El “lipdub” de Valldemía

Un lipdub es, habitualmente, un plano secuencia más o menos casero, más o menos profesional, en el que un grupo de gente bienhumorada interpreta una canción conocida -tan solo moviendo los labios- mientras se recorre un territorio concreto, sea un barrio, un mercado o un colegio, lo cual conlleva su trabajo, ya que hay que aprenderse una canción y coordinar muy bien a los muchos que intervienen en los tres minutos que viene a durar. En YouTube hay ejemplos por doquier y casi todos son meritorios; algunos, incluso, emocionantes. Transmiten, por lo general, buen humor y ganas de celebrar la vida, las cosas, la colectividad, las señas pequeñas de identidad, los escenarios cotidianos y son, indudablemente, ensayos de teatralidad de masas muy apreciables, un punto inocentes y un mucho felices.

Hace poco recibí en el correo el lipdub que de forma magistral se realizó en el colegio en el que uno se desasnó cuando infante y adolescente. Once años en el colegio marista Valldemía de Mataró dejan algo de impronta. no solo no lo lamento, sino que me siento muy orgulloso de la educación recibida, sin la cual no podría, por ejemplo, escribir este suelto. Valldemía era y es un colegio casi monumental, privilegiado en lo espacioso y razonablemente adecuado a su tiempo. Los que han sido educados en los maristas lo saben. Los que peinamos algo más de cincuenta años y pasamos por aquella plataforma no podemos olvidarnos del portero Bartolo; del hermano Luis, al que llamábamos el Pirata; de Florentino, el gran maestro -y amigo- de física y química; del profesor Félix, que nos daba unos reglazos en la palma de la mano que casi nos la despellejaba, pero de quien guardo el recuerdo de un buen hombre; del hermano Heriberto; del profesor Varea; del señor Asensio; de Pardo, el que nos despertó a algunos el ansia de conocer la literatura; del Supino, un buen profesor de latín; y del Topo, que era como conocíamos al director del colegio. El tiempo tamiza todas las aristas, evidentemente, y quedan para la letra pequeña las miserias que inevitablemente pudiera haber. En cambio, se recuerda la grandeza. desde el mosén Marsal hasta los profesores de sexto de Bachillerato de quien entró en el 62 y salió en el 73 queda el afán innegable de una comunidad por transformar a aquellos animales que íbamos entrando en hombres para el mañana a medida que íbamos saliendo (en mi tiempo no había chicas en el colegio).

Si entran en el lipdub de Valldemía, verán la versión moderna de lo que los alumnos celebrábamos cuando llegaban las fiestas de la Luz, la Candelaria de otras zonas, allá por febrero. Quedan pasillos idénticos a aquellos por los que correteábamos los chavales de la época -que han servido de escenario para algunas tomas de la película Pa negre, felizmente seleccionada para los Oscar de Hollywood- y queda el teatro en el que hacíamos pinitos escénicos el grueso de la escolaridad. Hasta he reconocido la puerta de algunas clases aún sostenidas por el tiempo. Y los patios, envidia de muchos colegios vecinos condenados a la estrechez urbana. siendo retaco todo se ve más grande, inacabable, pero, viéndolos ahora, uno entiende que fuera un privilegio echar a correr a media mañana y que no se acabara el terreno en un muro situado a diez metros.

Mi insustituible amigo Josep Prat, alma viva de los antiguos alumnos maristas de Valldemía, me ha enviado esta joya a medio camino entre lo íntimo y lo profesional, hecha con paciencia y constancia, con gracia. Los que aparecen en el lipdub tienen la suerte de haber nacido en una época en la que los soportes tecnológicos les permiten eternizarse. Cuando pasen cuarenta años y se vean, sentirán el mismo pellizco que los que hace otros tantos años trasteábamos por allí, desgraciadamente sin cámara de vídeo que registrara nuestras fechorías. A nosotros nos queda alguna fotografía en blanco y negro, que ya es algo. ¡Ah!, y nos queda el bueno de Prat, que siempre se acuerda de todo. Si entran en YouTube, pueden verlo.