La era Peter Pan

El otro día vi una entrevista que le hicieron a Pedro Almodóvar con motivo de su nueva película y me sorprendió un comentario suyo. En un momento dado explicó. La piel que habito no la podría haber rodado antes porque es producto de mi madurez como persona . Eso dijo, y se quedó cortado como si hubiera dicho algo inconveniente. Luego, azarado, añadió que bueno, que con eso de ‘madurez’ se refería a la experiencia, a la trayectoria, a lo que había logrado aprender con los años No he visto la película, de modo que no tengo opinión sobre ella, pero lo que me llamó la atención fue que una persona tan libre a la hora de expresarse y que -nos guste o no su obra- está por encima del bien y del mal tuviera que justificarse por usar el término ‘madurez’. No creo que su reparo se debiera a que dicha palabra a veces pueda ser sinónimo de vejez. Según dijo también en la entrevista, él está encantado de peinar canas. Yo creo que a Almodóvar, que es un hombre inteligente y que, sobre todo, tiene una envidiable intuición para sintonizar con el público, lo que le preocupó fue haber usado, sin querer, una de esas palabras malditas y, por tanto, proscritas del vocabulario actual. Me refiero, por ejemplo, a términos como ‘disciplina’, ‘orden’, ‘deber’ y no digamos ‘honor’, palabra horripilante que, según algunos, acuñó Franco en persona y hace inmediatamente entonar el Cara al sol. Yo antes creía que esa fobia por palabras que, hasta hace unos años, gozaban tal vez de un excesivo peso en una sociedad era algo que solo pasaba en España. Pero no, el fenómeno es general, nadie quiere ya estos palabros. Es cierto que dichos términos fueron en otros tiempos secuestrados por políticos totalitarios que están en la mente de todos. Y es que las palabras, en general, son peligrosas. Se las puede cargar de un significado excesivo. Pero también se las puede devaluar o erradicar, y eso es igualmente peligroso. Porque una cosa son ‘disciplina’, ‘orden’ y ‘deber’ en boca de Hitler, por ejemplo, y otra muy distinta que sean usadas con mesura por un profesor o un maestro que respeta a su alumnos y desea inculcarles valores. De la palabra ‘honor’ ya hablaré en otra ocasión, porque merece todo un artículo. Baste decir que durante siglos estuvo secuestrada por una moral pacata e ignorante que la destinaba sobre todo a lo que acontecía de cintura para abajo.

Hoy me gustaría centrarme en la palabra que hizo titubear a Almodóvar pensando que había metido la gamba. ¿Por qué? Pues porque en estos tiempos queda fatal decir que uno es maduro. Es más, lo que hay que ser es un inmaduro hasta los ochenta años, a ser posible. Porque ser inmaduro es ser enrollado, sensible, auténtico y todas esas cualidades superbuenas y supercojonudas que ahora priman. Ya nadie quiere crecer, hay que ser niño toda la vida, como Peter Pan y Campanilla, mira tú qué guay. Recuerdo que, hace unos años, se me ocurrió escribir un artículo en el que me asombraba de que tantos adultos leyeran best sellers que parecían pensados para chicos de quince años y me preguntaba si eso no les hacía sentirse tratados como niños. Casi se me cae el pelo. Recibí multitud de cartas indignadas en las que me decían que qué tenía de malo seguir siendo niño, que eso era precisamente lo que deseaban, serlo de por vida porque en los niños está la verdad, la inocencia, la sabiduría, etcétera .

Traté de explicar que, a mi modo de ver, está muy bien preservar vivo el niño que uno fue, porque eso hace que uno no pierda la curiosidad, el entusiasmo, la ilusión. Pero una cosa es mantener ese niño dentro y otra muy distinta ponerlo al mando de la nave o, lo que es lo mismo, de nuestras vidas. Porque madurar no es volverse insensible, como creen muchos; tampoco supone perder la alegría ni la capacidad de disfrutar. Es, simplemente, aprender de los errores. ¿Qué tiene de malo eso? ¿O es que hay que seguir tropezando una y otra vez con la misma piedra solo para demostrar que uno es muy auténtico, muy sensible, muy juvenil?