Palermo

Tiendo a imaginar que las ciudades son mujeres. Así, por ejemplo, Lisboa tiene algo de anciana aristócrata que en la juventud fue la más requerida, la más coqueta y endomingada; y que, pese a los años, ajada y venida a menos, conserva su belleza patricia e irreductible, que la melancolía tiñe de secretas ensoñaciones. Sevilla tiene un aspecto un tanto matronal (tal vez se aburra en su matrimonio), pero apenas sale a la calle le brota una veta jacarandosa irreprimible; y basta alargar una mano hasta su cintura para descubrir que conserva el talle de la juventud, su mismo temblor a flor de piel, su misma fragancia cálida y primaveral. Viena, en cambio, es una cincuentona peripuesta y antipática, de vida social tan ajetreada como inane, que come bombones para matar el tedio y se empolva el cutis repelente para taparse las arrugas. Florencia es una doncella esbelta y rubiasca, lánguida y pudorosa; aunque finge tener muchos años, su juventud no se marchita nunca. Otras ciudades, en cambio, se las dan de adolescentes, pero muestran los estragos de la cirugía plástica, los retoques del bisturí, los rellenos de la silicona; y acostarse con ellas es como hacerlo con un espantapájaros.

¿Y Palermo? ¿Cómo es Palermo, la capital de Sicilia? Derrengada y sucia, Palermo fue, allá a los quince años, una muchacha sensual y despampanante, de familia noble, que se dejaba manosear por los criados por puro vicio; antes de alcanzar la mayoría de edad, se dejó raptar por un tenorio que la sedujo con su palabrería, pero que apenas la tuvo a su merced la violó en un muladar (o tal vez no la violase, porque Palermo no se recataba de exhalar gemidos de placer). Una vez abandonada, Palermo decidió sacar provecho de sus carnes lozanas y su desenvoltura; pensó que podría ser la mantenida de algún ricachón adúltero, pero acabó en los lupanares del puerto, envilecida por el trasiego de hombres que la corrompían con su aliento beodo y sus microbios de ultramar. No tardó en contraer la sífilis; y, expulsada del burdel, tuvo que ganarse la vida en la calle, en busca de una clientela cada vez más remisa y degenerada, y dormir a la intemperie, mientras los pulmones se le encharcaban de tuberculosis. Sobrevivió milagrosamente a todas las enfermedades; y, desdentada y greñosa, fue acogida en un convento, donde purgó sus pecados. Ahora se dedica a la mendicidad, hecha un gurruño, en la escalinata de las iglesias; y rehúye, cabizbaja, la mirada de los transeúntes, que pasan de largo ante ella reprimiendo un escalofrío. Pero si uno se acerca a Palermo para tenderle una limosna, descubre en sus facciones mugrientas, en sus labios resquebrajados y exangües, en su mirada compungida, un rescoldo de su belleza de antaño, turbadora y carnal; y aunque las cicatrices de una vida desairada le han dejado su rastro indeleble, aunque está flaca y desastrada, comida por los piojos y las espiroquetas, uno siente la tentación de alzarla del suelo, de besarla muy largamente, de abismarse en su mismo légamo, de abrasarse en su misma fiebre, de poseerla por última vez y morir a su lado, entre miasmas y tiernas caricias. Y, en la hora de la muerte, abrazarla con exultación y rendida gratitud, porque nadie nos ha hecho tan feliz.

Palermo es barroca y desastrada, con palacios que parecen desvanes de cochambre, con mercados lujuriosos de frutas en sazón y pescados podridos, con callejuelas donde respira, magullada e incitante, la populosa vida. Sus hombres, que parecen rescatados de una película de Pasolini, se congregan ociosos en los portales, juegan a los naipes y desnudan con la mirada a las mujeres que pasan a su vera, como si quisieran quedarse a vivir dentro de sus entrañas. Sus niños todavía juegan en las calles, zarrapastrosos y joviales, como si el calendario no conociese más fecha que el domingo, entre escombros y montañas de basura. Y no hay esquina donde no palpite bajo la incuria una belleza sigilosa, desmigajada, como sostenida en parihuelas. en la torre de una iglesia que resistió milagrosamente a los bombardeos y a los terremotos, en el portalón de un palacio decrépito que esconde un patio de recóndita majestad, en los balcones convertidos en tendederos, en los puestos callejeros hormigueantes de sabrosas especias, de viscosos calamares, de lustrosas berenjenas, de quincalla y herrumbre. Palermo es el bendito resto de un naufragio glorioso; y el visitante puede pasar de largo, reprimiendo un escalofrío de asco, o hacer como yo. alzarla del suelo, besarla muy largamente y abrazarse a su cuerpo ruinoso con exultación y rendida gratitud, deseoso de amarla y morir a su lado.