Resiliencia o el arte de “rebotar”

Recuerdan los tiempos en los que el verano, informativamente hablando, era un páramo, una larga calma chicha en la que solo flotaba el inefable monstruo del lago Ness? En aquel entonces, ¡qué épocas!, llegábamos al mes de septiembre casi con mono de acontecimientos, de sucesos, de adrenalina. Ahora, en cambio, el mes noveno nos coge exhaustos de turbulencias en todos los frentes. los económicos, los sociales, los políticos. Cómo será la cosa que durante agosto ni siquiera hemos hablado de los temas veraniegos habituales, los romances de la temporada, las petardas en triquini, los escándalos caniculares y demás frivoludeces. Por no haber no ha habido, que yo sepa, ni canción del verano, con lo que me gusta. Y así, entre sobresaltos más propios del invierno, llegamos a septiembre, un mes ya de por sí tristón. Mes, además, de contrición y propósito de enmienda por todas esas comilonas y esos mojitos convertidos ahora en michelín que la abraza a una como boa constrictor (glup). Mes también de vuelta al cole y no solo para los niños, sino para todos nosotros. Porque no sé ustedes, pero yo por estas fechas tengo la misma (y horrible) sensación que a los diez o doce años, cuando, con vestidito veraniego y aún morena de la playa, me llevaban al Corte Inglés para comprar uniforme nuevo, así como un montón de cuadernos, lápices y libros que presagiaban un año dominado por las matemáticas, la lengua y la física y química. Con decirles que aún me despierto a veces aliviadísima al descubrir que por lo menos de esta tortura ya me he librado

Por eso este año, que hemos tenido un verano peor que los anteriores, no estoy dispuesta a que me dé el ‘september blues’, que es como los gringos llaman al bajón posvacacional; uno que por lo visto es el causante de multitud de estados depresivos. Sin embargo, como todo tiene su lado bueno, incluso lo más negro, los psicólogos señalan dos datos positivos a todo esto. El primero es que las depresiones son cosas de ricos. Puede sonar cínico, pero es la pura verdad. Y es que la naturaleza humana es tan sabia que solo se permite estar de bajón cuando todo va bien. En efecto, cuando vienen mal dadas, cuando hay un problema serio de verdad, no hay neura que valga, como no hay depresiones entre quienes luchan por sobrevivir o dar de comer a sus hijos. Sin embargo, sin llegar a situaciones tan extremas, existe otro mecanismo extraordinario que solo se activa en tiempos difíciles, lo llaman ‘resiliencia’. La palabra viene del latín, quiere decir ‘rebotar’ y habla de la capacidad del ser humano para sobreponerse a la adversidad y salir adelante. En tiempo de vacas gordas, la resiliencia solo la conocen personas que tienen un drama en su vida. un gran revés económico, una muerte cercana y muy dolorosa En cambio, el resto de nosotros, a los que no nos ha tocado sufrir, seguimos ahogándonos en nuestro minúsculo y particular vasito de agua, angustiados porque nos ha salido una nueva arruga o porque solo tenemos 200 amigos en Facebook.

No creo que la situación que nos espera este otoño sea apocalíptica, pero tampoco va a ser un picnic, de modo que me alegra saber que tenemos a mano esa útil herramienta de la resiliencia. Modestamente, puedo decir que en épocas especialmente difíciles de mi vida se ha activado este singular mecanismo y lo que se siente es, sobre todo, una gran lucidez y una gran tranquilidad. Lucidez que le hace a uno ver la realidad en su justa dimensión, sin exageraciones, sin dramatismos, sin histerismos propios de niños ricos y malcriados. Y tranquilidad de saber, curiosamente, que uno es mucho más fuerte de lo que jamás pudo imaginar en las épocas doradas. Porque otra cosa que se descubre en estos casos es que el ser humano está más programado para la adversidad que para la bonanza. Así debe ser porque, si hemos logrado todo lo que hemos logrado hasta ahora, desde luego no es por cómo somos en los tiempos tontos y ricachones, sino gracias a cómo se resiste y ‘rebota’ en los malos tiempos.