo que es intocable. Y eso tan innegociable tiene un nombre que no es matrimonio ni estatus ni ninguna de las zarandajas romanticonas que se nos atribuyen, sino simplemente maternidad. Eso explica, por ejemplo, por qué hay más universitarias que universitarios y por qué las mujeres trabajan mucho mejor que los hombres durante los primeros años de su vida laboral. Mientras la prioridad es estudiar y trabajar somos las mejores. La complicación viene luego, cuando el reloj biológico empieza a señalar que ha llegado la hora de tener hijos. Entonces, ya no hay puestazo de campanillas que valga, ni consejo ni bonus millonario. Todo pasa a un segundo plano si interfiere con el deseo de ser madre y ocuparse de los hijos. Por eso creo que todos los esfuerzos que se realicen para acabar con el famoso techo de cristal tienen que ir dirigidos hacia la conciliación. Y eso no significa, como muchos piensan, dar la posibilidad de trabajar menos horas por menos dinero, lo que inevitablemente nos convierte en trabajadoras de segunda clase. Significa, por ejemplo, racionalizar los horarios para que una mujer pueda trabajar las ocho horas de rigor y no llegar a su casa a las diez de la noche. Algo tan sencillo y evidente, pero difícil de conseguir, porque las inercias son siempre complicadas. Algo, por cierto, que nadie nos va a conceder si nosotras no luchamos por ello.