Una de vampiros

Vivimos desde hace años una verdadera plaga de vampiros. Películas, vídeos, libros, anuncios. Por todas partes abundan los `chupasangre´. Jóvenes que en su vida habían leído un libro devoran Crepúsculo, quien más quien menos dice que Drácula es su personaje favorito y en Hollywood desde Tom Cruise hasta Brad Pitt se han puesto capa y colmillos para aterrarnos a todos. A mí siempre me ha llamado mucho la atención la vampiromanía. primero, porque el conde Drácula nunca me ha interesado lo más mínimo y, segundo, porque hace poco leí un estudio psicoanalítico que analizaba las claves secretas de este mito. Según dicho estudio, los mitos lo son porque corresponden a deseos inconscientes o inconfesables de las personas. Hasta ahí todo muy claro. El problema viene luego, cuando afirma que la vampirización (recuérdese que suele ser siempre un personaje masculino el elemento activo y la mujer, el pasivo) es una fantasía erótica que gusta tanto a hombres como a mujeres porque remite al acto sexual, ya sea consentido o no tanto. En otras palabras, es una fantasía de posesión cuando no de violación. Toma ya. Personalmente tengo una teoría de por qué gustan tanto los vampiros, y es porque el mundo esta `lleeeeeno´ de ellos. Sí, como lo oyen, esa es mi conclusión. Algunos saben que lo son; otros, no, pero están por todos lados. Intentaré explicarme antes de que piensen que estoy como unas maracas. Hace tiempo vengo notando que hay personas a las que quiero mucho, pero que tiemblo cada vez que me llaman para que nos veamos un ratito, Carmen; hace tanto tiempo que no quedamos, ya sabes cuánto me gusta verte . Y allá voy yo, porque cómo decirle que no a Fulano o a Mengana, que son tan encantadores. Además, siempre están pendientes de mí, no se les pasa ni un santo ni un cumpleaños y lo único que piden estas desinteresadas almas es verme de vez en cuando. Y quedamos. Por lo general es él/ella quien más habla, cuenta su vida, abre su corazón, vuelca su alma, me pide consejos, los escucha como santa palabra y luego se va más ancho que largo con una sonrisa de oreja a oreja y este amable comentario. Cómo me gusta verte, me transmites tan buena onda, hablar contigo siempre me da subidón . Lo malo del asunto es que, si a él/ella le da subidón, a mí me da bajón. Peor aún, me deja hecha unos zorros, como si me hubiera chupado toda la energía. Y no es que `parezca´, es que, en efecto, me la ha chupado del todo, porque se trata de un vampiro que se alimenta no de sangre, pero sí de fuerza, de energía, de alegría si me apuran. Yo estoy segura de que este tipo de vampiro no se da cuenta de que lo es, pero hay otros que sí lo saben y de sobra. Como los que se dedican a meter cizaña para ganar algo a cambio, o los que tienen un mal rollo increíble y solo están contentos cuando logran contagiárselo a otro, o como los gafes que siembran desastres a su alrededor mientras ellos están cada vez más orondos y ufanos.

Sí, el mundo está lleno de vampiros y la pregunta es cómo librarse de ellos. Lo primero, creo yo, es identificarlos porque, si no, uno está perdido. Y es que los vampiros de la vida reales no tienen colmillos ni ojeras, ni usan capa. De todos ellos, los que resultan más fáciles de esquivar son los que saben que lo son, porque se les ve el mal rollo a kilómetros y lo más recomendable es salir corriendo (a menos que uno no pueda porque el Drácula en cuestión sea su cónyuge, su jefe, etcétera, y entonces -no es por hacer un chiste fácil- Requiescat in pace, RIP). En cuanto a los otros, a los vampiros que no saben que lo son, es más difícil evitarlos porque uno tarda mucho en darse cuenta de su condición de chupasangre. Lo más sencillo es estar atento a cómo queda uno después de una entrevista con este particular vampiro. Si él sale feliz y sonrosado y tú, fané y descangallado, pies en polvorosa; fijo que tras esa encantadora persona se oculta un natural de Transilvania.