Yo soy así

El otro día, una lectora, comentando un artículo en el que yo hablaba de cómo hoy todo el mundo se niega a madurar, hacía una reflexión muy interesante. Antes de contarla, me gustaría aprovechar la ocasión para agradecer muchísimo a todos aquellos que me escriben, ya sea para criticar o para glosar alguna de estas Pequeñas infamias. Leo todo lo que me mandan mis lectores y muchas veces, como en este caso, sus mensajes son una gran fuente de inspiración. Paula, que así se llama mi lectora, al hilo de cierto artículo en el que yo hablaba de cómo en estos tiempos nadie quiere crecer o madurar, decía lo siguiente. A mí el síndrome de Peter Pan me recuerda al síndrome de sé tú mismo por el que ahora es posible justificar cualquier comportamiento alegando es que estoy siendo yo mismo o soy así .Estoy completamente de acuerdo con Paula en que ser uno mismo se ha convertido en una coartada inmejorable. Como si ser uno mismo fuera sinónimo de perfección, como si uno fuera el metro patrón por el que se debe medir el resto del mundo. A mi modo de ver, esta estupidez, como muchas otras, es producto de la ley del péndulo. Es decir, de una corrección exagerada de pasadas hipocresías. Si uno lee los grandes autores del siglo XIX e incluso los del XX, verá que sus novelas están plagadas de sepulcros blanqueados que se pasaban media vida dándose golpes de pecho. También repitiendo jaculatorias como no valgo nada , soy un humilde servidor o soy un pecador mientras que cometían todo tipo de tropelías. Como está más que comprobado que para el ser humano el punto medio es imposible de alcanzar, de aquellos grandes hipócritas de soy una rata hemos pasado a yo soy superguay, superauténtico y estoy orgulloso de mí mismo . Que es como decir. no pienso cambiar porque soy perfecto. Supongo que a esta sobrevaloración del Yo habrán contribuido, y no poco, el amigo Nietzsche, también el amigo Freud y, más aún, la mala interpretación que de ambos se ha hecho. Pero lo cierto es que aquí estamos todos casi un siglo más tarde con la autoestima por las nubes y la autocrítica por los suelos. No seré yo, que tengo un déficit bastante considerable de la primera, quien niegue su importancia. Tener confianza en uno mismo es un verdadero tesoro, pero siempre y cuando tenga como contrapeso a su hermana fea, la autocrítica. Porque es saludable estar orgulloso de uno mismo, pero ¿de verdad que cuando se miran al espejo no encuentran nada que mejorar, que pulir, que perfeccionar? Lo peor de esta ceguera tan extendida es que le hace pensar al tonto que la cultiva que todo lo negativo que le sucede en su vida no es por su culpa, puesto que él es perfecto, sino culpa del vecino, que es malvado; del mundo, que está podrido; de los políticos; del cambio climático o del sursuncorda que nadie recuerda quién es o qué decía, pero que seguro que tiene la culpa de todo. Y es que el síndrome yo soy perfecto linda peligrosamente con otro muy infantil que es el de yo no he sido, que es lo que dicen los niños inmediatamente después de hacer una trastada. Eso de escurrir el bulto tal vez funcione cuando uno no es responsable de su propia vida, como ocurre con los niños. Pero cuando uno crece es mucho más útil, pienso yo, en vez de echarle la culpa a otro y decir yo no he sido hacer un poquito de autocrítica y pensar ¿qué puedo hacer para cambiar eso? . No por un malentendido sentimiento de culpa o por complejo de inferioridad, sino simplemente por una razón práctica. Porque ya sabemos que la gente va a lo suyo o que en la vida siempre habrá alguien dispuesto a poner una zancadilla; es más que evidente. ¿Pero de qué nos sirve lamentarnos y echarles la culpa? ¿No será más útil, en vez de decir yo soy así y orgulloso de serlo , pensar que tal vez haya algo que yo esté haciendo mal? ¿No habrá tal vez otro enfoque para conseguir lo que quiero? Y es que solo cambian su destino las personas que están dispuestas a modificar su conducta. Las otras solo son, como decía T. S. Eliot, juguetes del viento.